La empresa Sociedad Industrial de Amasadoras Mecánicas (SIAM) fue fundada por Torcuato Di Tella, un inmigrante italiano, en 1910. Inicialmente se dedicó a producir amasadoras para panaderías; poco después amplió y diversificó su producción hacia los surtidores de nafta a través de un convenio con Yacimientos Petrolíferos Fiscales. De este modo, en el marco de la vigencia de una economía agroexportadora, surgió y creció una firma metalmecánica de avanzada, apoyada por la demanda del Estado. A fines de la década de 1920, la empresa construyó una planta de grandes dimensiones en Avellaneda, al sur de la ciudad de Buenos Aires. La crisis de 1930 obligó a Di Tella a diversificar su producción para sostener su capacidad instalada: encaró la producción en gran escala de nuevos bienes tales como bombas de agua, motores eléctricos y heladeras comerciales que antes se importaban, mientras transformaba su nombre y estructura legal por otro más ambicioso y ajustado a su evolución: Sociedad Industrial Americana de Maquinarias. Durante el gobierno de Juan Perón, SIAM abasteció con bienes de consumo durables (heladeras, lavarropas, ventiladores y otros artefactos eléctricos) a una demanda creciente producto de la mejora en la redistribución de ingresos. Por ejemplo, las ventas de heladeras domésticas pasaron de dos mil unidades en 1946 a doce mil en 1949 y a más de setenta mil en 1955. La empresa no solo era la más conocida del mercado en el ramo de electrodomésticos sino que se convirtió en un sinónimo de esos bienes. En ese contexto, Di Tella encaró también la instalación de una nueva planta en Valentín Alsina con el propósito de proveer los caños necesarios para la extracción de agua y satisfacer las demandas de distintas reparticiones oficiales, en particular de YPF y Gas del Estado. La nueva firma, Sociedad Industrial Argentina de Tubos de Acero (SIAT), cobró forma en 1948, el mismo año de la muerte del fundador. Pero la nueva fábrica enfrentó diversos problemas y no estuvo en condiciones técnicas de abastecer la demanda del gasoducto Comodoro Rivadavia Buenos Aires, que fue provista en su mayor parte por tubos importados por Techint (empresa que en 1949 comenzó a instalar su propia planta de tubos con una tecnología diferente en Campana). De todos modos, pudo cubrir parte importante del mercado de tubos más pequeños y garrafas. En esos años de crisis y de escasez de divisas, tanto SIAM como SIAT tuvieron, al igual que otras muchas empresas metalúrgicas, graves problemas para abastecerse de materias primas importadas y fueron constantes los reclamos para obtener divisas y permisos de importación por parte del gobierno. Finalmente, los directivos de SIAM encararon la producción de motocicletas en 1952 a través de un acuerdo firmado con la italiana Innocenti, y que inicialmente suponía el arma- do con una mayoría de piezas importadas. La Siambretta tuvo un éxito inmediato en un mercado claramente insatisfecho.
DESPUÉS DE PERÓN
Con la caída de Perón en 1955 las empresas del grupo fueron investigadas por el gobierno de la denominada Revolución Libertadora debido a los estrechos vínculos que sus principales directivos mantuvieron con los funcionarios peronistas. Particularmente, la empresa había recibido facilidades cambiarias y una importante ayuda financiera, que se canalizó a través del aporte de capital y de numerosos créditos por parte del Banco de Crédito Industrial Argentino. A estos problemas, se sumaron otros de gestión (dadas las dimensiones que había adquirido la firma, con numerosas plantas) y la demanda errática del Estado (programas de desarrollo eléctrico, gasoductos y otros que no se concretaban). A fines de la década de 1950, en el marco de la propuesta desarrollista de Arturo Frondizi, la empresa encaró la construcción de una nueva planta destinada a la fabricación de equipos pesados y, poco después, incursionó en la fabricación de automóviles, con tecnología inglesa. Por ese entonces, la firma estaba a cargo de Guido Di Tella, ingeniero y economista hijo del fundador, y era la empresa metalmecánica más grande de América latina, con casi 15.000 empleados. La apuesta automotriz fue muy arriesgada y SIAM debió enfrentar la competencia de gigantes del sector, como General Motors y Ford, que arribaron gracias a los beneficios de la legislación sobre inversiones extranjeras. Pese al éxito inicial del Di Tella 1.500, SIAM no pudo competir con nuevos modelos y debió endeudarse, y finalmente vender su planta a IKA a mediados de la década. El proceso de desinversión se combinó con una importante reorganización y modernización administrativa, pero fue insuficiente para mejorar la situación financiera de la empresa, jaqueada por las deudas de inversiones previas (que se acrecentaban con las sucesivas devaluaciones) y problemas de mercado (habían surgido muchos competidores en el rubro electrodomésticos). La empresa sufrió a partir de entonces una fuerte fragilidad financiera que imposibilitaba su modernización. Finalmente, a comienzos de los años 70, el Estado tomó el control de SIAM a cambio del pago de los créditos concedidos.
DESINDUSTRIALIZACIÓN
Las políticas financieras, cambiarias y de apertura aplicadas por José Martínez de Hoz durante el gobierno militar surgido del golpe de 1976 dieron un golpe brutal a la industria argentina: muchas empresas quebraron y otras, aunque se reposicionaron y concentraron, lo hicieron en un marco de fuerte caída y pérdida de peso del sector en el conjunto de la economía; particularmente, el rubro productor de maquinarias y bienes más complejos prácticamente desapareció. En ese contexto, se dispuso la privatización de muchas de las empresas que tenía el Estado, entre ellas SIAM; no obstante, las presiones de algunos sectores militares nacionalistas que pretendían sostener algunas plantas importantes, como la dedicada a la producción de equipos y maquinarias o la de tubos, impidieron que esa propuesta se concretara. Finalmente, durante el gobierno de Raúl Alfonsín la firma fue desmembrada y vendida por separado a tres grupos empresarios privados (Techint, Pérez Companc y Aurora). Más tarde Aurora quebró y su planta de Avellaneda fue transformada en una cooperativa obrera. Buena parte de su acervo productivo y tecnológico terminó por dilapidarse.
El recorrido de esta empresa emblemática refleja de modo paradigmático la trayectoria de toda la industria en la Argentina. En otras palabras, la historia de SIAM y su triste final es la historia de la frustración nacional. Las fuentes del desarrollo económico se encuentran atadas al impulso y sostenimiento de las actividades industriales y tecnológicas. La carencia de un Estado desarrollista que defina políticas estratégicas y falta de empresarios nacionales que sustenten esas políticas explican mucho de la penosa situación de la estructura productiva y social de la Argentina actual.
