A Celeste Madueña, Ignacio la había conocido en un bar de Olavarría. Ella era diseñadora textil, recibida en la UBA, y junto a una socia tenía una boutique, Quiero Mi Vestido, dedicada a trajes de quince años y vestidos de novia estilo vintage, algo muy popular en Olavarría. Al volver al departamento donde estaba parando, frente a Celeste, su nuevo amor, Ignacio recién pudo descargar lo que sentía: “Me parece que soy adoptado, tengo dudas”.
El relato de Francisco (Madariaga) lo había conmovido por partida doble. Las historias de la dictadura y las desapariciones le llegaban al corazón. Ya le había pasado cuando había ido a ver la muestra “Ausencias”, de Gustavo Germano, donde se exponían retratos de los 70 y otras fotos tomadas tres décadas más tarde, en el mismo lugar y situación, con los mismos protagonistas, salvo aquellos que habían sido devorados por la represión ilegal.
La sensación que le produjo la obra de Germano lo llevó a componer el tema “Para la memoria”, en el que dejó asentado un verso que ya entonces desafiaba al futuro: “Si lapidando al poeta se cree matar la memoria, qué más le queda a esta tierra que va perdiendo su historia” (…)
Ahora, con Francisco Madariaga, además de sentirse emocionalmente involucrado, percibía que estaba atravesado por una duda inesperada, la mayor de todas: ¿quién era realmente? No, no podía ser apropiado, se convencía. Y se abrazaba a su piano, el de siempre, que para esas fechas reparó a nuevo. Pero su pareja, Celeste, no tenía sus prevenciones. Además del diseño textil, trabajaba en el Suteba, el sindicato docente bonaerense, y era una militante de derechos humanos enérgica y aguerrida, que no se andaba con demasiadas vueltas para nada. Desde que conoció a Ignacio, sospechó que no era hijo de los Hurban, no los veía parecidos. No sabía explicar el porqué de su intriga, simplemente intuía que detrás de la duda que iba atrapando al profesor de piano que la tenía encandilada, nidaba la tragedia de una familia argentina (…)
Los tiempos de la verdad se aceleraban.
Pancho Aguilar, el patrón de los Hurban, murió a los 74 años, el 23 de marzo de 2014, veinticuatro horas antes del Día de la Memoria. Junto al sentido obituario que le dedicó El Popular –“Profundo dolor causó ayer en amplios círculos de la comunidad local la noticia del fallecimiento del señor Carlos Francisco Aguilar (Pancho), un reconocido y apreciado vecino olavarriense”–, apareció otro texto, titulado “No se lo digan a nadie”, en realidad, un autorretrato de Ignacio, producido por su amigo Del Zotto y que fingía estar escrito por su perra Chicha (…) Era el retrato de una vida sencilla y serena. Ignacio no sospechaba todavía que estos serían sus últimos días apacibles.
Con la muerte de Aguilar, el mundo bajo sus pies comenzó a moverse. La noticia lo angustió. Esa noche fue al velatorio, en la casa Carmelo Blando e hijos, casi obligado. Los Hurban se habían excusado porque un hermano de Juana también había fallecido en la misma fecha. Había todo tipo de gente. Se sentía observado. Había una atmósfera extraña. Cuando se acercaba a un grupo, cambiaban de tema de conversación. Enseguida identificó a Alem, el exintendente que echó a sus amigos de la Escuela de Música por hacer huelga. Estaba rememorando esas jornadas cuando el veterinario de Los Aguilares lo sorprendió tocándole el brazo: “¿Cómo están tus viejos?”, fue la pregunta que siguió al saludo. “Bien, bien”, le respondió Ignacio. Y ahí, el veterinario soltó una frase que lo conmocionó: “Cuando vos apareciste en el campo, ellos se pusieron muy contentos. Les cambiaste la vida cuando apareciste”.
No había dicho “naciste”, sino “apareciste”.
CUANDO APARECE LA VERDAD
Durante dos meses pensó en la rareza de aquel comentario. Nacer es una cosa, aparecer es otra. Ignacio iba y venía sobre lo mismo. Las dudas retornaron como un ruido que iba aumentando en volumen. Así fue hasta el 2 de junio, el día de su cumpleaños. Esa noche, la que llegó hecha una tromba fue Celeste.
–Hay algo que te tengo que decir, es muy difícil.
Vaya si era difícil lo que tenía que contarle su novia.
En un minuto, la vida de una persona puede cambiar para siempre. Alguien puede dejar de ser quien es y pasar a ser otro, pero idéntico al que era hasta ese momento. Él respondió consternado:
–¿Qué cosa? ¿Tenés algún problema de salud?
–Celia Lizaso, la hija del Bocha, me agarró en el Suteba y me preguntó si vos sabías que eras adoptado. ¿Entendés? Que tu papá no era tu papá… Que Aguilar te llevó al campo cuando eras un recién nacido.
Al principio, Ignacio respiró aliviado. Pensaba que Celeste estaba enferma. Lo de su identidad era una noticia secundaria. Duró un instante, después se amontonaron en su cabeza todas las escenas de su vida que no encajaban. Y se desencajó: “¿Seré hijo extramatrimonial de Aguilar? Me quiero matar…”.
A la mañana siguiente se reunió con Celia.
Ella le confesó que su papá le había dicho que él, Ignacio, era hijo de “subversivos” y que los militares lo habían entregado a Aguilar. De ese modo, había llegado al campo y a los Hurban, que no podían tener hijos propios.
Esa noche se decidió a escribir al correo electrónico de Abuelas.
Se sentó frente a la computadora y tecleó de corrido. “No sé cómo escribir este mail porque nunca pensé en escribirlo, pero tengo dudas sobre mi identidad y quiero saber qué hay que hacer” (…)
Pronto hubo un nuevo llamado. Ignacio estaba estudiando en su casa. A la noche daba clases en el Conservatorio. El prefijo era de Capital Federal. El corazón le empezó a bombear con fuerza. Miró el teléfono, extendió el brazo y lo llevó lentamente al oído. Era una mujer:
–Hola, qué tal, soy Claudia Carlotto, titular de Conadi…
Ignacio pensó que había llegado el momento. Seguro era positivo. Se encontraría con la noticia de que era hijo de desaparecidos. Escuchó esa y otra, aún más grande e impactante.
–Pero, además, yo no te lo tenía que decir, aunque como ya se filtró a la prensa, no me queda otra: sos el nieto de Estela y yo soy tu tía.
Y la tía Claudia se largó a llorar a los oídos de su sobrino, después de 36 años de búsqueda (…)
El profesor de piano cortó la comunicación y se puso a caminar como loco por la casa. No sabía qué hacer. Llamó a Celeste:
–Hola, amor, tengo una noticia para darte. Me llamaron de Conadi…
–Y, ¿qué te dijeron?
–Dio positivo el análisis.
–Y además soy el nieto de Estela de Carlotto. Viste, si la ponemos, la ponemos en el ángulo.
