Marina Franco contesta el teléfono. Está a más de 10 mil kilómetros de distancia de Buenos Aires. La historiadora, investigadora del Conicet, especialista en violencia política y estatal, se encuentra por trabajo en Francia, país en el que también se formó. Hizo una maestría en la Universidad Diderot. En esta entrevista con Caras y Caretas, Franco hace una disección sobre uno de los procesos históricos más traumáticos de la sociedad argentina. Descifra cómo se gestó y qué consecuencias dejó la represión clandestina como política de Estado durante la última dictadura militar. Una metodología que en la Argentina adquirió varios rasgos que la investigadora considera tristemente inéditos.
—¿Qué aspectos de la política represiva de la última dictadura son continuidad de procesos autoritarios previos y cuáles son nuevos?
—La última dictadura se inscribe en una tradición represiva que marcó todo el siglo XX de la Argentina. Y no solo de los gobiernos militares, también de algunos civiles. En ese sentido tiene continuidades. Al mismo tiempo implica un salto cualitativo porque el objetivo del gobierno es la represión en sí misma para disciplinar y reformatear a la sociedad. Para decirlo de manera brutal: la apuesta fue refundar la sociedad provocando una matanza. Es la diferencia entre que la represión sea un medio y que sea un objetivo en sí mismo. Hay otro salto cualitativo que es el uso de la desaparición forzada de personas, con una lógica planificada y sistemática.
—Suele sostenerse, aunque la comparación sea compleja, que la última dictadura argentina fue la más cruenta del Cono Sur en aquellos años…
—Efectivamente, comparar niveles represivos desde el punto de vista de las víctimas y la herida social es difícil. Sí es cierto que en términos históricos la represión en la Argentina fue mucho más grave que en Brasil, que tiene muchos menos muertos y desaparecidos. En Uruguay la principal forma represiva fue el encarcelamiento y en Chile hubo desaparecidos, pero sobre todo asesinados y encarcelados. En el caso argentino, por más que suene compleja la comparación, el sistema represivo fue mucho más extremo. Entre otras cosas por la utilización masiva de la desaparición forzada. No es lo mismo un asesinato político que secuestrar clandestinamente y después hacer desaparecer los cuerpos. Esta lógica represiva también tuvo consecuencias de otro tipo. Hizo que la lucha de las familias y los organismos de derechos humanos se centrara en algo que no sucedió en la misma medida en los otros países, que es la pregunta por dónde están. Cuando el cuerpo está la pregunta por la verdad es quién es el responsable por ese crimen, pero no dónde está la persona. La desaparición forzada como sistema represivo fue algo que en la Argentina alcanzó una expresión brutal y tuvo efecto en la respuesta a ese sistema.
—Antes dijo que la represión fue un fin en sí mismo y no un instrumento. ¿La metodología de la desaparición forzada también fue un mecanismo diseñado con un objetivo o fue algo que se fue dando?
—No es tan fácil responder eso. Creo que se fue dando en la contingencia histórica. El objetivo era eliminar físicamente, pero no necesariamente desaparecer. Eso va tomando forma con los aprendizajes de la doctrina militar francesa y estadounidense, donde hay una lógica de la represión clandestina y la desaparición de cuerpos. Pero termina de conformarse como idea en los meses previos al golpe del 24 de marzo. No es que desde el principio estaba decidido desaparecer a las personas. Una de las cosas que influyó en esa decisión fue lo que los militares argentinos aprendieron de los efectos internacionales y los cuestionamientos a la represión que conducía Augusto Pinochet en Chile, que había dado el golpe casi tres años antes, en septiembre de 1973. Por eso es que sostengo que la decisión de usar la desaparición forzada como principal instrumento represivo se va tomando progresivamente.
—La desaparición, de alguna forma, busca borrar las huellas del crimen…
—Sí, totalmente. La desaparición tiene una dimensión de deshumanización absoluta y a la vez una dimensión práctica que es borrar las evidencias del delito. Es algo que la Justicia argentina revierte después, que juzgó aun sin la evidencia del cuerpo.
—¿Cómo fue la influencia francesa en la formación represiva de los militares argentinos?
—Las fuerzas armadas argentinas incorporan la doctrina de la guerra revolucionaria que las fuerzas armadas francesas habían aplicado en Argelia y en Indochina. La doctrina del enemigo interno y del control del territorio por parte de las fuerzas armadas a través de la represión clandestina. Empieza a incorporarse en la formación durante el gobierno de (Arturo) Frondizi y sobre eso vendrá luego la influencia estadounidense. Hay un punto para señalar. Las fuerzas armadas francesas aplicaban esto con la lógica colonial, con sujetos que no consideraban iguales. Los militares argentinos lo aplican sobre su propio pueblo, lo que le da todavía más dramatismo a la aplicación de esa metodología. Esta forma de represión fue retratada de manera muy precisa en la película La batalla de Argelia, del director italiano Gillo Pontecorvo. Es una película que fue hecha para denunciar la represión clandestina de los franceses, pero que los militares argentinos utilizaron para aprender.
—¿La clandestinidad, también buscaba borrar las huellas del crimen o además tenía un objetivo aterrorizador?
—Ambas cosas. El sistema clandestino tiene como instrumento principal a la tortura. Es lo que mantenía el sistema en movimiento: torturar para conseguir información y producir nuevos secuestros y desapariciones. La otra parte es que la clandestinidad genera miedo, terror, y la incógnita de qué está pasando. Disciplina.
—El movimiento de derechos humanos argentino es reconocido mundialmente por su potencia; también el proceso de juzgamiento a los represores. Todo esto, ¿logró remover esa matriz represiva que marcó el siglo XX?
—Hace unos años hubiera dicho que sí de manera categórica. Ahora tengo dudas. Creo que hay lógicas que cambiaron. La naturalización de la violencia, de la aplicación sistemática y masiva de la violencia estatal, creo que terminó con la última dictadura. Dicho esto, hoy estamos en un momento que nos hace dudar sobre si algunos de esos viejos mecanismos no se están poniendo de nuevo en práctica. La construcción de enemigos y su persecución política otra vez volvió al centro de las prácticas políticas argentinas y la represión también. No es que desde 1983 hasta ahora no hubiera habido este tipo de represión a la protesta social. Sí la hubo. Lo que no sabemos es si esto puede llevar a que resurjan mecanismos del siglo XX que creíamos que terminados.
