Alberto Rojo es físico, músico y escritor. Desarrolló una trayectoria que cruza investigación científica, reflexión humanística y creación artística. Doctor en Física por el Instituto Balseiro y profesor universitario en Estados Unidos, dedicó buena parte de su trabajo a pensar los vínculos entre conocimiento científico y cultura. Autor, entre otros libros, de Borges y la física cuántica. Un científico en la biblioteca infinita, sus ensayos exploran la relación entre ciencia, literatura y pensamiento en la tradición argentina. A la vez, su recorrido como guitarrista y compositor –con canciones interpretadas por artistas como Mercedes Sosa y Berta Rojas– revela una misma curiosidad intelectual que atraviesa laboratorios, escenarios y bibliotecas.
—¿Cuáles eran los principales intereses y temas de investigación de Sabato en el campo de la física?
—Su interés central eran los rayos cósmicos. Su doctorado en la Universidad Nacional de La Plata, en 1937, se tituló Sobre la radiación cósmica. Era un tema de gran actualidad en la física de las décadas de 1930 y 1940. El único paper que conozco de Sabato en revistas internacionales es una nota breve publicada en Physical Review en 1939, mientras estaba en el MIT (Massachusetts Institute of Technology), donde analiza críticamente una hipótesis del físico sueco Hannes Alfvén, que proponía que las partículas de los rayos cósmicos podían acelerarse en sistemas de estrellas binarias mediante un mecanismo análogo al de un ciclotrón. Sabato dice que Alfvén se equivoca. O sea, el tipo se anima a criticar a alguien que en ese momento ya era prestigioso y que luego ganaría el premio Nobel. Ese estilo crítico, y por momentos arrogante, está casi siempre en lo poco que vi de Sabato en el contexto científico. Por ejemplo, tiene un librito –que está bueno– de 1937 –creo que antes de irse a París– cuyo título es “Cómo construí un telescopio de 8 pulgadas de abertura”, donde critica a quienes construyeron un telescopio antes.
—¿Cuáles fueron las principales contribuciones a la ciencia?
—En el campo estrictamente científico su producción fue breve. Realizó su doctorado en física en la Universidad Nacional de La Plata en 1937 y publicó un trabajo en Physical Review en 1939 donde analiza críticamente una hipótesis del físico sueco Hannes Alfvén sobre el origen de estas radiaciones. Sin embargo, la reflexión más profunda de Sábato sobre la ciencia aparece luego en sus ensayos, especialmente en Uno y el universo (1945), donde examina críticamente el papel de la ciencia en la civilización moderna. Ese libro me apasionó en mi juventud. Lo releo y hay partes que me gustan. Pero muchas de las cosas que dice envejecieron mucho. Por ejemplo, en una parte dice: “Habrá siempre un hombre tal que, aunque su casa se derrumbe, estará preocupado por el Universo. Habrá siempre una mujer tal que, aunque el Universo se derrumbe, estará preocupada por su casa”. Y, menos cancelable, pero para mí igualmente extrema: “La ciencia estricta –es decir, la ciencia matematizable– es ajena a todo lo que es más valioso para un ser humano: sus emociones, sus sentimientos de arte o de justicia, su angustia frente a la muerte”.
—¿Cuál fue la relación entre el Sabato físico y su encuentro con los surrealistas?
—El punto de contacto de Sabato con los surrealistas fue su estancia en París a fines de los años 30. Allí Sabato entró en contacto con círculos artísticos e intelectuales, entre ellos el surrealismo. Ese encuentro fue decisivo porque lo enfrentó con una tensión que marcaría toda su obra: por un lado, el rigor racional de la ciencia y, por otro, la exploración del inconsciente, el sueño y lo irracional que proponían los surrealistas. En Antes del fin lo describió con una imagen memorable: “Por las mañanas me sepultaba entre electrómetros y probetas y anochecía en los bares, con los delirantes surrealistas, en el Dôme y en el Deux Magots”. En esos espacios conoció a André Breton y su círculo, y pasaron horas elaborando cadáveres exquisitos.
—¿A qué pensamientos filosóficos lo llevaron sus estudios físicos?
—La formación científica llevó a Sabato a reflexionar sobre los límites de la razón. Admiraba profundamente la ciencia, pero al mismo tiempo pensaba que no podía explicar por sí sola la totalidad de la experiencia humana. Esto lo acercó a posiciones cercanas al existencialismo y a una crítica de la racionalidad puramente técnica. En sus ensayos sostiene que la ciencia moderna ha ampliado enormemente nuestro conocimiento del mundo, pero también ha contribuido a una civilización que corre el riesgo de perder de vista dimensiones esenciales de la vida humana, como la libertad, la angustia o el sentido. Las contribuciones de Sabato a la física fueron modestas y se concentraron en el área de los rayos cósmicos, un campo muy activo en la década de 1930. Su carrera científica fue breve: trabajó en investigación en La Plata y luego en París. Sin embargo, esa experiencia fue decisiva para su vida intelectual. El contacto con la ciencia moderna y con los debates de su época lo llevaron a una profunda crisis personal que finalmente lo empujó a abandonar la física y dedicarse a la literatura, donde exploró cuestiones que sentía que la ciencia no podía abordar plenamente.
—¿Sabato se desilusionó de la física o se vio limitado?
—Es difícil saber qué pasaba por su mente. Mi impresión es que era alguien muy talentoso que, por un lado, buscaba protagonismo y, por otro, respuestas metafísicas sobre la existencia. No tuvo la disciplina (y acaso los mentores o interlocutores, aunque hay muchas cartas con Guido Beck que muestran que buscaba apoyo) para adentrarse de lleno en la física y encontró en la literatura su medio expresivo y el vehículo de su ambición. Y luego Camus lo canonizó elogiando El túnel. Nota al pie: es interesante ver en Borges, de Bioy, cómo ridiculiza un poco a Sabato como escritor. Pero no podemos negar que las novelas de Sabato son pilares de la literatura argentina.
—¿Cómo influyó la física en las obras literarias de Sabato?
—La influencia aparece sobre todo en su visión del mundo, pero no en el contenido de su literatura. Hay más ciencia en la obra de Borges, que no era científico. Dicho esto, Sabato conserva en su literatura una sensibilidad muy marcada por la ciencia moderna: la conciencia del universo, de la incertidumbre y de la fragilidad del conocimiento. En novelas como El túnel y especialmente Sobre héroes y tumbas se percibe esa tensión entre razón y oscuridad interior. Además, en sus ensayos vuelve constantemente a reflexionar sobre el papel de la ciencia en la civilización contemporánea. Hay quienes dicen que Sabato no abandonó realmente la ciencia: la transformó en un problema filosófico y literario. Su obra puede leerse como una reflexión sobre el destino de la civilización científica. En ese sentido pertenece a una tradición de escritores formados en ciencias que intentaron pensar el mundo desde esa doble experiencia.
