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Caras y Caretas

           

Una clara política de Estado

Ilustración: Ricardo Ajler

Inspirado por el fervor democrático, el gobierno radical impulsó planes participativos y federales. Proponían reivindicar las identidades regionales, la ciencia y los vínculos sociales.

En 1985 la entonces Secretaría de Cultura de la Nación crea el Mercado de Artesanías Tradicionales Argentinas (Resolución N° 558/85), que fomentaba la intervención del Estado en el estímulo de la producción artesanal, la difusión, venta y exportación de artesanías tradicionales argentinas. Otras reparticiones estatales adhirieron al espíritu de revalorización de la producción artesanal, como el Municipio de la Ciudad de Mendoza, que contó con el apoyo de las direcciones de Cultura de las provincias de San Luis y de San Juan, junto a la División de Promoción Artesanal del Ministerio de Bienestar Social de la provincia de Mendoza, para la realización del Certamen de Artesanía Cuyana y Diseño Artesanal celebrado en abril de 1986. La creación del Mercado de Artesanías Tradicionales Argentinas se da en el marco de la popularmente denominada “primavera alfonsinista”.

Pocas veces en la historia argentina se asistió a un diseño de políticas culturales tan elogioso. El gobierno de Raúl Alfonsín demostró un ferviente compromiso con la transición democrática que implicó su presidencia, y eligió el terreno cultural para trabajar este proceso. Muchas de las líneas más representativas de su política cultural fueron anticipadas en el Plan Nacional de Cultura 1984-1989, publicado en noviembre de 1984 por la Secretaría de Cultura de la Nación. Una de las primeras líneas apela a la valoración de las diferentes identidades regionales de la Nación. Esta fue ratificada por el Consejo Federal de Cultura y Educación, reunido en Mar del Plata en marzo de 1984 a propósito del Encuentro Federal de Cultura. Allí las 21 provincias de nuestro país, exceptuando a Neuquén y Tierra del Fuego, y sumadas a la ciudad de Buenos Aires, firmaron su adhesión al documento que describe las bases de una “política auténticamente nacional de la cultura”.

Aquel Consejo Federal de Cultura y Educación adhiere al Plan Nacional elaborado por la Secretaría de Cultura, entonces a cargo de Carlos Gorostiza, y comienza declarando la necesidad de “replantear todo el quehacer cultural, orientándolo hacia el sostenimiento de la democracia y la defensa de nuestra soberanía”.

Sin perder de vista la importancia del Plan Nacional de Cultura 1984-1989, que evidencia el apoyo generalizado de las provincias, fue el Programa Nacional de Democratización de la Cultura (PRONDEC) el que diagramó las políticas culturales alfonsinistas. El documento publicado por el Ministerio de Educación y Justicia en mayo de 1986 describe los fundamentos y objetivos del programa, así como su estructura de funcionamiento, tiempos y etapas de ejecución de manera muy detallada.

DEMOCRATIZACIÓN DE LA CULTURA

El PRONDEC se crea mediante el Decreto 88/1987, y aunque desde sus inicios se entendió que llegaría a completarse al cumplirse diez años, la primera etapa comenzó a ejecutarse en abril de 1986. Algo que se destaca en todos los documentos del Programa Nacional de Democratización de la Cultura es el diagnóstico previo al diseño del mismo, basado en estudios de las ciencias sociales. Es un punto a resaltar, entre otros que mencionaremos, la importancia que se asigna en todo momento al conocimiento científico. En los objetivos del PRONDEC se alude a la necesidad de “aumentar el interés por el conocimiento”; como así también de recoger los resultados de las investigaciones realizadas por universidades, centros y fundaciones, podríamos deducir que todo ello en vistas de “aportar al enriquecimiento y utilidad social de la investigación existente”.

De los desarrollos que las ciencias sociales proponían en aquellos años, se recupera el hecho fundamental de que la transición democrática debe preocuparse por desentrañar el significado y los alcances del autoritarismo, que implican a la sociedad argentina en su conjunto. También basándose en los desarrollos científico-sociales es que el alfonsinismo comprende que la institucionalización y legitimación de los sistemas culturales resultan vitales para la construcción de una realidad democrática perdurable, basada en las prácticas de los individuos y los grupos.

En el mismo documento se explicita el “papel del Estado: garantiza el funcionamiento de las reglas de juego democrático; canaliza y promueve la participación”. Asimismo, se reconoce entre sus objetivos específicos la necesidad de incorporar “el conjunto más amplio de actores sociales pertinentes y generar espacios adecuados para su participación democrática con miras a que colectivamente, se diagnostiquen las manifestaciones autoritarias y se propongan alternativas de superación” (PRONDEC, Secretaría de Cultura, 1986).

EN LOS BARRIOS

Para demostrar el impacto que tuvieron las políticas que mencionamos, cabe referirse brevemente a algunas iniciativas destacadas que surgieron al fragor de estos años, para comprender su trascendencia más allá de las esferas oficiales que lo propusieron. Tal vez la más renombrada sea el “Programa cultural en barrios” (1984), impulsado por la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Buenos Aires a cargo de Virginia Haurie, y luego Mario Pacho O’Donnell. Este programa, con 37 centros culturales ubicados en diferentes barrios de Buenos Aires, tuvo como objetivo incorporar el concepto de cultura como valor a la calidad de vida, así como fomentar y promover la producción cultural de los creadores barriales. Incluyó actividades de iniciación, formación y producción artística y cultural en distintas disciplinas que se realizaban en los centros culturales distribuidos en los barrios porteños.

Siguiendo el interés por la divulgación científica y cultural se crearon la revista Ciencia hoy (1988) y Fundación Antorchas (1985), que aunque no tuvieron un vínculo directo con el Estado, su aparición se entronca al espíritu que abonaron las políticas que describimos. En 1985 se realizó en Buenos Aires el Primer Encuentro Internacional de Cultura Democrática, que reunió a personalidades nacionales y extranjeras, del teatro, el cine, la literatura y la plástica; se homenajeó a Astor Piazzolla, a la vez que escritores prohibidos durante la dictadura como Eduardo Galeano o Mario Vargas Llosa fueron especialmente acogidos. Al año siguiente, en 1986, se celebra la XIV Conferencia General de Museos de UNESCO-ICOM, ya prevista en el Plan Nacional de Cultura 1984-1989, pero que por primera vez tuvo sede en un país sudamericano.

Todo lo expuesto conduce a comprender los motivos por los cuales las políticas culturales del período han sido abordadas como propias de los paradigmas de democratización cultural, en tanto se proponen el “acceso igualitario de todos los individuos y grupos al disfrute de los bienes culturales”; y de democracia participativa, en tanto persiguen el “desarrollo plural de las culturas de todos los grupos en relación con sus propias necesidades”, esbozados por Néstor García Canclini (1987).

Escrito por
Paula Pino
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