La escena se repite cada 29 de enero casi como un ritual: mi amigo César pasa a buscarme por casa en su Fiorino roja y, junto a mi hermano Diego, partimos hacia el cementerio de la Chacarita para homenajear a un sanlorencista de ley: Osvaldo Soriano. Lo hacemos desde 2007, año en que sus restos fueron trasladados a pocos metros de la entrada por Jorge Newbery. Allí, entre las muchas florerías que rodean el cementerio, elegimos siempre la misma para comprar rosas rojas y blancas que el florista pinta con aerosol azul, de modo que, al dejarlas sobre su tumba, luzcan los colores del viejo Ciclón de Boedo. Como cada año, la cita es a las 11 y empiezan a llegar hinchas con la camiseta azulgrana para rendir homenaje al “hincha distinguido”. Un cafetero ambulante suele pasar, y mientras rodeamos la tumba conversamos sobre San Lorenzo y sobre el querido Osvaldo. María Elena Tumma, creadora del grupo “Amigos de Soriano”, lee algún párrafo de sus libros.
Hasta 2022 asistió cada año el historiador Francisco Juárez, el mejor amigo de Soriano, quien compartía anécdotas y vivencias con el notable periodista y escritor. Entre 2007 y 2022 las historias se repetían, sí, pero para quien escribe esto nunca importó: contarlas era una forma de revivir al “Gordo” Soriano. Hacia el mediodía, Adolfo Res toma la palabra para recordar al autor; sus palabras quedan grabadas y luego se suben a las redes y a nuestro programa radial San Lorenzo Ayer, Hoy y Siempre, que hacemos desde hace 23 años junto a mi hermano.
MEMORIA Y DUELO
A 29 años de la muerte de Soriano, parece mentira cuánto perdura aquel día en que me enteré de su fallecimiento a través de la radio del taxi que manejaba por entonces, en plena segunda década infame. Cuando el locutor anunció la noticia, rompí en llanto sobre el volante. Una pasajera me preguntó qué me pasaba; “no importa”, le respondí. Nunca hubiera entendido. Ya me había devorado todos sus libros.
Soriano admiraba a “La Oveja” Roberto Telch por su calidad y humildad al servicio de la camiseta azulgrana, pero también tenía devoción por “El Vasco” Ángel Zubieta, a quien nunca vio jugar. Sus ídolos eran el “Nene” Sanfilippo, el “Tucumano” Rafael Albrecht y varios de los jugadores a los que dedicó artículos, como aquel de 1973 incluido años después en Artistas, locos y criminales. Durante muchos años se escapaba de la redacción para ver los entrenamientos en el Viejo Gasómetro de Avenida La Plata.
Tuve oportunidad de cruzarlo dos veces casi por casualidad. La primera fue en la primavera de 1973, en el café San Lorenzo, cuando mi viejo lo reconoció y se acercó para felicitarlo por su primer libro, Triste, solitario y final. Recuerdo que Soriano le agradeció con una sonrisa tímida, casi sonrojada. La otra fue en 1975, una mañana en el Viejo Gasómetro: con dos compañeros del colegio nos rateamos para ver un entrenamiento y, al entrar, lo vimos apoyado en el alambrado observando la práctica.
HERENCIA AZULGRANA
Muchas veces lo imaginé caminando entre la multitud reclamando la Ley de Restitución Histórica, cuyo proyecto presenté en la Legislatura porteña en 2010. Más de una vez imaginé leer artículos suyos sobre esa causa; hubiera sido espectacular. Siempre dije: “Osvaldo Soriano hace lobby por la vuelta del Gasómetro a Boedo desde el cielo”.
Te esperamos el próximo 29 de enero para volver a homenajearlo.
