Dino Saluzzi es dueño de una obra imponente. En los 60, el bandoneonista nacido en Campo Santo fue un puntal de la escena folklórica argentina. Poco después desembarcó en la Capital Federal y se sumó a la orquesta de Alfredo Gobbi, una de las más elegantes e influyentes de los años dorados del tango. Aquello ya hubiera alcanzado para darle un lugar importante en la historia de nuestra música popular, pero decidió seguir explorando. Se estableció en Europa, consiguió un contrato con el reconocido sello alemán ECM y profundizó su personalísimo mundo musical con muchos más elementos del jazz y la música de cámara. Pasó una vida derribando fronteras, propias y ajenas, por una pulsión que siempre eludió extravagancias huecas. En algún sentido, su recorrido es parecido al de Astor Piazzolla: aunque el universo de Saluzzi es tan singular que, más allá del gran respeto y prestigio que genera, parece menos permeable a la popularidad e incluso al surgimiento de seguidores o continuadores.
A Saluzzi le sobran cartas para respaldar esa aura de gran institución que lo rodea y que muchos no saben exactamente de dónde viene: discos como Bermejo (1980), Kultrum (1983), Once Upon a Time – Far Away in the South (1986, con Charlie Haden), Andina (1989) y Cité de la Musique (1997), entre muchos otros. Su flamante El viejo caminante es una forma de celebrar sus 90 años con una movilizante expresión de reflexión, sabiduría y emoción. En este álbum, Saluzzi cede la centralidad de su bandoneón y la improvisación –que marcaron buena parte de su etapa en Europa– en favor de un trabajo más grupal, en el que también se destacan los aportes como instrumentistas y compositores de los guitarristas José María Saluzzi y Jakob Young.
El resultado es su disco más melódico, reposado y quizás conmovedor en años. Una síntesis elocuente y viva de muchas de las búsquedas y encuentros de Saluzzi a lo largo de décadas. Del sosiego íntimo de “Y amó a su hermano” y “Quiet March” (de Young) hasta el protagonismo del bandoneón en “El viejo caminante” y “Tiempo de ausencias”, el disco se mueve entre contrastes que lo enriquecen. Desde el clímax casi cinematográfico de “Dino is here” (Young) hasta la nostalgia contemplativa de “Northern Sun” (Karin Krog), Saluzzi recorre un camino de introspección y emoción. Tampoco se pueden pasar por alto “Buenos Aires 1950”, que pinta un retrato sonoro del Buenos Aires de antaño, ni “Tango. El padre y el hijo”, concebido como una suite que sintetiza el devenir del género en un ciclo que va del Riachuelo al vértigo piazzolliano.
Incluso la versión de “My One and Only Love” adquiere ahora una introspección más profunda, completando un recorrido musical intenso y meditativo.
Así las cosas, sin selfies con famosos, morisquetas ni autotributos, Saluzzi entrega otro disco de enorme profundidad y belleza. Un trabajo que conmueve y reconcilia con la capacidad de hacer música valiosa y expresar emociones a cualquier edad. Sigue andando como un eterno caminante: sin concesiones, sin artificios, con la música como su verdadera parábola.
