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La pandemia oculta

El coronavirus posterga la visibilidad de una nueva epidemia provocada por el mosquito Aedes aegypti, el dengue. Un programa serio para prevenir este grave riesgo a la salud debe eludir los paradigmas químicos que esconden grandes intereses económicos.

Tres periodos estivales durante 2009, 2016 y 2020 demostraron que las epidemias de dengue pueden extenderse a las ciudades del norte y centro del país. Los epidemiólogos son capaces de distinguir “tiempos repetitivos” y un orden interno para explicar los factores que desencadenan el caos social de las epidemias. Quienes gobiernan con mirada estrecha ven “linealmente” los problemas de salud y ambiente aplicando parches tecnológicos para tapar el caos durante el tiempo de sus mandatos. Los estadistas suelen buscar perspectivas en los tres niveles, asesorase por especialistas y así aprovechar las “oportunidades” para producir cambios a largo plazo.

Un ejemplo contemporáneo fue expresado recientemente por el presidente Alberto Fernández, al evitar el responsabilizar “al otro” (discriminación asiática) o a una entelequia desconocida (enemigos invisibles, cambio climático, etcétera) haciéndose cargo de la situación y aplicando con destreza didáctica para explicar que el coronavirus no nos busca (no es nuestro enemigo), sino que lo buscamos nosotros al interactuar con objetos y/o personas contaminadas. Esta forma de comunicar contribuye al conocimiento, a las respuestas necesarias para entender como es el problema y como debemos cuidarnos.

Para el caso del dengue, la problemática ambiental y educativa es profunda y provoca episodios de “caos social” producido por un gran desconocimiento de los conceptos básicos necesarios para actuar. Y el por aporte de un gran ruido mediático asociado a oportunidades de sacar ventaja económica y/o política de la situación.

El dengue es una asignatura pendiente para el estadista que quiera tomar la posta y es por ello que propongo señalar las principales barreras y oportunidades para lograr ambientes seguros y sustentables en el tiempo.

Desorden socioambiental

Suelo definir al dengue como «el resultado de un desorden socio-ambiental que afecta a nuestra salud». El único transmisor es un mosquito que vive estrechamente asociado al hombre y requiere exclusivamente de recipientes capaces de acumular agua –de cualquier tipo y color– que se encuentren en el entorno domiciliario. En base este concepto, podríamos decir que la solución es técnicamente sencilla basada el paradigma ambiental que consiste en retirar del ambiente los objetos capaces de acumular agua y que no sirven, guardar bajo techo aquellos recipientes de utilidad que no están en uso, recambiar el agua periódicamente y cepillar las paredes de los bebederos y/o tapar bien aquellos que se usen para acumular agua.

Sin embargo, es un problema muy complejo porque en la sociedad impera el concepto de aplicar el paradigma químico asociado a «enemigo, lucha, armas de alta tecnología, combate, cuadrillas, brigadas, bases operacionales, etcétera”, originado con el advenimiento del DDT desde la segunda guerra mundial hasta su prohibición en los ´70. Estos  conceptos se aplican en desmedro de lo que representa un ambiente saludable.

Los ambientes saludables se logran a partir de la aplicación de conocimientos básicos sobre lo que conviene y lo que no conviene que se encuentre en el entorno donde vivimos y trabajamos. Los saberes prácticos sobre el ciclo de vida de los mosquitos es fundamental. Sin embargo, es increíble que algo tan sencillo no exista en la currícula escolar como un tema permanente. La difusión sobre prevención es dirigida hacia los adultos y en la mayoría de los casos contiene importantes errores conceptuales. La ausencia de formación adecuada contribuye a que no existan programas de prevención sostenidos en el tiempo y se hable de dengue recién en los episodios epidémicos, y se aplique el paradigma químico para emparchar la situación y calmar el reclamo vecinal.

Las propagandas de los insecticidas caseros refuerzan ese sentido de la desinformación mostrando a un par de enemigos entrando por una ventana ya una valiente mujer que adopta posición de defensa para con sus hijos y una de combate al tomar un arma cerrando la desinformación al disparar (fumigando) contra los intrusos, los cuales son eliminados de forma «explosiva». Lo que nunca muestran son las larvas y/o como son los criaderos de mosquitos. Como parte de la desinformación es que los mosquitos, como todos los insectos, no cuidan a sus crías (como lo hacen los mamíferos) y por lo tanto ponen muchos huevos (60 a 100 por puesta), cuyos individuos están preparados para morir masivamente sin verse modificado su tamaño poblacional. Para no cambiar los números poblacionales una hembra requiere sólo de un huevo hembra exitoso. Por lo tanto, que mueran los otros 99 (o 98 si consideramos al macho) no hace mella alguna a los números poblacionales.

En los últimos 22 años nuestras mediciones de las abundancias de Aedes aegypti en el norte de la Argentina no se han modificado y las de Buenos Aires se han triplicado, siempre muy por encima de los valores umbrales de transmisión.

Abundancia riesgosa

Durante todos los periodos estivales las abundancias del mosquito fueron extremadamente riesgosas. Las tres grandes epidemias se produjeron gracias a la llegada de personas infectadas desde regiones de alta transmisión. Estas personas (casos importados) infectaron a los mosquitos presentes en las manzanas de nuestras ciudades. Luego de un tiempo de latencia, los mosquitos infectaron a los vecinos de la misma manzana generando brotes de transmisión autóctona. Como los habitantes de la ciudad circulan libremente los brotes se fueron extendiendo y su multiplicación los transformó en epidemia. Que nuestro país se encuentre durante todos los periodos estivales en situación de vulnerabilidad epidemiológica para las enfermedades transmitidas por Aedes aegypti es inaceptable.

El invierno corresponde a la temporada donde las poblaciones del mosquito se encuentran en situación de mayor debilidad, no hay adultos y solo hay huevos acumulados en los recipientes, esperando el calor de la siguiente primavera. La prevención mediante la eliminación de recipientes (descacharreo) tiene un impacto mucho más fuerte en invierno porque el vector no tiene la posibilidad de responder mediante dispersión hacia las manzanas linderas.

El Estado tiene también responsabilidad ambiental sobre la presencia de basurales a cielo abierto en zonas urbanas, el reciclado de las cubiertas de vehículos usadas en la vía pública, los cementerios de vehículos incautados por el poder judicial, los floreros en cementerios humanos. También tiene responsabilidad prevenir la llegada de infectados al país brindando algún tipo de información a los viajeros que les advierta la situación epidemiológica de cualquier enfermedad contagiosa de las ciudades destino (medicina del viajero). Las autoridades de los organismos mundiales deberían contribuir en no cometer errores conceptuales que favorezcan la desinformación.

* Grupo de Estudio de Mosquitos, DEGE, FCEyN, UBA/ IEGEBA, CONICET.

Escrito por
Nicolás Schweigmann
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