Laura fue la primera hija, la querida, la soñada, la esperada. Igual que los tres que vinieron después”, dice Estela en el prólogo de mi libro Laura. Vida y militancia de Laura Carlotto, donde intenté reconstruir la vida de la mayor de los cuatro hijxs que tuvieron con Guido, su marido.
Estela y Guido eran novixs cuando vieron una película que les encantó: Laura, un clásico del cine noir (1944, Otto Preminger). Su tema musical, compuesto por David Raksin, se volvió icónico. “Fue el fondo musical, poético y romántico de nuestra vida”, recuerda Estela. Empezaron a soñar: cuando tuvieran una hija iban a llamarla Laura. La película se basó en una novela de Vera Caspary, la historia del crimen de una mujer bella e independiente. El policial invirtió los roles de género del momento, con una protagonista que se salía de los estereotipos, incluso como víctima.
A partir del terrorismo de Estado, la historia de Laura y de la familia Carlotto empezó a parecerse a una película tenebrosa, pero era real y tenía una dimensión colectiva: el genocidio que perpetró la dictadura.
–¿Cómo era Laurita? Era una hija, una hija es todo, todos los hijos son todo y uno los quiere a todos por igual. Siempre hago una distinción en Laura, sin querer ofender ni herir a mis otros hijos, yo daría la vida por cada uno de ellos. Porque las fotos que le sacaba en las casas de fotografía y mostraba a mis compañeras de escuela, no se las saqué a los que vinieron después. Todo eso con Laura. Muchas cosas con Laura. Ella siempre fue muy coqueta. A los dos años se ponía la ropita que quería.
Laura tenía dos años y medio cuando llegó Claudia.
–Recuerdo a dos hermanas muy cerca. Compitiendo. Ahora llego a la conclusión de que le tenía celos. Nos peleábamos mucho. Laura era la niña perfecta. Cosía, tejía; muy prolija, bien vestida. Yo era más rebelde, fatal, normal. Incluso físicamente éramos la antítesis: ella era un palo y yo más gordita –me contó Claudia en su despacho en la Conadi (Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad), donde trabajó desde 1992 hasta ser desplazada por el gobierno de Milei.
El más compinche de Laura era Kivo, cuatro años menor.
–Éramos cómplices. Entre mis dos hermanas, tan seguidas, la relación era otra. Y con Remo, el más chico, Laura se llevaba ocho años, había más distancia. Conmigo tenía muy buena conexión. Me ayudaba con el estudio y los quilombos con los viejos. Vivíamos riéndonos y tentándonos, poniéndole sobrenombres a todos. En una de las últimas cartas, me decía: “Si conocieras a mi compañero, ya estarías pensándole un apodo, te cagarías de risa” –me contó Kivo.
AMOR EN TIEMPOS DE MILITANCIA
El compañero era Walmir Oscar “Puño” Montoya, pero la familia recién supo su nombre en agosto de 2014, cuando se probó que Ignacio, el que se había acercado a Abuelas de Plaza de Mayo, el hijo parido en cautiverio y robado horas después, era el nieto de Estela.
Centrada, responsable, emprendedora, rebelde. Así la veía Kivo. “Pienso mucho en ella y en sus compañeros. A veces me pregunto, ¿cómo hubiera encarado tal tema Laura?”
Remo creció atento a lo que hacían sus hermanas: qué música escuchaban, qué colgaban en la pared de la habitación que compartían mientras se convertían en militantes estudiantiles: la tapa de un disco de Viglietti, un dibujo de Carpani, el póster del Che Guevara que Estela les hizo quitar (“¡Saquen eso de la pared!”) porque estaba muerto.
–Laura tenía una mirada tan potente que te ojeaba y una personalidad fuerte, más bien estricta, un poco tozuda. Por la diferencia de edad, la relación más profunda con ella empezó después, cuando la época se puso dura. Se arreglaba mucho. Siempre fue ordenada. Tenía los aditamentos de la niña ideal, de lo políticamente correcto. Esto fue así antes de la militancia y forjó una forma de relacionarse con mi madre –me contó Remo.
–Laura siempre fue bastante más seria para su edad, una chiquita de mucha personalidad, llena de convicciones. Me quedó la sensación de que vivió apurada –dirá Estela–. Empapándose de su tiempo, atenta a aprender de cada momento, de cada lectura, de todo lo que la ayudara a pensar, hacer y participar.
Estudiaba Historia en la Facultad de Humanidades de la UNLP cuando empezó a militar en la JUP. Se casó a los 18 y solo por civil, sin protocolos, no quiso ni una torta de boda. A los 21 había perdido dos embarazos, estaba separada y sus amigxs eran asesinadxs o desaparecidxs en las calles de La Plata. Su papá Guido pasó 25 días secuestrado y lo liberaron. Ni sus padres ni sus amigas lograron convencerla de que era mejor irse. “Yo quiero vivir. Que todos podamos vivir bien. Justicia social”, repetía.
Sus amigas la recuerdan bella, habilidosa, lectora, conectada con la música, obstinada, convencida, resuelta y leal en los peores momentos. De avanzada para su época en su relación con los varones. En los últimos meses, demacrada y aún más aferrada a sus convicciones.
Militaba en Montoneros en prensa y estaba embarazada de unas semanas cuando la secuestraron junto a Puño, luego asesinado. Cumplió 23 en La Cacha, el centro clandestino en las afueras de La Plata donde compartió cautiverio con otras embarazadas. Los testimonios de las sobrevivientes fueron cruciales para saber que había parido un bebé engrillada y encapuchada, lo había llamado Guido como su papá. Ellas cuentan a Laura dividiendo una naranja en gajos para todas, fuerte pero muy abatida desde que le quitaron al bebé. A una de ellas, Alcira Ríos, cuando Laura presintió que estaban por matarla, le dijo:
–Si nos hacen boleta lo lamento por ellos, porque mi vieja mientras viva no se los va a perdonar.
Lo dice Remo: “Laura la parió a mi vieja. Tal vez esa frase resonando en su mente, hizo que ella fuera quien es. Esto. Formas en que se transmiten los mensajes”. Formas del dolor y del amor; legados, formas en que Laura y sus compañeras y compañeros siguen vivxs entre nosotrxs, para siempre.
