La “grieta” no la descubrió Jorge Lanata, como tantos recordaron a propósito de su fallecimiento, sino que lo hizo mucho antes un personaje histórico de bastante mayor dimensión e influencia en los destinos de la República Argentina. Domingo Faustino Sarmiento, el “padre del aula”, responsable de numerosas políticas de avanzada en la república impuestas bajo su presidencia y también como referente cultural y político, en la función pública y fuera de ella, fue también el principal vocero de una dicotomía que impregnó las capas sociales de generaciones desde entonces. La antinomia civilización-barbarie, expuesta en su obra cumbre, Facundo (1845), da comienzo a una marca idiosincrática indeleble que arroja en una cancha virtual a un nosotros y a un ellos muy claro, de la que no podemos (ni, tal parece, podremos) despojarnos. Una tradición que el propio autor calificará como “elementos contrarios, invencibles, que se chocan”.
Con el argumento de retratar al gran caudillo de Los Llanos, cuya “sombra terrible” evocará en el consabido comienzo, Sarmiento desparrama su diatriba contra Rosas, el monstruo salvaje, el tirano absolutista déspota y enemigo de las libertades cultas que vendrían con la soñada inmigración que traería ciencia e industria a una república que había “llamado preferentemente la atención de las naciones europeas”.
La civilización se hace carne en el ciudadano occidental europeo, cosmopolita y liberal del expansionista siglo 19, frente a la barbarie del indio autóctono, que aún se resiste a la dominación, y del gaucho retobado de quien no se debería ahorrar sangre, en palabras sarmientinas: una “lucha ingenua, franca y primitiva entre los últimos progresos del espíritu humano y los rudimentos de la vida salvaje, entre las ciudades populosas y los bosques sombríos”. En suma, se trataba de “ser o no ser salvaje”.
CIVILIZACIÓN Y BARBARIE
Un siglo después del Facundo, Arturo Jauretche nos ofrecía la respuesta más contundente a esa herida sin cerrar de la historia. En el marco de un movimiento revisionista que ponía en duda la grandeza intachable de personajes como Sarmiento, que la historia oficial se había encargado de situar en el panteón de los bronces, Jauretche acuñó, acaso con ingenioso sabor a revancha, el concepto de “zoncera”, que ya venía utilizando en obras previas, para describir aquellas creencias instaladas en el acervo nacional que bien podían cuestionarse por inexactas, falsas o desprovistas de fundamento y sobre todo fabricadas a base de odios y prejuicios de clase. En el Manual de zonceras argentinas (1968), Jauretche nos introduce que estas se nos han inculcado desde la más tierna infancia con la apariencia de axiomas “para impedirnos pensar las cosas del país por la simple aplicación del buen sentido”. Según Jauretche, hay zonceras “políticas, históricas, geográficas, económicas, culturales (…) Algunas son recientes, pero las más tienen raíz lejana y generalmente un prócer que las respalda. A medida que usted vaya leyendo algunas, se irá sorprendiendo de haberlas oído, y hasta repetido innumerables veces, sin reflexionar sobre ellas y, lo que es peor, pensando desde ellas”.
La zoncera madre que las parió a todas y dio paso a toda una generación de zonceras hijas, nietas, bisnietas y tataranietas es la Zoncera No1, “Civilización y Barbarie”. Dice Jauretche que su padre fue Sarmiento “pero ya tenía vigencia antes del bautismo en que la reconoció como suya”.
Jauretche destaca el profundo prejuicio dirigido a un pueblo incipiente que podía abrevar en sus raíces para crecer con identidad propia, pero era condenado por eso. “Todo hecho propio, por serlo, era bárbaro, y todo hecho ajeno, importado, por serlo, era civilizado. Civilizar, pues, consistió en desnacionalizar”, asume.
Ya un representante de la cultura peronista, habiendo conocido de primera mano aquella definición de “aluvión zoológico” en referencia a legisladores de extracción popular que habían accedido a una banca gracias al justicialismo, Jauretche atribuye la aplicación de las zonceras tanto a la oligarquía nacional como a su oposición “democrática o marxista” que si bien “en las ideas abstractas son opuestos, la zoncera Civilización y barbarie los unifica en cuanto son la civilización. De donde resulta que los que están más lejos ideológicamente son los que están más cerca entre sí –en cuanto teólogos– como ocurre cada vez que la realidad enfrenta a todos los civilizadores”. Estos extremos, dice Jauretche, “conviven entre gruñidos y se tiran mordiscones, pero siempre entre civilizados que se defienden en común de los bárbaros, es decir del país real”. Es claro que en su análisis, ese país “real” es el representado por el movimiento de mayor representación popular entonces, el peronismo. “Ahí, en Civilización y barbarie, la zoncera madre, está el punto de confluencia de las ideologías, es decir, de la negación de toda posibilidad para el país nacida del país mismo”, decía. “Plantear el dilema de los opuestos Civilización y barbarie e identificar a Europa con la primera y a América con la segunda, lleva implícita y necesariamente a la necesidad de negar América para afirmar Europa, pues una y otra son términos opuestos: cuanto más Europa más civilización; cuanto más América más barbarie”.
En tiempos actuales, la dicotomía subsiste, cambiando los términos, pero no el fondo. Las ideas de la libertad frente al populismo, los argentinos de bien contra los mandriles, para citar algunas versiones que se difunden desde la calle Balcarce, mantienen esa matriz de pensamiento, pero sobre todo el prejuicio que las conforma y la falta de profundidad histórica. El propio Macri se animó a tomar un concepto que solo circulaba en redes para calificar a sus adversarios políticos de “orcos”, esos seres amorales y semideformes fabricados para servir al mal supremo encarnado en Sauron (según el universo de Tolkien), acaso desconociendo que su principal enemigo, el rey heredero Aragorn (Viggo Mortensen), es un asiduo crítico de Macri, Milei y las ideas que ambos representan.
