Este ensayo analiza una de las mejores novelas del escritor Luis Gusmán (1944), En el corazón de junio, reeditada en 2025 por la editorial Bardos. No solo es una obra magistral de la literatura argentina sino mundial, que en 1983 ganó el premio Boris Vian, un galardón para escritores y escritoras que transgreden las formas y crean una estética literaria particular.
En esta novela, Gusmán escribe como si estuviera poseído, como si fuera un médium, como si alguien o alguna deidad literaria desde otro plano le dictara la trama y la dinámica de los personajes. Tal vez se deba a su pasado en el espiritismo. En el perfil que escribí sobre él en 2018 para la revista española Zero Grados, su hermano Jorge explica sobre esta circunstancia familiar: “Nosotros la llamábamos de ‘madrecita’. Jorge achica los ojos y frunce el ceño. Ella tenía tres religiones: la católica, el cristianismo y el espiritismo. Para Jorge, Nélida entró en esta última por los libros del fundador de ese movimiento, el francés Allan Kardec (1804-1869), y su pasión fue tan grande que hasta se convirtió en médium”.
Otras particularidades del estilo narrativo de Gusmán son los dobles –debe ser porque fue gemelo– y también la preocupación por cómo se hizo escritor, por ejemplo, es el caso de su nombre y apellido. Una anécdota que siempre cuenta es que cuando nació, sus padres fueron con él en brazos a inscribirlo como Luis Alberto Vásquez. La pareja no estaba casada aún, pero cuando ya contrajeron nupcias fueron a registrarlo de nuevo y lo inscribieron con el mismo nombre pero el padre acotó: “Léase Gusmán”.
Para Jorge Luis Borges (1899-1986), “la literatura es una forma de felicidad, un sueño rígido y acto de creación emocional, no intelectual”. La novela En el corazón de junio cabe perfecto en esa sentencia del escritor argentino.
En este relato Gusmán se distancia de sus inicios como el artista plástico de su primera obra; en este caso, el escritor se aleja de El frasquito (1973) y Brillos (1975) y se apega a la operación borgeana de la brevedad. Gusmán elige el fragmento para desentrañar el concepto del corazón.
I
En el primer relato, “El señor de los gansos”, el novelista arma una trama policial con tintes de ensoñación. El personaje Flores también es una subtrama que despliega una narrativa psicológica del personaje. Hay que aclarar que en En el corazón de junio el autor utiliza el artificio literario de la myse en abyme (la puesta en abismo). De una manera delicada cada relato es un reflejo del otro, es un juego de espejos, sobre todo en “El señor de los gansos”, “Darkness” y “En videncia”.
“El señor de los gansos” está construido en primera persona y también es muy cinematográfico, arranca con Flores contando su malestar y en el primer párrafo dice que esta historia va de adentro hacia afuera: “Esta caja de cristal me guarda del menor movimiento, de la menor inquietud. Desde la ventana puedo ver el parque”.
Tanto esta trama como la segunda, “Darkness”, y la tercera, “En videncia”, que en el derrotero de la novela se divide en seis minicapítulos o episodios, se relacionan con la categoría cinematográfica norteamericana del siglo XX, el cine noir, que tiene características de la literatura policial: no hay finales felices, la incertidumbre reina casi siempre y también gira entorno a la tríada del miedo, de la fatalidad y de la traición.
Por ejemplo, Flores, el personaje principal de “El señor de los gansos”, espera por un trasplante de corazón. Cuando le avisan que hay un donante, busca al hombre hasta descubrir quién es: se apellida Cigorraga y a partir de ese momento quiere averiguarlo todo sobre él. Se obsesiona tanto que después incluso se apoya en la literatura, en libros como Corazón sencillo o simple (Gustave Flaubert), El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad) y Corazón débil (Fiodór Dostoeivsky) para saber más sobre ese órgano vital. Pero hay escenas que parecen salidas de esa categoría del cine noir donde la neblina o las tinieblas hacen de las suyas, y es entonces que Flores se convierte en el narrador de la trama, como ocurre en las películas estadounidenses de las décadas del 40 y 50: “Enciendo la luz. Busco la nota publicada en la revista, recorto la foto de ese hombre para guardarla en la billetera. El artículo sigue resultándome indigno. Su título es en extremo escandaloso: ‘En vida, un hombre donó su corazón’. Poco a poco la noticia se ha ido transformando en una carnicería pública. Y lo que me parece impúdico es el corazón de Cigorraga representado por un dibujo en colores a la manera de un esquema anatómico. Debo averiguar por qué Cigorraga tomó esa decisión. Me queda una semana para empezar la búsqueda”.
