En la casa de los Tinayre, el almuerzo y la cena se respetaban a rajatabla. Era un momento de encuentro familiar que todos disfrutaban, porque significaba también un alto en las múltiples ocupaciones de padre, madre e hijos. Aquel día de 1973, Daniel, el patriarca, llegó tarde pero con una cara de satisfacción que contrastaba con el rictus de preocupación de las semanas anteriores, o al menos eso pensaron Mirtha, Danielito y Marcela. “Lo encontré –anunció entusiasta–, ya sé quién va a ser el protagonista de La Mary junto a Susana: Carlos Monzón”. Sí, el boxeador, el seductor, el que nunca había hecho cine, el que se comía las eses.
Hacia comienzos de la década del 70, Monzón se había convertido en una figura de nivel internacional. Su bravura dentro del ring y su carisma fuera de él llamaban la atención y seducían hasta al más duro. Tinayre sabía eso, y como quería imprimirle a su nueva película una proyección internacional, no dudó en convertir al púgil en actor; incluso por encima de Terence Hill, que había sido su primera opción, pero había pedido demasiado dinero. La Mary se filmó, se estrenó y fue un éxito, y las limitaciones de Monzón para decir los diálogos se subsanaron con un doblaje a cargo del experimentado Luis Medina Castro.
A decir verdad, Tinayre no fue el primero que “la vio”. Un año antes, Pier Paolo Pasolini había intentado sumar a Monzón al elenco de Las mil y una noches, sin éxito. Dicen que la razón del cambio de actitud del deportista no fue por problemas de idioma o nacionalidad, sino por el hecho de poder estar cerca de Susana Giménez. También dicen –aunque los mismos protagonistas siempre lo negaron– que la interacción erótica entre ellos no era ficción sino realidad, y que ni Tinayre a los gritos los podía calmar. Mito o leyenda, lo cierto es que a partir de La Mary nació entre sus protagonistas un romance, tan real como mediático (ambos estaban en pareja), donde no faltaron los besos, la pasión ni tampoco la violencia.
Dos años después, y contra todo pronóstico, Monzón volvió a la pantalla grande dirigido por Leonardo Favio. Soñar, soñar (1976) fue el film que reunió al boxeador con el cantante italiano Gian Franco Pagliaro, en una historia de notable ternura construida en base a la relación de dos hombres muy diferentes, pero a la vez complementarios. Favio, decidido a mostrar que Monzón tenía un lado sensible a explorar, lo despojó de su costado más primitivo, resaltando su sensibilidad. La película no tuvo el éxito esperado, pero el realizador siempre la mencionó entre sus preferidas, al tiempo que reconocía en Monzón a “un intérprete notable”.
BAJO EL CIELO DE UN VERANO ITALIANO
Habiendo arribado a la cima de su especialidad, y siendo reconocido como el mejor en su categoría, al promediar la década del 70, Monzón sabía que no faltaba mucho para que llegara el momento de colgar los guantes. Y su siguiente objetivo era convertirse en un astro de la pantalla grande.
Consciente de su proyección internacional, y con más seguridad sobre su cualidad de actor, Carlos aceptó una oferta millonaria para filmar dos películas en Italia junto a Susana Giménez, con la esperanza de convertirse en un héroe de acción a lo Clint Eastwood. La primera fue La cuenta está saldada (Il conto è chiuso, 1976), policial “inspirado” en la novela Cosecha roja, de Dashiell Hammett, en la que se dio el gusto de mezclar disparos con trompadas. La siguiente se llamó El macho (1977), y se encuadra dentro de lo que se conoce como spaghetti western, un subgénero que para entonces ya estaba de capa caída, pero igualmente tenía sus adeptos.
El final de ambos rodajes coincidió también con su separación de Susana, luego de que le hiciera una escena de celos y ejerciera violencia física hacia ella, al verla hablando con Luc Merenda, galán francés y compañero de rodaje.
De regreso a la Argentina, Carlos Monzón se incorporó en la que sería su última película como protagonista, la comedia Amigos para la aventura, en la que se vio contenido por sus íntimos amigos Ramón “Palito” Ortega y Juan Carlos Altavista. Ni siquiera la presencia de estos tres íconos de la cultura popular alcanzó para salvar al proyecto de un sinfín de críticas, tan virulentas como lapidarias.
Si bien el boxeador no volvió a pisar un rodaje como intérprete, sí se dio el gusto de hacer cameos en Las locuras del profesor (1979), Los hijos de López (1980) y Un loco en acción (1983), luego de lo cual se despidió del cine por un tiempo, para intentar hacer pie en la televisión, donde coprotagonizó con Graciela Borges la telenovela Pelear por la vida. El regreso de su nombre a la pantalla grande sería póstumo, y no como campeón. Sino como responsable del femicidio de Alicia Muñiz.
CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA
En 1996, un año después de la muerte del deportista, se estrenó Carlos Monzón, el segundo juicio. Dirigida por Gabriel Arbós y protagonizada por José Luis Alfonzo, Carola Reyna, Elio Marchi y Norma Aleandro, la película recreaba las últimas horas de Alicia Muñiz y el posterior juicio a Monzón, en una suerte de docuficción donde se recogían las distintas versiones en torno de la muerte de la modelo. Si bien no fue una película de narrativa convencional, quedó en la historia como la primera que se atrevió a ahondar en el caso y romper con esa aura de intocable que todavía rodeaba al protagonista en algunos círculos, y que entonces también se encontraba potenciado por su fallecimiento.
El tema se retomó en 2019, pero con más despliegue, presupuesto y en formato episódico. Monzón, serie de trece capítulos, se estrenó originalmente en Space y actualmente forma parte del catálogo de Netflix. Protagonizada por Jorge Román (a quien siempre se le destacó su parecido físico con el pugilista), Diego Cremonesi, Carla Quevedo y Mariano Chiesa, la acción desarrolla el ascenso y caída de Monzón, como así también los pormenores, tanto íntimos como mediáticos, en torno de la investigación por el asesinato de su pareja.
Dos propuestas con un punto de partida similar pero muy diferentes entre sí, que recobraron el nombre de Carlos Monzón para el cine, pero no para glorificar su etapa deportiva (como sí sucede en el documental Furia: las peleas de Carlos Monzón, de 2019), sino para colocarlo en el banquillo de los acusados por ser responsable de un crimen que nunca reconoció. Y a la vez, utilizar su figura como signo de una época; todavía hoy, más cercana de lo que uno piensa. O quisiera.
