Siempre fue visto de reojo por el mundo académico, ese universo erudito y tantas veces absurdo que en la década del 70 no supo muy bien dónde colocarse –por soberbia y negación– frente a las infinitas y mortales agresiones al Estado de derecho. Osvaldo Soriano fue uno de los escritores más queridos por los argentinos. Y un periodista brillante. Con cada uno de sus trabajos supo llegar a un público muy amplio combinando como pocos un estilo irónico y humano. Una manera única de ver la vida real, esa en la que ser hincha a muerte de un club de fútbol no es antagónico a la literatura.
Sus columnas en Página/12 fueron bandera del compromiso democrático, narrando con un lenguaje preciso y un humor envidiable la muchas veces abrumadora realidad de esta Argentina que se enfoca y desenfoca sin dar respiro. Con sus libros No habrá más penas ni olvido y Cuarteles de invierno, traducidos a numerosos idiomas, logró desde un estilo satírico y lúcido retratar la dictadura militar con una precisión tan irónica y sencilla que le costó el exilio. Ese exilio que le partió el corazón y lo dejó sin aire. Irse contra su voluntad le fue minando la esperanza y mitigó la ausencia con sus amigos, como Julio Cortázar, con el que compartió esperanzas y miles de cigarrillos. Al morir Julio, en 1984, Soriano le dedicó una necrológica que es a la vez un perfil y un manifiesto. “La mezquindad de los argentinos –sobre todo de sus intelectuales– se manifestó desde que Cortázar se convirtió en un autor de éxito en el mundo entero”. Seguramente este epitafio calza perfecto y anticipa su propio final.
Soriano, nacido en Mar del Plata en 1943, había heredado de su padre el amor por los colores azulgrana y sostuvo esa marca identitaria hasta su temprana muerte el 29 de enero de 1997. “Empecé a querer a San Lorenzo sin haberlo visto nunca, como esos pretendientes que solo conocen una fotografía y juran amor eterno. No hubo amor más fiel, más rabioso, más dañino. Dos colores, el azul y el grana, me han acompañado toda la vida.” Una camiseta deshilachada que había vestido Coco Rossi colgaba de las paredes de su cuarto en Francia. “Ser de San Lorenzo es un interminable sobresalto, una carga que se arrastra en la vida con tanto desconcierto y orgullo como la de ser argentino (…) Como un trofeo o un espantapájaros”, sostuvo sin dudar. Y así lo evoca el periodista Juan José Panno en una nota de esta edición de Caras y Caretas.
Y esa sentencia, agrega, se repite desde hace unos cuantos años cada 29 de enero. Un grupo de hinchas de San Lorenzo reúne, como un rito sagrado, a muchos socios en el Cementerio de la Chacarita para recordar a Soriano y ofrendarle flores en su tumba. Flores de color azul y grana, naturalmente. Desde Grupo Octubre y Página/12 homenajeamos a un periodista comprometido, un narrador de la experiencia colectiva que desde las contratapas de nuestro diario pudo sintetizar contradicciones de clase y criticar sin tapujos la injusticia social. Un defensor de los derechos humanos. Un ser entrañable al que agradecemos y admiraremos por siempre.
