Meca del glamour y del jet set internacional y sede de acontecimientos deportivos como el Gran Prix de Fórmula Uno, el principado de Mónaco ratificaba en esa velada del 8 de mayo de 1971, el arribo de un boxeador destinado a hacer historia.
Si el ignoto argentino Carlos Monzón había sorprendido a propios y ajenos, medio año atrás en Roma, al destronar al icónico campeón Nino Benvenuti por KO en el round 12, esta vez le alcanzaron apenas tres, cuando desde el rincón del destronado monarca, voló la piadosa toalla para detener el castigo que le estaban propinando.
Casi puede decirse que Monzón ingresó a las piñas, a esa feria de vanidades, que lo recibió con cierta condescendencia hacia el buen salvaje, pero supo darle el lugar reservado a los triunfadores en su ley.
En las primeras filas de ese escenario con remembranzas de coliseo romano, el príncipe Rainiero III, su bella hija Carolina y su hermano y futuro sucesor Alberto, imponían su realeza de cuna, secundados filas atrás por rostros conocidos y colegas de la princesa y retirada actriz conocida como Grace Kelly. Ahí estaban el flemático británico David Niven y la pareja conformada por Alain Delon y Mireille Darc.
Montecarlo, sinónimo de casino en su máximo nivel, volvió a acoger al argentino en una de sus más dramáticas batallas (tuvo varias). La revancha contra el estadounidense Emile Griffith, a quien había vencido inobjetablemente en Buenos Aires, en su segunda defensa del título.
Otra vez las miradas de Rainiero y David Niven (ambos de riguroso smoking, aún recuerda Cherquis Bialo, enviado especial por la revista El Gráfico) y otras tantas, como las de Jean Paul Belmondo, Yul Brynner, Jean Louis Trintignant, los diseñadores Pierre Cardin y Jean Bousquet (creador de Cacharel), sin contar variopintos dueños de lujosos yates anclados en el puerto y poseedores de grandes fortunas a resguardo de impuestos, posaban sus ojos en aquel verdadero animal de combate, que no daba ni pedía cuartel.
Entre aquellas miradas, había una de rutilantes ojos claros que quizás vio más allá. Delon eran uno de los actores más cotizados del show-business, además de sex symbol, atraído también por el lado violento de la vida y encontró la manera de combinar ambos universos.
Recurriendo a su abultada billetera, se inventó como promotor de otra revancha, la que ameritaba su compatriota Jean Claude Bouttier.
En verdad, hizo mucho más que eso. Internó, literalmente, a Bouttier en su finca de Saint Bernardine, a 20 kilómetros de París y se convirtió en su manager personal. Alquiló Roland Garros, catedral del tenis, como sede del match y pagó por adelantado la bolsa del campeón, fijada en 140.000 dólares de entonces.
“Está en juego el honor de Francia”, llegó a decir.
A la hora de las piñas, Monzón debió recurrir una vez más a todo su temple y oficio para trabajar una victoria por puntos, después de voltear al duro Bouttier en los últimos tres rounds. De yapa, se llevó de souvenir un disco de Carlos Gardel que Delon le obsequió autografiado, después de haberlo utilizado como cortina musical en la presentación.
París, Francia y el resto de Europa se rindieron a sus pies.
Desencantado con su antiguo pupilo, Delon dedicó a Monzón sus mejores esfuerzos como promotor, le programó cotizadas peleas y lo vio ganar en todas.
Debajo del ring, el carilindo y el del rostro cortado a machetazos forjaron y mantuvieron una amistad, durante años, que se expresó de manera sugestiva en el prólogo del libro Yo, Carlos Monzón (1975), un rejunte de recuerdos encargado al periodista Henry Passar.
En esas páginas, carga tintas Delon: “Es un conquistador y un príncipe, un domador y la fiera. Un matador y el toro bravo, es un hombre y un animal. Es Carlos Monzón. Es, en una palabra, el macho”.
En una temporada de verano, un equipo completo conformado por 15 profesionales, enviado especialmente desde Francia, rodó entre los médanos de Pinamar, un corto publicitario destinado al mercado global.
“Para toda Europa, Carlos Monzón es el Alain Delon de América”, explicó el director los motivos de la elección del protagonista.
Su partenaire de entonces fue una jovencísima modelo estadounidense radicada en París. Su hombre era Jerry Hall y sobre los últimos años de aquella década volcánica, sería pareja de Mick Jagger, y musa inspiradora del hit disco de los Rolling Stones “Miss you”.
AMIGOS SON LOS AMIGOS
Era natural que la relación sentimental entablada con Susana Giménez, la “chica shock” de entonces, protagonista de un celebrado comercial de jabón, lo familiarizara con el mundo del espectáculo vernáculo, que incluía el séquito de allegados, comedidos y periodistas del rubro. Con ellos, Monzón nunca se llevó bien ni entendió las reglas del juego. Contaba el inefable Lucho Avilés, creador de un estilo para ventilar indiscreciones, que algunas sobremesas debían abandonarse prematuramente, por consejo de Susana, si el campeón comenzaba a despotricar contra ellos, entonado por la sucesión inacabable de brindis.
Con quien congenió fraternalmente en ese ambiente tan ilusorio como expuesto, fue con Alberto Olmedo. Podían parecer un extraño dúo el “claun” y el “campeón” (como los enmascaró el escritor Camilo Sánchez en su novela La Feliz), pero los emparentaba un origen común en la pobreza y la ambición por salir del pozo.
El otro personaje tan cercano como partícipe necesario del desenlace fatal, Adrián “Facha” Martel, conoció a Monzón filmando el bodrio televisivo Pelear por la vida (en un elenco que incluía a Graciela Borges y Gerardo Romano) hasta compartir tardíamente madrugadas y adicciones.
En su hora más aciaga, en la prisión preventiva que se cumplía en la Unidad Penitenciaria de Batán, en las afuera de Mar del Plata, además de Olmedo y el “Facha”, también acudieron del ambiente, Sergio Velazco Ferrero (cumpleañero y anfitrión en la previa de la tragedia) y Gianni Lunadei, de perfil bajo. “Vengo a darle mi aliento, no abro juicio, no opino”, se excusó con dignidad.
Demasiados pocos con memoria para tanta gloria pasada.
