• Buscar

Caras y Caretas

           

La belleza evanescente o el deseo del vampiro

Novela bella y desgarradora, En el lago tiene como protagonista al profesor Gimpei Momoi, que se siente atraído irrefrenablemente por mujeres jóvenes, a las cuales persigue no tan secretamente.

La imagen general que suele tenerse acerca de la literatura de Yasunari Kawabata es aquella que anuda los elementos de la contemplación serena, la pintura sensorial y el deseo circunspecto en el marco de tensiones sutiles pero irreversibles entre lo nuevo y lo viejo, entre lo fugaz y lo duradero; suerte de parpadeo liminal en las costuras del tiempo, no pocas veces cifrado en los juegos de seducción entre un anciano y un muchacho o jovencita. Puede tratarse de la partida de un juego tradicional (El maestro de go), de una conversación interminable (Dientes de león) o de la decadencia de un oficio artesanal (Kioto); el caso es que esos dos mundos se unen en un mismo punto a fin de hacer más notoria la radical separación.

Por lo común, esta enardecida puja de visiones opuestas ocurre de manera sigilosa, apenas sugerida en los gestos, en las miradas, en una frase suspendida a mitad de camino. Es el Kawabata clásico, el maestro de la discreción y la reserva. Sin embargo, por debajo de los protocolos ceremoniales y los ademanes del medio decir, hay un soplo en la obra del nobel japonés que corre de manera impetuosa y, sin embargo, por lo general pasa inadvertido. Su novela En el lago es una buena muestra de ello, a la vez que difumina la imagen habitual de Kawabata.

Publicada por entregas en 1954, En el lago relata las andanzas de Gimpei Momoi, quien dedica buena parte de su jornada diaria a seguir a muchachas desconocidas por la calle y a recordar su iniciación amorosa con una prima. Ese pasado insiste en volver, y manifiesta de esta manera que muchas de las peculiaridades de Momoi acaso se deban a algo no resuelto en aquel entonces, cuando era apenas un muchacho que coqueteaba (y sería rechazado) en las cercanías de un lago, ahí mismo donde su padre muerto reverberaba enfundado en su traje fantasmal. 

Los tiempos se entreveran y de pronto Momoi, profesor de secundaria, acosa a una estudiante con la que, luego de varios rechazos, comienza a mantener encuentros clandestinos en una construcción abandonada; situación que, una vez ventilada, le costará su puesto docente.

La belleza distante

A pesar de su evidente sordidez (o a causa de ella), Momoi, como la mayoría de los personajes de Kawabata, está entregado a la búsqueda de la belleza, más aún por estar fuera de su alcance (más de una vez el protagonista se refiere a sus defectos físicos y cuando intenta colocarse en papel de seductor, Momoi es aun más sórdido y utiliza como artimaña su pie de atleta).

Algo de esa belleza para él inalcanzable la encuentra (o más bien, no cesa de no encontrarla) en la ristra de muchachas con las que se topa en su camino. Y ahí, en el fragor del desencuentro, brota un apetito anterior a la carne. Considérese si no esta escena (más que del desarrollo de la trama, en Kawabata se trata siempre de la disposición de los elementos –luz, vestimenta, decorado–): “De pie, con su cuerpo apretado contra el angosto catre, la muchacha friccionaba los brazos de Gimpei. Y sus pechos casi le rozaban la cara. Aunque la banda que los sostenía no parecía demasiado ajustada, la carne quedaba delicadamente contenida dentro de los límites de la tela blanca. El modo en que sus senos se destacaban, sin embargo, revelaba que no estaban desarrollados en plenitud. Tenía un rostro clásico, ovalado. Tal vez porque llevaba el cabello tirante hacia atrás y no levantado, la frente, que no era amplia, se veía así y sus ojos parecían más brillantes. La carne entre el cuello y los hombros no era abundante, y la parte superior del brazo era juvenil y torneada. El resplandor de su piel estaba tan próximo que Gimpei tuvo que cerrar los ojos. Tras sus párpados vio una caja, como la de un carpintero, llena de clavos pequeños que brillaban a la luz. Gimpei abrió los ojos y miró el cielo raso. Era blanco”.

Se trata del masaje que una muchacha le hace al protagonista en un baño turco. Momoi, como al pasar, dice: “La carne entre el cuello y los hombros no era abundante”. Y acá se revela un punto acaso más hondo en torno al enfrentamiento solapado entre tradición y novedad, y es que el deseo de los adultos por los jóvenes es una forma sucedánea de vampirismo. No es el cuerpo del otro lo que se desea, sino su brío, el ímpetu que lo anima, la chispa vital que en ellos es ahora puro anhelo. Si en la mayor parte de las novelas de Kawabata dicho sentimiento muda en franca nostalgia esto se debe a que sus personajes no saben más que observar estupefactos sin poder (para continuar con la metáfora) clavar los colmillos. Así, cruel corolario, la belleza se revela distante, siempre evanescente.

Escrito por
Juan F. Comperatore
Ver todos los artículos
Escrito por Juan F. Comperatore

Descubre más desde Caras y Caretas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo