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Caras y Caretas

           

La historia de las expresiones futboleras

El fútbol llegó a Argentina de la mano de la inmigración británica, a mediados del siglo XIX. El primer partido se jugó el 20 de junio donde hoy está ubicado el Planetario, en los Bosques de Palermo. Un mes antes se había creado el Buenos Aires Football Club. Dos años después, en 1869, el fútbol llegó a Rosario; y si bien al principio sólo se jugaba en aquellos espacios donde había fuerte presencia de migrantes británicos, sin prisa y sin pausa fue expandiéndose por todo el territorio argentino y atravesando la identidad de este suelo de una manera muy particular. Al día de hoy podemos decir que hay fútbol, y que también hay fútbol argentino. 

Cómo suele ocurrir en estos casos, en los que un fenómeno se imbrica tan íntimamente con un territorio, los términos que surgen del territorio tienen su propia su historia, su gérmen de inicio. Por ejemplo, la que le da el propósito a este ejemplar de Caras y Caretas: el Gol Olímpico. Cesareo Onzári, jugó en Boca Juniors y en Huracán, pero fue en la Selección Nacional que pasó a la historia y, de paso cañazo, le sumó un término a la lista. 

Era el 2 de octubre de 1924, Argentina jugaba contra Uruguay en la cancha de Sportivo Barracas. Había 35 mil personas en el estadio. Iban 15 minutos de partido cuando Onzari patea un tiro de esquina del lado izquierdo: con la derecha le pegó a la pelota, que hizo una comba inexplicable en el aire y se terminó metiendo al arco. Ese día Argentina le ganó 2 a 1 a Uruguay, como venían de ganar los Juegos Olímpicos de París. Al principio, se denominó la hazaña “el gol a los Olímpicos” y luego se simplificó a como lo conocemos ahora.

Otra de las expresiones que acompaña este deporte es la famosa Rabona. Hacer la rabona, que en el lunfardo significa faltar a las obligaciones, como por ejemplo, no ir a la escuela. Pero, como todo en el fútbol, hay una historia: según la FIFA, nació en septiembre de 1948 en un partido entre Estudiantes de La Plata y Rosario Central. Roberto “Beto” Infante, de Estudiantes, cruzó su pierna derecha por detrás de la izquierda para patear, y la jugada terminó en gol. La revista El Gráfico –con su clásica inteligencia para titular– publicó una foto del jugador vestido de alumno con el título “Un Infante que se hizo la rabona”. La web de Estudiantes le dedicó una nota a esta hazaña, en la que describe: “Fue una genialidad. No es fácil ni difícil describirla. Aunque sería indispensable haberla visto. Remató Gagliardo y la pelota rebotó en el poste. Sin pararla, el eje delantero Infante, algo corrido hacia la izquierda, tiró al arco de calle 57 desde afuera del área. Le pegó con el pie derecho aplicado por detrás de la pierna izquierda. Fue una muestra de destreza, elegancia, agilidad y limpieza, propia de un intérprete de ballet”, describían admirados los diarios de la época al gol. Tal fue de novedosa la acción que, en un comienzo, fue catalogada por varios medios como la hachita.”

Por su puesto, que hacer un gol de chilena también tiene su historia. Irónicamente, quien habría creado esta acrobacia habría sido un español. Ramón Unzaga nació en Bilbao pero de pequeño se trasladó a Chile con su familia. Al igual que Unzaga, la maniobra trascendió fronteras; en el libro El fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano, figura la siguiente descripción: “Inventó la jugada en la cancha del puerto chileno de Talcahuano: con el cuerpo en el aire, de espaldas al suelo, las piernas disparaban la pelota hacia atrás en un repentino vaivén de hojas de tijera. Esta acrobacia se llamó la chilena unos cuantos años después, en 1927, cuando el club Colo-Colo viajó a Europa y el delantero David Arellano la exhibió en los estadios de España. Los periodistas españoles celebraron el esplendor de la desconocida cabriola y la bautizaron así porque de Chile había venido”. A la jugada también le dijeron chilenita (en Chile) o trizaga (en Uruguay).

No sólo aplica para jugadas, el fútbol en Argentina es también una cuestión de actitud, un modo de relacionarse con ese deporte que a veces es un ingrato, y que a veces es capaz de brindarle al pueblo las mayores alegrías. Por eso, la expresión pecho frío también tiene un origen claro y una historia. Jorge Raúl “El Indio” Solari fue jugador y técnico; si bien pasó por muchos clubes, el corazón lo tiene en Newells, quizás sea la fuerza de ese amor la que lo llevó, a pesar de todo, a criticar a la hinchada. Cuándo le preguntaron por qué les dijo pecho frío en una nota de La Nación, contestó: “Porque tiraba en contra del equipo. Querían que les pagáramos los viajes y los vicios. No aplaudían, no apoyaban, la hinchada nos relajaba porque no queríamos darle plata. Hubo un partido contra Instituto, en Córdoba, cerca del final del campeonato, para el que viajaron pocos hinchas y encima se pelearon con [Norberto] Scoponi y estuvieron todo el partido puteando a los jugadores. Perdimos esa tarde y ahí se nos escapó el campeonato, por eso declaré lo que declaré. El hincha tiene que alentar a su equipo”.

Hay una palabra que inmuniza contra la desgracia propia y provoca la mala suerte en el otro. Esa palabra es Quiricocho, y hace no tanto, Alejandro Domínguez –presidente de la Conmebol– contó que el Chiqui Tapia la empleó en Qatar: los resultados están a la vista. Según dicen, el término surgió de la mente del Estudiantes de Bilardo: “Quiricocho era un muchacho de La Plata que siempre estaba con nosotros, y que como ese año salimos campeones (en referencia a 1982) lo adoptamos como amuleto. Era un buen pibe pero después ya no lo vi más. La última vez que estuve dirigiendo a Estudiantes (2003-04) pregunté por él y nadie sabía nada. Pero aunque no lo creas, cuando fui a España a dirigir al Sevilla (entre 1992 y 1993) hubo un penal para los otros (por los rivales) y escuché que alguien atrás mío gritó: ‘Quiricocho, Quiricocho’. Yo no lo podía creer, hasta que el Cholo (Diego Simeone) y Diego (Maradona) me avivaron de que ellos lo habían dicho un par de veces y que el resto lo aprendió”.

Escrito por
Marina Amabile
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