El segundo relato, “Darkness”, es narrado en tercera persona y el personaje es Soler. Esta trama también es un relato policial o del cine noir. Por ejemplo, hay escenas como esta: “Detiene el coche y entra en un bar. También ahí oye esa voz de estación. Le llama la atención un cartel luminoso donde titila una frase que hay que completar; a pesar de las letras que faltan: ‘Cuide su corazón’. En el interior del local hay un afiche donde aparece la figura de un hombre caído. Tiene la mirada borrosa y se lleva las manos al pecho, lo rodean rostros que lo contemplan con expresión de sorpresa”.
Otra característica de este segundo relato es la evocación de los tiempos de la dictadura militar. No se sabe qué es Soler: un detective, un paramilitar ayudante de la represión, un mafioso; lo que sí sabemos es que tiene un enemigo o un excamarada llamado Rubio, que parece que raptó a su prometida, una dama española que no tiene nombre, solo esa denominación, “dama española”, y esa circunstancia lo obligó a ir al vidente o adivino de Uruguayana, el mismo que atendió a Flores: “El Hermano José le pide que extienda las manos. Las retiene apenas un instante y dice automáticamente: Veo agua, mucha agua. El agua lo cubre todo”.
“Darkness” también es un relato que puede ingresar en la categoría de literatura política. Gusmán en esta trama evoca, de una forma sutil, los vuelos de la muerte de la dictadura militar en la Argentina (1976-1983). Los militares torturaban y desaparecían los cuerpos de varias maneras y una de ellas era esa dinámica de los viajes aéreos por ejemplo en un avión modelo Skyvan arrojaban los cuerpos de argentinos y argentinas al mar o al Río de la Plata.
Daniel Balderston, en su ensayo “El significado latente en Respiración artificial de Ricardo Piglia y En el corazón de junio de Luis Gusmán”, explica: “En el transcurso del texto hay referencias obsesivas a crímenes violentos. Una frase que se repite varias veces en las escenas de trance: ‘Esta tierra está llena de delitos de sangre’. Algunos muertos duermen un sueño drogado en el fondo del mar, adonde fueron arrojados desde el cielo. En las escenas de trance hay un aterrador coche negro que se desliza silenciosamente en las calles de la ciudad”.
Después en el acápite “En videncia”, que el autor desplaza por toda la novela en seis partes, el lector o la lectora va a encontrar coincidencias entre los dos primeros relatos. Es que para Gusmán las casualidades de la vida son artificios para la literatura. En el perfil que escribí en Zero Grados explico: “La casualidad es la otra arma que utiliza Gusmán para sus relatos. Se debe a la capacidad de asociación que posee. Esa apreciación también la tuvo la revista española Teína, en su número 17, cuando entrevistó al escritor: ‘Basta charlar un rato con Gusmán para darse cuenta de que es una imparable máquina asociativa’. Todo hecho lo conecta al pasado. Toda circunstancia la ensambla a su vida. Lo cotidiano para él es el hilo acertado para tejer su obra”.
En “En videncia”, el escritor originario de Avellaneda suelta ese talento de vincular y los personajes del primer y segundo relato de la novela se juntan: Soler, Cigorraga, el hermano Miguel e incluso la ciudad de Uruguayana: “Antes de abandonar el vagón vio como uno de los guardas se acercaba al hombre y le revisaba los bolsillos. En un momento se inclinó sobre el asiento y tomó una carta. Sin duda, la última voluntad. El guarda vaciló un instante con la carta en la mano y después la depositó en una bolsa donde guardaba los efectos del muerto. De pronto, el otro guarda del tren preguntó:
–¿Tiene documentos?
–Solo un carnet.
–¿Dice el nombre?
–Sí. Antonio Cigorraga.
–¿Y la edad?
–No figura, tampoco el domicilio”.
II
Las otras siete subtramas que también contiene En el corazón de junio Gusmán las denomina “Bloombsday” para homenajear la obra cumbre de James Joyce (1882-1941), el Ulises (1920), que es el día en que en Irlanda se festeja la peripecia del personaje principal de esa novela Leopold Bloom, y también para seguir con su capacidad de asociar la realidad y el cosmos de la casualidad. Esa jornada que celebra a Bloom también es una fecha histórica para la Argentina: el 16 de junio de 1955 sucedió el bombardeo en Plaza de Mayo para derrocar al entonces presidente Juan Domingo Perón (1895-1974). Y también existe otro hecho anecdótico importante para Gusmán que es la muerte del profesor Stanislaus Joyce (1884-1955), hermano de James, que falleció ese día en Trieste.
