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Caras y Caretas

           

“La ciencia aplicada con los derechos humanos tiene que ver con mi historia”

La licenciada y doctora en Ciencias Biológicas Mariana Herrera Piñero transformó el Banco Nacional de Datos Genéticos en un organismo abierto y accesible. Su gestión apunta a que sea una herramienta para la restitución de identidades y la memoria histórica.

La primera vez que Mariana Herrera Piñero se encontró con Estela Carlotto, su vida cambió. No solo porque esa reunión fue el punto de partida de un largo camino de trabajo compartido por el derecho a la identidad, sino también porque marcó un quiebre en la historia personal de la doctora en Ciencias Biológicas por la UBA y especialista en genética forense y molecular, actual directora del Banco Nacional de Datos Genéticos (BNDG).

“Sos muy parecida a una persona que conocí”, le dijo la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo apenas la vio. Se refería a su amiga y compañera de militancia Mathilde Herrera, tía de Mariana, con quien casi no había tenido vínculo por su exilio. Así, en esa primera reunión, y como si el destino hubiera jugado una broma, Mariana Herrera Piñero supo que tenía primos desaparecidos y que había bebés buscados en su familia. “Fue muy fuerte. A partir de ahí, fue darme cuenta que había una parte de mi historia familiar que me había sido ocultada. El compromiso surgió naturalmente”.

–¿Desde entonces cómo fue el recorrido con Abuelas?

–Trabajé 20 años como consultora. Cuando se realizaban pericias genéticas, iba como perito de parte. Tuve que declarar en algunos juicios de lesa humanidad. Trabajé gratuitamente durante ese tiempo, y luego surgió la posibilidad de concursar el cargo de directora del Banco. Hasta ese momento, la ley decía que quien lo dirigiera debía ser jefe de Inmunología del Hospital Durand. En 2009, al pasar bajo la órbita de Ciencia y Tecnología, se planteó que se debía concursar. Nunca imaginé que lo iba a ganar.

–¿Cómo había comenzado tu trabajo con la genética?

–La ciencia aplicada a los derechos humanos tiene que ver con mi historia. Soy licenciada en Ciencias Biológicas y me doctoré en genética. Fui de las primeras camadas interesadas en genética molecular, que recién aparecía. Me licencié en 1986, y la genética molecular estaba en pañales. Me interesaba mucho la inmunogenética, que estudia la histocompatibilidad. Los primeros estudios del índice de abuelidad tenían que ver con eso. Cuando terminé mi tesis doctoral, la ciencia atravesaba un momento muy complejo, similar al actual. Me parecía que debía hacer otra cosa y, junto con una compañera de facultad, armé el primer laboratorio de diagnóstico molecular de enfermedades genéticas en Argentina. Lo primero que trajimos fueron técnicas para estudios de paternidad y filiaciones para procesos judiciales. A raíz de eso, un día me llamó una abogada de Abuelas que buscaba a alguien que pudiera ayudarlos como consultor genético. El BNDG ya existía, pero necesitaban un especialista en genética. Fue la primera vez que conocí a Estela.

–¿Cómo fue ese primer encuentro?

–Fue una sorpresa. Yo venía del ámbito científico y para ella fue un shock. Estela me dijo: “Cuando te vi entrar vi la cara de Mathilde”, mi tía. Yo sabía de la militancia política de mis primos, pero no que estaban desaparecidos. Ella se había exiliado y yo no había tenido más contacto. Fue muy fuerte.

–¿Cómo es hoy el vínculo con Abuelas y con Estela?

–La práctica de la búsqueda de identificación no funciona si los organismos no tienen vínculo estrecho con los familiares que son víctimas. Tenemos reuniones cada dos meses con distintos organismos que articulan en la búsqueda: Abuelas, Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi) y fiscalía especializada en delitos de apropiación. Nos sentamos a analizar cuál fue el destino de cada embarazada y qué datos tiene cada institución. Esos datos son insumos para las identificaciones. La impronta de Abuelas es de puertas abiertas. Quien entra a su casa queda en contacto de por vida. Siempre hubo un vínculo de mucho cariño y confianza.

–Después de una década al frente del Banco, ¿qué cambió?

–Cuando asumí la dirección en 2015, era un laboratorio muy pequeño dentro del servicio del Durand. Hoy cuenta con cuatro pisos en el ex Ministerio de Ciencia y Tecnología. Antes, el cargo de director era muy técnico: dirigir pericias y hacer informes. Siempre sentí que mi gestión debía tener otra impronta. Comprendí que el BNDG era una herramienta para la sociedad y que no podía quedarse solo en realizar pericias. Había que poner el Banco de cara a Latinoamérica, donde existen grandes necesidades de conocimiento y capacidades tecnológicas para la búsqueda de personas desaparecidas. Una de las primeras cosas que me importó fue acercar el Banco a la sociedad. Y siempre sentí que Estela confiaba en mis decisiones.

–¿Hoy hay más elementos para encarar procesos de restitución de identidades?

–La pregunta inicial de Abuelas era si su sangre servía para identificar a los nietos. Luego preguntaron si podían identificar a los bisnietos. Hoy podemos identificar a un nieto a través de sus hijos. Hasta ahora no hubo casos, pero ya están llegando bisnietos al Banco. También se abrió a madres con bebés robados durante la dictadura. Para que alcance a personas de otros períodos, habría que modificar la ley.

–¿Peligra la situación del Banco bajo el gobierno de Javier Milei?

–El Banco ha pasado por todos los gobiernos. Es transversal y sigue cumpliendo su función. Estamos en una situación delicada, como ocurre con todos los organismos descentralizados. Al dejar el presupuesto congelado en 2023, surgen situaciones que podrían afectarlo. Hasta ahora ha continuado su trabajo. El decreto anterior, que modificaba la estructura del organismo, fue derogado. El Banco sigue siendo perito oficial en causas de lesa humanidad. Mantener su autarquía es fundamental para preservar la confidencialidad de los procesos, especialmente como insumo o prueba en causas de lesa.

–¿Cómo impactó este camino en tu historia personal y en la reconstrucción de tu historia familiar?

–Aprendí mucho. Mi familia está representada acá. Se buscan dos bebés nacidos en cautiverio. Mis primos tenían medio hermanos por parte del padre, rama Beláustegui, y me puse en contacto con ellos. Pensaba que nunca les habría interesado esta historia, pero sucedió todo lo contrario. Fue recuperar una parte de mi historia y de mi identidad. La vida te lleva a ciertos lugares. Algunas veces abro esas puertas y quiero saber; otras, no. Por eso entiendo que familias que hasta ahora no estaban representadas, sigan viniendo al Banco. Abrir esas puertas genera muchas preguntas y no es fácil después de 50 años.

Escrito por
Luciana Rosende
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