Montevideo, 1830. El gobierno inglés –había dicho lord John Ponsonby– no consentirá jamás que solo dos Estados, Brasil y Argentina, sean dueños exclusivos de las costas orientales de América del Sur. Por influjo de Londres, y a su amparo, Uruguay se hace país independiente. La más rebelde provincia del Río de la Plata, que ha expulsado a los brasileños de su suelo, se desgarra del viejo tronco y cobra vida propia. El puerto de Buenos Aires se libera, por fin, de la pesadilla de esta arisca pradera donde Artigas se alzó. Esto cuenta el gran Eduardo Galeano, en sí mismo un puente entre Uruguay y Argentina, en el segundo volumen de su libro Memoria del fuego, cuyo título es Las caras y las máscaras.
Luego de ser llamada Banda Oriental de las Provincias Unidas del Río de la Plata –la actual Argentina–, la nueva Constitución uruguaya fue jurada el 18 de julio de aquel 1830 en Montevideo. La declaración de independencia había ocurrido cinco años antes, cuando la “Provincia Cisplatina”, como la rebautizó el Imperio de Brasil al anexarla en 1821, rompió esas cadenas con las autoridades asentadas en Río de Janeiro. Entre 1825 y 1828, hasta que intervino Gran Bretaña para “mediar” con el invalorable apoyo de Manuel García (un Toto Caputo, un Sturzenegger de entonces), Argentina y Brasil estuvieron en guerra principalmente por la cuestión uruguaya, clave en los circuitos comerciales, portuarios y fluviales.
CERCANÍAS Y CORTOCIRCUITOS
Todo ese proceso cristalizó el divorcio definitivo entre las dos orillas del río color de león. A sus márgenes, ambos países compartían antes y entonces –y siguieron compartiendo– una historia, lengua y cultura comunes que había arrancado con el poblamiento originario y se integró con la institucionalidad hispana en el Virreinato del Río de la Plata, hasta la bifurcación mencionada.
Uruguayos y argentinos, más específicamente sus pueblos rioplatenses, tienen obvios entrelazamientos en música, comidas, literatura y tradiciones de todo tipo, desde el mate hasta el candombe, y hasta se disputan el fútbol y a Gardel. Se estima que más de 100 mil uruguayos viven en Argentina, y unos 30 mil argentinos, en Uruguay. Hay, desde luego, miles de familias e historias entrecruzadas. También en lo económico –que incluye lo comercial y el polémico capítulo financiero–, dada la opacidad del sistema uruguayo para facilitar la evasión y la fuga de divisas del lado argentino durante décadas.
Sin embargo, la relación política tuvo más cortocircuitos a lo largo de los dos siglos, algo frecuente en otras partes del mundo cuando hay semejante vecindad entre un país pequeño y otro grande (y en el caso de Uruguay, además, otro aún más grande como Brasil).
En el capítulo económico-comercial, ambas naciones buscaron integrarse por diversas vías institucionales, lo cual siguió al natural relacionamiento entre pueblos. Así, la ALALC, la ALADI y más recientemente el Mercosur junto a Brasil y Paraguay. También aquí hubo fricciones recientes por la diferente visión, y tramado productivo, que cada país sostiene respecto de acuerdos con Estados extra zona, como Estados Unidos o China. Uruguay tiene en Argentina a uno de sus principales socios comerciales, en tanto empresas y personas argentinas han invertido históricamente en suelo charrúa.
En lo político, los vaivenes institucionales a ambas riberas del “charco” supusieron no pocos conflictos: el amparo a los exiliados antirosistas del siglo XIX (o macristas de nuestro tiempo, como el hasta hace poco prófugo Pepín Rodríguez), la protección y logística uruguaya a los golpistas de 1955 –cuando aterrizaban en Uruguay los aviones de la Fuerza Aérea y la Aviación Naval argentinas que habían bombardeado Plaza de Mayo y masacrado a cientos de personas–, roces por posturas en torno a la cuestión Malvinas, la disputa entre el puerto de Montevideo y los intentos argentinos de canal propio para su comercio exterior (como el nunca acabado canal Magdalena), o el conflicto por las pasteras europeas –la española ENCE y la finlandesa Botnia–, cuya instalación en territorio uruguayo Argentina interpretó como violatoria del Estatuto del Río Uruguay.
SIN DIÁLOGO
En vez de armar un diálogo amistoso –que como metáfora podría pensarse entre Zitarrosa y Cafrune, Jaime Roos y Alejandro del Prado, o Messi y el Conejo Suárez–, los dos países hermanos debieron dirimir el conflicto en la lejana Corte Internacional de Justicia de La Haya, con jueces de toga que hablaban un idioma ajeno. La tensión llegó entonces, entre 2005 y 2010, a un pico máximo que luego fue mermando. En 2010 llegó la sentencia definitiva, a favor de Uruguay. Detrás quedaron las imágenes del pueblo de Gualeguaychú luchando con sus cortes de ruta sobre el puente que lo une a Uruguay para defender su entorno ambiental.
Algunos estudiosos o testigos directos de los lazos bilaterales suelen decir que una mayoría de uruguayos no quiere a los argentinos, en particular a los peronistas (hay quien llegó al insulto más miserable a toda la sociedad argentina, como el presidente Jorge Batlle en 2002) mientras que una mayoría de argentinos, al contrario, los querría. Es un cálculo improbable.
En las últimas dos décadas y pese al conflicto por las fábricas de celulosa, la coincidencia de gobiernos del Frente Amplio y del kirchnerismo posibilitó, en el plano institucional o de los cuadros dirigentes políticos, más afinidad. Pero aun así, los recelos siempre continuaron. Lo cierto es que el expresidente a quien homenajea esta edición, Pepe Mujica, aun habiendo expresado un par de exabruptos antológicos, fue quizás el uruguayo que mejor consideró, valoró y quiso la hermandad rioplatense y eso que algunos llaman argentinidad.
