El doctor en Filosofía por la Universidad de París VIII Marcelo Raffin tiene una formación multidisciplinaria –sociólogo, abogado y filósofo– que le permite abarcar diversas perspectivas para analizar uno de los campos de su especialidad: la subjetividad y los derechos humanos en los regímenes dictatoriales. Su libro La experiencia del horror. Subjetividad y derechos humanos en las dictaduras y postdictaduras del Cono Sur, además de sus artículos especializados, es una obra de referencia para analizar la dictadura argentina.
–¿Qué semejanzas presentaron las diferentes dictaduras en el Cono Sur? –No se puede pensar el caso argentino aislado de las otras experiencias similares en la región: Chile, Uruguay y Brasil. Las dictaduras del Cono Sur implicaron la negación y la destrucción de la democracia y del Estado de Derecho y sus mecanismos. Tuvieron lugar a partir de golpes de Estado efectuados por las Fuerzas Armadas en alianza con distintos grupos económicos y sociales. Estos golpes de Estado fueron el resultado de una serie de factores locales vinculados con la historia de cada uno de estos países, sus tradiciones democráticas y autoritarias, la dinámica de actores políticos y económicos, la movilización o radicalización de los sectores populares y de otros sectores, pero también con una serie de factores internacionales, de los cuales el más importante es la Guerra Fría y su proyección en América Latina después de la Revolución Cubana.
El proyecto fue crear un nuevo modelo social que, a grandes rasgos, puede denominarse neoliberal, construido a partir de una política de terror y de una cultura del miedo ejercidas desde el Estado. Cada sociedad definió al enemigo y organizó sus estrategias de represión de un modo singular. A grandes rasgos, el enemigo era el comunismo ateo y apátrida. Las dictaduras estuvieron vinculadas entre sí por un pacto clandestino de cooperación represiva, una hegemonía regional conocida como la Operación Cóndor. Las dictaduras construyeron esa hegemonía, que se mantuvo de una u otra manera durante los períodos postdictatoriales y cuyas consecuencias se proyectan al presente.
–¿A qué denominás políticas del terror y cultura del miedo? –La política de terror fue diseñada desde los Estados dictatoriales para crear un efecto de terror en la sociedad civil mediante políticas públicas implementadas de manera clandestina o abierta, insertas en un plan sistemático de represión ejercido desde el Estado y que constituyeron violaciones masivas y sistemáticas de los derechos humanos. En cada país la acción transgresiva adoptó modalidades diferentes, según su historia y sus experiencias previas.
Se buscaba la creación de ese terror a partir de prácticas que, en Argentina, Chile, Uruguay y Brasil, generaron lo que Pilar Calveiro llama el dispositivo desaparecedor, que implica la figura del campo de concentración o centro clandestino de detención y crea una cierta lógica a nivel social. Pueden mencionarse la secuencia secuestro-tortura-desaparición y muerte de personas, realizada de manera sistemática y clandestina en Argentina, o las ejecuciones más o menos públicas llevadas a cabo en el Estadio Nacional de Chile, por ejemplo. La cultura del miedo es un efecto de esa política de terror implementada y lleva a la ruptura o debilitamiento de los lazos sociales, al repliegue de las personas sobre sí mismas, a la reclusión en el ámbito privado, al miedo a la relación con el otro, a la idea de que cualquier otro es un enemigo potencial.
–¿Cuáles son las líneas de continuidad de las dictaduras en el tiempo presente? –Tres cuestiones fundamentales. La primera es la lógica neoliberal que caracterizó a las dictaduras. En Argentina y Chile, las dictaduras se transformaron en laboratorios sociales, pioneros de esta nueva racionalidad liberal de época que perdura hasta hoy. En Argentina, la dictadura se propuso terminar con la sociedad producto del proceso de industrialización por sustitución de importaciones. En el caso chileno fue explícito: varios representantes del pensamiento neoliberal, como Hayek o Friedman, dieron un apoyo abierto al régimen, proveyeron asesoría en el diseño de sus políticas económicas y en la formación de personal técnico.
En la entrevista que dio a El Mercurio el 12 de abril de 1982, Hayek expresó abiertamente su preferencia por un dictador liberal antes que por un gobierno democrático carente de liberalismo. El neoliberalismo va a tener consecuencias fuertes a nivel de las subjetividades y de lo colectivo. Sentó las bases de un pensamiento que se venía desarrollando previamente en estas sociedades, pero que se nutre de componentes fundamentales durante las experiencias dictatoriales y se proyecta con fuerza hasta hoy. En estas dictaduras se encuentran claves fundamentales para comprender expresiones actuales del pensamiento del gobierno de Milei, pero también el bolsonarismo o el ideario que sostiene al nuevo presidente electo en Chile.
–En términos subjetivos, ¿qué subsiste de la dictadura en los regímenes políticos actuales? –Allí pasamos a la segunda línea de continuidad. La política de terror y la cultura del miedo produjeron un disciplinamiento social tanto en términos individuales como en el gobierno y la administración de las poblaciones. Esta forma de pensar el modelo social y los efectos subjetivos de las dictaduras nos remite a ciertas categorías del pensamiento foucaultiano, pero allí también debemos recordar lo que Foucault plantea acerca de la biopolítica y la tanatopolítica, es decir, la producción de vida y de muerte. Sin embargo, hay otro aspecto mucho más luminoso.
–¿A qué te referís con otro aspecto más luminoso? –La dictadura tuvo efectos subjetivos de represión y dominación, pero también de resistencia. Hubo producción de cadáveres, tanatopolítica, pero también, particularmente en el caso argentino, una herencia de luchas y de continuidad de políticas de memoria que alcanza niveles de movilización inéditos en el mundo y que no vemos en experiencias semejantes como el nazismo. Basta ver el crecimiento exponencial de cada marcha del 24 de marzo.
Se suele soslayar, a nivel subjetivo, el aspecto relacionado con las luchas sociales y las resistencias que han provocado los regímenes dictatoriales: las de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, continuadas también por HIJOS y por otros organismos de derechos humanos. A su vez, las luchas populares, que tuvieron cambios y reconfiguraciones en experiencias posteriores en los años 90 y en las décadas de este siglo, se engarzan con la resistencia a la dictadura y son una consecuencia de estos regímenes.
No casualmente, y más allá de las líneas de continuidad económicas y políticas sociales entre la dictadura y los gobiernos neoliberales, surgen consignas tales como que Menem, Macri o Milei son la dictadura. Y esto nos lleva a la tercera línea de continuidad: el papel inédito que asumieron los derechos humanos como arma de lucha política y social, que no tenía antecedentes y que en los años de las transiciones estuvo ligado a distintas políticas de memoria. A partir de entonces, los derechos humanos van a ser invocados cada vez que son vulnerados y la sociedad va a movilizarse bajo ese símbolo. María Soledad Morales, Walter Bulacio, Santiago Maldonado, entre tantos otros, constituyen ejemplos de esta afirmación.
