Este 17 de agosto se cumplen 73 vueltas al sol del otro “toro de las Pampas” (con el perdón de Luis Ángel Firpo), apodo de las revistas Sports Illustrated y Los Angeles Times, que lo describen como un distinto que supo torcer el rumbo del tenis local e internacional. Inventor de la Gran Willy, Guillermo Vilas supo ser multifacético: playboy, artista, poeta, intelectual, genio, visionario y/o simplemente un prócer del deporte argentino cuyas historias de vida y proezas merecen ser recordadas en su poco ortodoxo camino a la grandeza de 1977.
En nuestro país, al inicio de la carrera del gran Guillermo, el tenis era uno más entre los deportes de nicho que distaba mucho de eclipsar al intocable fútbol, indiscutido dueño de los corazones y pasiones populares. Para este viaje nos retrotraemos al glorioso 1974: su momento de irrupción por la puerta grande. Aquella temporada, en un contexto en el que el tenis todavía mantenía el vetusto statu quo de la high high, Guillermo Vilas entró pidiendo permiso al Torneo de Maestros como el novato y octavo pasajero en un grupo que lo miraba de reojo. Silbando bajito, en una superficie hostil y lejana para nuestro ADN como lo es, fue y será el pasto, Willy se alzó con su primera copa importante en el césped de Australia para recibirse de Maestro del tenis… interrumpiendo un reinado del ilustre rumano Ilie Nastase, nada menos que el primer Número 1 oficial del ranking ATP en 1973, y por entonces intocable campeón del Masters 1972 y 1973, y luego 1975 y 1976. Ese 1974 fue su gran carta de presentación al planeta tenis clamando una voz que profesaba el “Oíd mortales” a flor de piel. En la Argentina, apenas algunos murmullos se escuchaban con su nombre.
Dada la lejanía de un deporte tan globalista y con las telecomunicaciones en pañales, lo de este marplatense de por entonces 22 años fue una disrupción en un deporte que lucía el mote de ser jugado por los gentlemen impolutos de la época. Ese muchacho con esos raros peinados nuevos llegó para patear el tablero y ponerle color al deporte blanco, acercando el tenis al clamor popular con su magnetismo y personalidad. Pero para cumplir su meta, primero debía conquistar el mundo y a su conservador establishment. En el 75, se consolidó al alcanzar su primera final Major en Roland Garros y las semifinales del US Open, torneos que lo afianzaron como el Número 2 del mundo según los cuestionables rankings de promedios que imponía una ATP que apenas gateaba y a la que algunos reclaman la omisión por ciertos “descuidos” de un verdadero ascenso a la cima durante siete semanas.
EL AÑO BISAGRA
Junto a su arquitecto rumano Ion Tiriac, contratado en 1976, Guillermo diseñó un metódico plan ejecutado con obsesiva precisión para el 77, que lo catapultó a la gloria. Vilas ya era rey sin corona; ahora necesitaba un reino. Con infranqueable voluntad, esa excepcional temporada impuso un reinado sin precedentes: jugó 31 torneos y ganó 16, cosechando 136 victorias con apenas catorce derrotas, en lo que al día de hoy sigue siendo récord absoluto de partidos ganados en un año. En el Abierto de Australia, comenzó arribando a su segunda final Grande, esta vez sin suerte. Pero tal y como documentó en su bitácora que oficiaba de diario íntimo, sentía que algo estaba cambiando en su interior. Para Roland Garros, todo se alineó gracias a su alimentación. El secreto de su primer Grand Slam se lo atribuyó a una dieta basada en manzanas verdes y pescado, para bajar de peso y mejorar su velocidad, similar al peso de Carlos Monzón. Desde allí, no conoció más la derrota y en el US Open devoró la Gran Manzana al derrotar al tenista que usurpaba el Puesto 1 en el ranking de promedios, Jimmy Connors, en cuatro sets. Como dato anecdótico, el torneo en Nueva York concluyó su experimento de tres ediciones sobre canchas lentas ese día, y decidió mudarse de la tradicional sede de Forest Hills al cemento de Flushing Meadows, donde al día de hoy oficia de hogar por lo que, en palabras del Coco Basile, Guillermo Vilas literalmente “cerró el estadio”. Otra rareza: en la Argentina, se vivió en ese US Open 1977 la accidentada primera transmisión en vivo de un partido de tenis en el país de manera irrisoria. Transcurridos los tres primeros sets del encuentro, el satélite contratado por Canal 9 debió interrumpir su transmisión tras agotársele el tiempo destinado en programación. Increíble pero cierto. El final del partido tuvo que verse en diferido haciendo 42 puntos de rating y enseñando una valiosa lección: el tenis no entiende de tiempos, el tenis entiende de resultados. Y Vilas era sinónimo de resultados.
Habiendo ya ganado su lugar en la mesa chica, en el Tour comenzaban a respetar el peso de la voz de Vilas, no dejando pasar más “descuidos” en su contra. Para fines de septiembre, llegó la primera muestra de lealtad cuando Ilie Nastase interrumpió la racha de 43 triunfos consecutivos sobre canchas lentas en la final de Aix-en-Provence por portar la controversial raqueta de doble encordado, la “raqueta spaghetti”, que comenzaba a cobrar popularidad desde hacía apenas un mes al comienzo de ese glorioso US Open. Esa raqueta hacía impredecible el pique de las bolas e hizo que Guillermo abandonara el partido decisivo, sentenciando su estéril final el 26 de septiembre. La Federación Internacional de Tenis resolvió, el 3 de octubre, “prohibir provisoriamente la utilización de la raqueta de doble encordado”, desterrando su uso para siempre. Ese episodio no frenó el andar del gran Vilas, que hilvanó otra racha de 21 triunfos consecutivos en polvo en esa temporada. A su vez, el impacto de su 1977 lo señaló ante el mundo como el indiscutido más ganador del Tour, que no culminó oficialmente como Número 1 por centésimas diferencias en los promedios, lo que llevó a la postre a rever y replantear un necesario cambio en el sistema de puntuación en beneficio de futuros campeones.
Quien gana reescribe la historia y Guillermo Vilas en la Argentina generó toda una revolución, acercando el tenis a un pueblo siempre ávido de leyendas, que veía en él a un joven rebelde que desafiaba los límites. Willy dedicó buena parte de su vida a popularizar este deporte y dejó un legado imborrable. Porque en cada oportunidad que tenía de jugar en casa se hacía presente y así fue el primer hombre-Davis albiceleste. Además, gracias a él las entradas a los torneos en el país no son potestad de los clubes, en una pulseada ganada a la tradicionalista AAT de ese entonces. ¡Honor y gloria al gran Guillermo Vilas, prócer del deporte argentino!
