Pelican no es una banda de grandes estadios, monumentales giras, ni millones de reproducciones en las plataformas musicales. Sin embargo, después de más de 20 años de trayectoria, se ganaron el respeto y casi la devoción de una minoría intensa de fanáticos del post-metal y el avant-garde instrumental.
En el flamante Flickering Resonance, el grupo originario de Chicago reafirma su vitalidad creativa y sus fuertes convicciones para seguir su propio camino, más allá de toda moda, tendencia o recomendación de mercado. Con la reincorporación de Laurent Schroeder-Lebec (guitarra), Trevor de Brauw (guitarra), Bryan Herweg (bajo) y Larry Herweg (batería) parecen recobrar su particular química.
Pelican suena tan brumoso y pesado como siempre, pero acaso entre tanta neblina sónica dejan entrar algunos rayos de luz y la travesía –incluso– por momentos puede hasta transmitir optimismo.
El cuarteto propone mucho más que un puñado de composiciones o incluso un disco: ofrece un ritual sonoro para conectar con todo aquel que se anime a asomarse a una dimensión diferente, donde la técnica y las emociones fluyen en una experiencia singular.
Desde los primeros segundos de “Gulch”, la apertura del disco, queda claro que Flickering Resonance no es un álbum tan sombrío ni introspectivo como algunos trabajos previos de la banda: aunque algunos no lo crean, transmite una sensación de elevación y entusiasmo. Cada composición está construida con un cuidado meticuloso: los matices de batería, las rupturas rítmicas, los desarrollos de guitarra y la interacción instrumental se entrelazan con precisión quirúrgica, sin perder la frescura que caracteriza a una banda que disfruta tocando junta.
Esa comunión entre los músicos se percibe en los ocho tracks y no decae jamás.
A medida que avanza el disco, temas como “Evergreen” y “Cascading Crescent” muestran la habilidad del grupo para crear atmósferas densas y envolventes, mientras que “Indelible” destaca por su energía renovada y su enfoque en la melodía. El cierre con “Wandering Mind” ofrece una conclusión contemplativa, dejando al oyente con una sensación de plenitud y ganas de volver a escuchar el disco completo.
Más allá de gustos, fórmulas y marketing, la música que incomoda a los algoritmos todavía respira. Solo hay que ir a buscarla. Y Pelican siempre va a estar esperando.
