Las versiones de esta historia se pierden en los médanos. Son arena. Confundidas quizá con los vientos o con ese hilo delgado de agua y barro que cruza la llanura. En el lecho del río Salado, primer límite natural de la pampa argentina. Una grieta sobre la nada. Ahí, dicen quienes escribieron sobre estas arenas, comenzaba el infierno, o el mito de la llanura que muchos se negaron a atravesar. Acaso en ese espacio indefinido podríamos situar al purgatorio en el que aún permanece Philipp Melanchthon, según la versión que da Jorge Luis Borges en su relato “Un teólogo en la muerte”.
La arena permite hacer lecturas diferentes, según el día y los vientos. El relato de Borges cuenta a Melanchthon “en la muerte” y su imposibilidad de acceder al cielo, por su porfía de negar la caridad como acción salvadora. En sus primeros días, ese purgatorio se parece –según Borges– demasiado a su espacio en la tierra. Después todo irá mutando a la arena.

Escribe Borges: “Un atardecer sintió frío. Entonces recorrió la casa y comprobó que los demás aposentos ya no correspondían a los de su habitación en la tierra. Alguno estaba repleto de instrumentos desconocidos; otro se había achicado tanto que era imposible entrar; otro no había cambiado, pero sus ventanas y puertas daban a grandes médanos”.
Unos párrafos antes nos deja entrever que ese espacio del purgatorio se parece demasiado al de la llanura argentina. O a Buenos Aires, por ejemplo. Como si todo hubiese sucedido en un viejo conventillo de San Telmo: “La pieza del fondo estaba llena de personas que lo adoraban y que le repetían que ningún teólogo era tan sapiente como él. Esa adoración le agradó, pero como alguna de esas personas no tenía cara y otros parecían muertos, acabó por aborrecerlos y desconfiar”.
El médano de la historia
Después la inmensidad del médano se irá tragando la realidad toda. El médano. Como si se cumpliera a rajatabla la afirmación de Ezequiel Martínez Estrada de que la tierra llana un día devoraría a la ciudad. La frontera parece estar ahí. Un lector curioso podría divisar la margen izquierda del río Salado y el horizonte salvaje de la llanura. Solo en un lugar así –y eso Borges lo sabe– el teólogo puede permanecer eternamente.
“Ahí estuvo unos días encarcelado y empezó a dudar de su tesis y le permitieron volver. Su ropa era de cuero sin curtir, pero trató de imaginarse que lo anterior había sido una mera alucinación y continuó elevando la fe y denigrando la caridad.”
En vida Melanchthon fue uno de los principales teólogos reformistas. Amigo de Martín Lutero, en esas Alemania convulsionada del 1500, juntos se levantaron contra la omnipresencia represora de Roma y sus narrativas, pero nunca contra las iniciativas individuales de los príncipes que controlaban la tierra. En esa tierra donde vivían miles hambrientos campesinos.
Lutero y Melanchthon tuvieron, además, un enemigo común: un sacerdote que en principio abrazó la Reforma, pero después se unió a los pobres: Thomas Munzner. De él dijo Lutero que era un “profeta asesino y sanguinario”. “Está poseído por el diablo”, dijo Melanchthon

“He demostrado irrefutablemente que el alma puede prescindir de la caridad y que para ingresar en el cielo basta la fe” parece haber escrito el teólogo en la tierra, allá por 1525, cuando Muntzner se levantó junto a los campesinos. “Esas cosas les decía con soberbia y no sabía que ya estaba muerto y que su lugar no era el cielo. Cuando los ángeles oyeron ese discurso lo abandonaron”, escribe Borges.
Acaso ese abandono deliberado se haya producido antes. En esos tiempos de la Guerra de los Campesinos. Cuenta la leyenda que el arcoíris, que se convertiría en bandera de todo un movimiento por la igualdad, apareció en la previa de la batalla final en Frankenhausen. Y los campesinos por miles murieron. Miles iban a morir. Incluso Muntaner, decapitado. Pero acompañados de lo que creían era una señal de dios.
“Matar a un campesino no es un asesinato, es ayudar a apagar el incendio. ¡Que no haya medias tintas! ¡Aplastadlos! ¡Cortadles el cuello! ¡Atravesadlos! ¡No dejéis piedra sin mover! ¡Matar a un campesino es destruir a un perro rabioso!”, escribió Lutero.
Melanchthon ni siquiera en la muerte tuvo piedad, compasión, caridad. Ahí permanece en las arenas borgeanas, al otro lado del mundo, en la llanura de su eterno purgatorio. “Entonces determinó escribir un elogio de la caridad, pero las páginas escritas hoy aparecían mañana borradas. Eso le aconteció porque las componía sin convicción.” En el horizonte, en su eterno permanecer en el purgatorio, puede ver otras arenas. Otros campesinos. Con sus hoces, sus palas y sus herrumbrados arados, caminan. Los ojos rojos. Llevan días sin comer. Todas las cosechas se han perdido. Y hasta los caballos han muerto. Macachín se llama el pueblo perdido en esa inmensidad are-nada. Son alemanes esos campesinos que caminan, otra vez, aunque han pasado siglos. Rusos del Volga, les dicen. Y mientras en Buenos Aires aún festejan el centenario de la Revolución de Mayo, en la opulencia de los palacetes de las avenidas, esos alemanes siguen caminando sobre tierras ajenas. Arenas. Sin pan. La historia la llamará la Rebelión de los Rusos. Los tiempos se entrelazan. Entre unos campesinos y otros, solo la arena. Y un teólogo, testigo de siglos. Segundos, apenas. Y ya ni nubes. Menos aún arcoíris. Solo viento. Cardos. (Rusos). Sobre la arena.
Melachthon escribe: “Aquellas pobres gentes permanecían de pie y cantaban: al Espíritu Santo imploramos…, cual si hubieran perdido el seso; y no hacían ademán ni de defenderse ni de huir”.
Entonces, Borges: “Soy, pero soy también el otro, el muerto. / El otro de mi sangre y de mi nombre, / soy un vago señor y soy el hombre / que detuvo las lanzas del desierto. Vuelvo a Junín, donde no estuve nunca, a tu Junín, abuelo Borges. ¿Me oyes, / sombra o ceniza última, o desoyes en tu sueño de bronce esta voz trunca?”
En Macachín, La Pampa, Argentina, apenas ruedan los cardos. Rusos. (Alemanes, cuatro siglos después). Manos gruesas. Hambre. Ojos de mar. “¿Todavía se muere la gente de hambre en Macachín?”, le pregunta el papa Pío X a Jose Figueroa Alcorta, como si ambos nunca hubiesen sido parte del cuento.
No hay arcoíris posible entre tanta sequía. No hay río capaz de purificar las frentes de los que han sido engañados. No hay arcoíris posible entre tanta sequía. Y tanto cielo sin rastros de nubes.
El teólogo que aún permanece en el tiempo incierto de los purgatorios lleva ahora la ropa agreste de los campesinos. Hecha de cuero y tela de sacos de harina. Se vislumbra un surco inerte, donde ni siquiera un brote asoma. “Soy también el otro, el muerto”. ¿Escribe Borges o el Teólogo?
“Las últimas noticias de Melanchton dicen que el mago y uno de los hombres sin cara lo llevaron hacia los médanos y que ahora es como un sirviente de los demonios.” Quien escribe duda de estas versiones, pues como si escribiera en la arena, todo lo escrito por la noche (de la historia) aparece borrado a la mañana siguiente.