Todos esos acontecimientos el autor también los junta con dos de sus obsesiones más características: el doble por su condición de gemelo y la literatura no sólo por su oficio sino porque es un lector curioso. Para ese fin inventa a un Juan Rodolfo Wilcock. Según Gusmán, Ricardo Piglia (1941-2017), allá por la década de los 80, le comentó que Wilcock había muerto con libros sobre el corazón encima de su pecho. Ese fue uno de los disparadores de la novela, y también porque fue traductor del Finnegans Wake (1939) de Joyce.
El Wilcock de la novela en realidad es él, es una especie de máscara con la intención de generar un mal entendido o un supuesto. Gusmán utiliza a este personaje para merodear su biografía arrabalera de Avellaneda, su infancia, su madre, el espiritismo y la concepción de qué significa ser escritor, sus obsesiones, sus métodos, sus peripecias, es decir, su experiencia en la realidad o, mejor dicho, como indica al final del relato: “En busca de la palabra exacta”. También sobre la verosimilitud en la literatura, lo que se dice, lo que no se dice, lo posible o lo que puede ser.
En “Decir lo indecible. Violencia política y hermestismo en la escritura de Lujis Gusmán”, Andrea Cobos Carral explica: “La novela pone en texto y tematiza la necesidad de volver, una y otra vez, sobre lo cifrado, sobre esa porción de sentido que debe ser develada, sobre aquello que está inscripto y que prevalece en su opacidad con un sentido menos inteligible que el de la letra, eso que debe ser leído entre líneas, interpretado, indagado en el revés de una escritura: ‘ Leer –dice el narrador del primer y extenso capítulo de la novela– es como profanar un secreto’”.
Entonces, para narrar esta trama, nos trae primero a una capital literaria como Dublín y también regresa a Buenos Aires para contar la vida supuesta de Wilcock antes de que le llegue la hora de su muerte.
En la primera llamada, “Blomsday: el viaje”, Gusmán presenta a su Wilcock a través de uno de los cuentos más famosos de este autor ítalo-argentino. Parece que al autor del En el corazón de junio además de cautivarle la historia con el corazón también le agradó esa particular vida de Wilcock y la genialidad de sus cuentos. Gusmán interviene “Los donguis”, que es un relato muy adelantado a la época, un cuento que parece más salido del siglo XXI y que pertenece al género de la ciencia ficción, tranquilamente podría convertirse en una serie de Netflix o Amazon.
El autor de En el corazón de junio también manda a Wilcock a Dublín a investigar unos manuscritos que tiene un profesor Stanislaus (una alegoría al hermano de Joyce) que murió recientemente y que necesita para su escritura. Lo acompaña una mujer y lo primero que hace es intentar realizar la peripecia Leopold Bloom. Dentro de esta descripción de viaje del Wilcock que inventó, Gusmán interviene el cuento de ese autor de una manera crítica. Es que los donguis de Wilcock son animales subterráneos que parecen un cerdo o lechón transparente, son ciegos y comen o devoran todo lo que se encuentra a su alrededor. En la novela de Gusmán aparecen por debajo de Buenos Aires: “Pero yo extraigo mi peregrinaje del bolsillo donde cada lugar está señalado por un número: es el once y nunca me ha gustado ese número. Recuerdo esa estación donde los donguis habían hecho su aparición”.
Es interesante como Gusmán en esta primera entrega de “Bloomsday” cruza tradiciones literarias: coloca la literatura argentina con la irlandesa o la anglosajona, mientras el personaje deambula por la Dublín del Ulises de Joyce. El autor, como un saxofonista talentoso de los años 40 o 50, muy a lo Charlie Parker, improvisa, juega y hace lo que le da la gana con la literatura, pero no para mal sino todo lo contrario, el lector o lectora agradece esa maniobra delicada como el cuello de un cisne.
En el “Bloomsday: el otro Bloom”, otra vez el autor se desplaza a una de sus obsesiones: el doble, el otro. Allí narra la historia del Bloom fotógrafo que había matado a una mujer joven para luego simular su suicido. Vuelve a la categoría cine noir y si este episodio se convirtiera en película seguro que el blanco y negro y el jazz de fondo se apoderaría de la historia.
