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Caras y Caretas

           

“Los jueces fueron los verdaderos héroes”

Luis Moreno Ocampo, que fue el fiscal adjunto del Juicio a las Juntas, rememora lo ardua que fue aquella tarea y revalora el rol de esos magistrados.

Tiene ascendencia militar y su prosapia de galones se hunde en los albores de la Patria. Su tatarabuelo Francisco Ortiz de Ocampo fue el primer general de la guerra de la Independencia, pero resultó relevado cuando se negó a fusilar a Santiago de Liniers. A Luis Moreno Ocampo, de profesión abogado, le tocó acompañar como adjunto al fiscal Julio Strassera en el Juicio a las Juntas Militares (1985) y ganarse por mérito propio un lugar en la historia argentina contemporánea. De yapa, también le valió la enemistad eterna de algunos familiares y hasta el reproche de su propia madre, quien recién se convenció de los horrores de la dictadura cuando leyó las crónicas del proceso en el diario conservador La Nación.

–¿Quién era y cómo llega a asumir semejante responsabilidad ese abogado de 32 años?

–Trabajaba desde el año 1980 en la Procuraduría General de la Nación, que es el jefe del Ministerio Público. A mí, me convoca Julio (Strassera) por recomendación de un superior, y desde ya que lo consideré un honor, pero también le aclaré que nunca había llevado adelante un juicio penal. “Mejor”, me respondió. Yo conocía bastante bien el sistema judicial americano y muchos principios del nuestro remiten a él. Mi ignorancia resultó un factor positivo, porque había que llevar adelante una investigación judicial en cuatro meses, algo impensado cuando un juicio penal puede llevar años, y acá estábamos juzgando no un crimen, sino cientos. En tanto, los abogados defensores de los militares habían sido jueces.

–Hubo amenazas implícitas y explícitas. ¿Cómo se mantenía la calma para seguir adelante, pese a todo?

–Cuando acepté el rol, pensé: “Si hay un golpe, me tengo que ir. Pero mientras haya democracia, no me van a matar”. Tomaba un recaudo, por consejo de Hipólito Solari Yrigoyen (senador radical víctima de un atentado de la Triple A): abría la puerta del auto y lo arrancaba con la puerta abierta, porque en caso de explosión, el impacto es menor. Esa mi cotidianeidad durante todo ese período.

–¿Qué momento del juicio constituyó un punto de quiebre o de inflexión?

–Los jueces que asumieron la tarea, cuando nadie quería hacerse cargo y además tenían la potestad de rechazarlo, se impusieron un ritmo frenético. Escucharon a 800 testigos en cuatro meses, a un porcentaje de 12 testigos por día. (León) Arslanian acuñó una metáfora para definir el juicio: “el trueno entre las hojas” (título del autor paraguayo Augusto Roa Bastos). El tiempo lo marcaron ellos, fueron imparciales y son los verdaderos héroes políticos de todo el proceso legal. El juicio terminó cuando conseguimos que los detenidos brindasen su testimonio. Pudimos escuchar a Adriana Laborde contar su parto en un patrullero y luego vino Pablo Díaz, el sobreviviente de la “Noche de los Lápices”, y se fueron sucediendo todos los demás. Porque la estrategia de los militares era el silencio y no reconocer nada, pero los testimonios ya eran abrumadores.

–Jorge Luis Borges asistió a una audiencia y escribió luego un memorable texto.

–Pasó por la fiscalía a tomar un café antes de ir a la sala y Julio estaba más que contento, porque era borgeano. Además, el juicio no se transmitió por televisión ni por radio, y la palabra escrita fue fundamental. Todos los periodistas acreditados tomaban notas y publicaban sus crónicas, que no distorsionaban lo escuchado. Yo no pude convencer a mi madre que todo aquello era cierto, hasta que lo leyó de letra del cronista de La Nación. Me llamó y me dijo: “Yo todavía quiero a Videla, pero vos tenés razón, tiene que ir preso”.

–Después de conocido el fallo, sucedió una recordada visita suya al programa Tiempo nuevo, que conducía Bernardo Neustadt.

–Todavía compartía la conducción con Mariano Grondona, que estaba más volcado hacia el lado de los militares. Pero yo conseguí que Neustadt se ponga de alguna manera a nuestro favor y nos dé la razón, y eso se transmitió incluso a quienes no nos apoyaban. Era un programa con 30 puntos de rating, todo el mundo lo veía. La información estaba muy concentrada, hoy sería impensable semejante impacto.


HOMBRE DE LEY

Hubo no solo sobrevida, sino reconocimiento profesional luego del célebre juicio, aquí y en el extranjero. Tras desempeñarse en procesos penales tanto por violaciones a los Derechos Humanos como contra líderes carapintadas por los frustrados intentos de golpe de Estado de 1987 y 1990 y por la responsabilidad de los jefes militares durante la Guerra de Malvinas (1982), Moreno Ocampo emigró hacia La Haya para desempeñarse como primer fiscal de la Corte Penal Internacional, cargo que desempeñó entre 2003 y 2012. Actualmente, reside en José Ignacio (Uruguay), donde conjuga “vida y trabajo”. Desde su estudio, compartió recuerdos y consideraciones con Caras y Caretas, en vísperas del 50º aniversario del golpe cívico militar de marzo de 1976.

–Suele mencionarse el Juicio de Nuremberg (1945) como antecedente del Juicio a las Juntas. Sin embargo, las circunstancias políticas fueron muy distintas.

–Nuremberg fue una novedad absoluta en su momento, porque fue el primer juicio internacional. Hasta ahí, la Justicia era nacional, como la moneda o la bandera. En La cascada de la Justicia (2013), su autora Kathryn Sikkink pone de manifiesto cómo se removieron los cimientos en el orden internacional, desde Nuremberg, nuestro Juicio a la Junta, los juicios a militares en Grecia y por los crímenes de guerra en la ex Yugoslavia.

–Hoy la Justicia argentina aparece como una institución desprestigiada y poco creíble.

–Hubo un quiebre a partir de la presidencia de Menem, que quiere y nombra jueces fieles y amigos, como una decisión de protección del político de turno. Arslanian, que era su ministro de Justicia, le advierte en ese momento, y con razón, que esos jueces amigos le van a dar una puñalada trapera por la espalda, alguna vez, y se va. Entonces, es cuando el poder político comienza a controlar a los controladores. El problema no son los jueces, porque hay jueces que investigan y llevan a juicio a sus propios colegas corruptos, sino los políticos que nombran a los jueces.

–Finalmente, ¿qué le pareció la película Argentina, 1985, como espectador y como biografiado?

–Santiago Mitre, el director, y su coguionista Mariano Llinás me entrevistaron dos veces. Leí el guion, pero solo vi la película después del estreno, en una sala privada, y después sí volví a verla en distintas ocasiones y lugares. La gente que está en los debates intelectuales no admite lo limitados que son esos ámbitos. Yo reedité mi libro Cuando el poder perdió el juicio y se vendieron 4.000 ejemplares. A 1985, la vieron un millón y medio de personas, jóvenes y adultas. Ese es el valor que tiene la película.

Escrito por
Oscar Muñoz
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