María Rosa Lojo es una de las principales especialistas en la obra literaria de Ernesto Sabato. Autora del libro Sabato: en busca del original perdido, analiza críticamente sus tres novelas desde la perspectiva de lo simbólico. También coordinó la edición crítica de Sobre héroes y tumbas, publicada en 2009, y publicó distintos trabajos a partir del símbolo en su obra junto a la de otros grandes autores contemporáneos como Leopoldo Marechal y Jorge Luis Borges.
“Aunque Sobre héroes y tumbas, su obra capital, es bien recibida en la prensa cultural y el público, se relaciona mejor con nuestra estética contemporánea que con las estéticas de las élites en pugna en el momento de su aparición, tanto la más alineada con Borges, como la situada a la izquierda (la revista Contorno, Viñas, Ludmer). Creo que hay que releer a los clásicos y no cancelarlos. Sabato se ganó la categoría de clásico por su impacto en la historia literaria argentina”, sintetizó Lojo en una conversación con Caras y Caretas.
—¿Cuándo fue tu primer contacto con su literatura y qué te pasó en esas primeras lecturas?
—Las primeras aproximaciones fueron cuando estaba en la secundaria. Ya en la universidad, estaba haciendo mi tesis de doctorado sobre la problemática del símbolo en la literatura, sobre todo a partir de Leopoldo Marechal, y pasó algo inesperado. Me dieron un premio de crítica con ese trabajo, que incluía la publicación del mismo. El reglamento del doctorado impedía que un texto ya publicado fuera incluido en la tesis. Entonces cambié y me centré en Sabato, que estaba dentro de los escritores que yo estudiaba.
Toda su obra está atravesada por un simbolismo complejo de la luz y la oscuridad, de la vista y la ceguera. Lo enfoqué desde la crítica al paradigma del conocimiento en la cosmovisión occidental, que pasa por las ideas como experiencias de iluminación, por la luz, por lo racional. Lo que hace Sabato es ir saboteando este paradigma de la luz meridiana. Uno de sus héroes centrales, Fernando Vidal Olmos, es un investigador de lo oscuro, que toma otras vías de conocimiento en el mundo de los sentidos, del tacto, de la carne. Un mundo que para sus héroes masculinos está asociado a lo peligroso, a lo ominoso, ajeno al territorio de lo que se puede conocer, y por eso mismo fascinante. Vidal Olmos, desde la locura y con razonamientos aparentemente correctos pero basados en fundamentos delirantes, toma un camino que la razón occidental ha rechazado y que Sabato como artista intenta reintegrar.
—El artista Sabato frente al científico Sabato.
—Eso es lo que lo habilita para este tipo de búsqueda. La deriva hacia el arte de Sabato surge cuando la ciencia para él es insuficiente, porque no da cuenta ni de la experiencia humana ni de lo real en su totalidad. Hay que seguir caminos que la razón occidental ha relegado al ámbito de lo oscuro, de lo despreciable. Incluyendo lo femenino, encarnado en personajes y símbolos de gran ambivalencia, en visiones aterradoras. No es que Sabato sea un misógino, lo que hace en sus libros a través de esa plataforma simbólica es mostrar esa escisión que de alguna manera intenta superar.
—Más allá de tus lecturas académicas, ¿qué te pasó con esas primeras lecturas adolescentes?
—Yo no me enganché con Sobre héroes y tumbas en la adolescencia. Pero sí lo hice con El túnel, cosa que también he visto en mis propios hijos. Les pega mucho a los adolescentes, porque hay una experiencia que creo que todo adolescente sensible ha vivido, la de soledad extrema, la de alguien que no se puede comunicar. Es una edad de mucho sufrimiento, y en ese sentido motiva una identificación con el personaje de Castel. Además, se trata de una novela corta magistral. La línea de El túnel sí concuerda con el paradigma estético dominante en Sur, que sobre todo marcaba Borges.
—¿Cómo se pueden releer sus obras en relación con cómo fueron leídas?
—El caso de Sabato es algo paradójico. Es un autor de mucho éxito entre la gente y el mundo académico e intelectual extranjero. A los críticos y académicos españoles les gusta mucho la literatura de Sabato, pero acá en la Argentina ha sido muy discutido. No termina de ser bien leído porque surgen otros temas en el medio, el tema político, la actuación de la Conadep, el almuerzo con Videla. Ni siquiera es cierto que él no habló por los desaparecidos. Sí habló. Y aunque ese relato no es cierto, interfirió injustamente.
Allá por 1999 Augusto Monterroso me preguntó: “¿Qué les pasa a los argentinos con Sabato, qué problema hay?”. Afuera no lo entienden. Escuché a dos grandes académicos españoles, Darío Villanueva y Víctor Freixanes, deshacerse en elogios sobre la épica en Sobre héroes y tumbas. También yo escribí sobre esta épica peculiar: la del derrotado, la del perdedor, en la legión de Lavalle. Del perdedor y del culpable, porque no se oculta que Lavalle es el que mató a Dorrego, pero al mismo tiempo es alguien que por ese camino de sufrimiento y de huida, y por la veneración de sus soldados, de alguna forma se redime. Sabato plantea siempre un horizonte complejo, hecho de contraposiciones, donde se muestran los aspectos negativos de la luz y los aspectos luminosos de la oscuridad. Metiéndonos en la oscuridad conocemos la condición humana, que no existe sin cuerpo, sin pasiones, sin sexo.
—La literatura de Sabato se inicia con una particular idea de la violencia, incluso del asesinato. El túnel comienza con la frase “Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne”. ¿Qué abren esos grises que podemos ver en su obra en relación con la violencia?
—Es la mirada del arte, que no suspende los juicios éticos, pero va más allá. En sus ensayos Sabato señaló que esos personajes a veces siniestros expresan algo que está dentro de los seres humanos. Con la ironía que lo caracterizaba, decía que así un escritor evita convertirse en criminal, porque puede canalizar toda esa oscuridad en personajes que ejercen la violencia y de algún modo son proyecciones de esa ambivalencia que todos tenemos adentro. Para mí es muy bueno que la literatura se pueda hacer cargo de eso.