Después, en el capítulo “Bloomsday: el camino del zoo”, Gusmán otra vez interviene la Irlanda de Joyce de forma lúdica a través de su Wilcock, y en esta oportunidad para tratar el bombardeo del 16 de junio de 1955. Lo hace de una manera magistral porque pone como metáfora calificativos bestiales: “Habían bombardeado la ciudad y fui a pedir noticias de mi tío. Me imaginaba su tranvía enloquecido girando sin dirección, clavado por las balas junto a la plaza, rodeado de cuerpos ensangrentados pidiendo auxilio. Recuerdo que en las vías los chanchos estaban alborotados y paseaban de un lado al otro inspeccionando la estación. Me indicaron un pizarrón. Cada punto marcado por un alfiler me indicaba los tranvías en movimiento. El número era 21. El tío no tardó en volver. Durante el viaje de regreso contó cómo los corderos corrían por la plaza y se quebraban las patas contra los bancos de mármol. Mientras tanto, desde el cielo se oía el ruido de los gorilas que atacaban”.
En el acápite “Bloomsday: día de las flores”, de nuevo Gusmán utiliza a Wilcock para cruzar tradiciones. Esta vez se traslada a la literatura rusa y utiliza como médium al profesor Stanislaus, que en En el corazón de junio estaba obsesionado con el conde León de Tosltói (1828-1910) y con el sueño, y escribe un ensayo sobre El sitio de Sebastopol (1855), escrito por el conde, que trae la idea de los personajes que luchan por dormir pero no consiguen conciliar el sueño. Así lo explica Stanislaus en su diario de apuntes: “Lo cierto es que se salva el que se despierta del sueño. Esto me hace llegar a dos conclusiones: a) no duermen porque temen encontrar la muerte en el sueño. Creencia bastante arraigada universalmente.,b) los que logran pasar la noche y despiertan del sueño logran salvarse. Las dos conclusiones están en relación y una es consecuencia de la otra. Debo investigar. También hay un cuento de Tolstói que se llama ‘El sueño’”.
En los tres últimos Bloomsday –“Bloomsday: 16 de junio”, “Bloomsday: escenas de caza” y “Bloomsaday: el estallido”–, Gusmán en esa mutación literaria que hizo, él o el autor en forma de Wilcock, va por su biografía íntima, por su gemelo que no pudo alcanzar la vida: “¿Quién lo envía?, preguntó el empleado. Wilcock. ¿Y quién lo recibe? Wilcock, volví a decir. Se rió: Un Wilcock para otro Wilcock”.
El Wilcock de la novela va a visitar a su hermano en el hospital y también al funeral de la novia de este último que se había muerto y cuando llega a la sala velatoria se entera de que era paraguaya porque en el funeral todos hablaban guaraní, una lengua que no entiende.
En el episodio “Bloomsday: escenas de caza”, Gusmán de nuevo hace estallar su imaginación y en ese velorio el Wilcock que está velando a la muerta sigue una sugerencia y le saca una cadena valiosa a la fallecida, lo que decanta en una peripecia psicológica memorable del personaje: “Un familiar sugiere que mi hermano le deje un recuerdo a la muerta. Un anillo, una medalla, una cadena. Algo de oro, algo de plata. Alguien quita una cadena de la muñeca y la deposita en el ataúd. Es una pulsera de identificación. Es de plata. Leo: Wilcock. En el instante en que van a sellar el cajón se acercan mujeres vestidas de negro y murmuran en mi oído: ‘Cuando los cuervos se queden solos, robarán la joya’. No quiero escuchar las palabras de esas sombras. Ellas insisten. Usted debe llevársela y con los años devolvérsela a su dueño. Mientras el coro sigue musitando, una de ellas coloca la pulsera en mi mano. Me arrastran hacia afuera”.
También indica que su madre escribe una novela en videncia y lo hace fiel a su estilo, con sutileza y brindando guiños delicados. Inmediatamente el lector o lectora se puede percatar de que regresa a El frasquito: si bien al inicio de este ensayo indicamos que en la forma y en la prosa Gusmán se alejó de su primer libro, al final vuelve, tal vez porque nunca podemos dejar el pasado y, como él me comentó, alguna vez: “Un escritor siempre escribe el mismo libro durante toda su vida”.
“A los libros he confiado la memoria de mi cuerpo. Esa traducción, ese río que corre, será mi testamento. No es poco, dirán algunos, sin embargo ya no hay lugar para el engaño. A cierta edad uno ya sabe que podrá escribir.”
