Tan vertiginosa, diversa y dispersa fue la mano Di Tella, que resulta difícil de asir. Sobre todo durante el segundo lustro de la década del 70 del siglo pasado, cuando –tal como se describe profundo en este número– entraban en sinergia planetaria tipos como Jorge de la Vega, Rómulo Macció, Javier Martínez, Hugo Midón y León Ferrari, y tipas intrépidas. Entre ellas, Delia Cancela, Alicia Penalba, Nacha Guevara y Susana Salgado. Pero hay una que prima entre sus pares. Tal vez por lo hecho allí. O tal vez por un devenir que enaltece su papel en aquella Manzana Loca, Marta Minujín. Ella es como “el” rostro de aquella alocada experiencia que reunió músicos, pintores, actores. Personas con ganas de romper. De torcer. De pegar el grito –hacia dentro o hacia afuera– pero siempre en busca del hueso. De la entraña vanguardista.
Una de sus primeras performances allí se llamó Revuélquese y viva!, loca idea, cuyo objeto era de colchones multicolores rellenos de goma espuma, e imaginar lo que sea y fuera. Fue aquella una obra insigne del arte pop criollo que despelotó mentes entonces pacatas, al simbolizar una invitación al sexo libre, despojado de prejuicios. De solemnidades románticas. “Con lo de los colchones me descubrí a mí misma, lo que hice antes no era como obra mía”, dijo la artista, al hablar de la puesta, a la que espectadores y espectadoras debían ingresar en una tienda repleta de colchones multicolores, para tirarse en una cama y dar vueltas.
Año después, la envalentonada Minujín estrenó dos obras, casi un simultáneo con el Lutero teatral dirigido por Jorge Petraglia, y la versión a cargo de Mario Trejo de No hay piedad para Hamlet (Shakespeare). La Menesunda y El Batacazo, pues. Pero sería la primera la que quedaría inserta a fuego en el imaginario art argentino. Considerada como obra magistral por críticos de la época, La Menesunda –que Minujín ideó y ejecutó junto a Rubén Santantonín– consistía en una ambientación que las personas tenían que recorrer –en grupos de ocho– atravesando zonas y situaciones diferentes, sin saber qué iba a pasar en cada instancia: televisores a todo volumen, luces de neón, parejas encamadas, maquilladoras en vivo, ventiladores y luces negras, se sucedían en un continuum inesperado y sorprendente, cuyo fin era sacar al espectador de su rutina cotidiana. “No estamos para justificar ni inclinarnos ante nada, pero sí para elegir, enloquecer, arriesgar ilimitadamente hasta encontrar la propia imagen. En ella estaba todo: la cosa, el objeto, el video, la participación. La gente que no tenía idea de arte se metió dentro y vivió el arte”, señalaba la artista, que por entonces también exponía Simultaneidad en simultaneidad, e Importación y exportación. “Cuando hice La Menesunda, en tapa de Gente titularon ‘¿Loca o tarada?’. En serio. Me gritaban loca por la calle”, recordó años después, en una entrevista.
LA MENESUNDA
Al irrumpir en el Di Tella con sus performances, instalaciones y happenings, Minujín tenía 20 años. París le había abierto ya sus ojos de vanguardia, el primer año de aquella década cuando, gracias a una beca del Fondo Nacional de las Artes, se instaló en esa ciudad, y atravesó sus días allí, en un lugar en el que vivía y trabajaba por igual, sin baño ni comodidades básicas. Anterior también a su desembarco en el Di Tella fue aquel happening llamado La destrucción. En él, habilitó a sus amigos y amigas a intervenir en sus obras para luego romperlas a hachazo limpio, e incendiarlas, para que no queden rastros. Después de su experiencia en el Di Tella, en tanto, Minujín siguió sorprendiendo a propios y extraños mediante una puesta llamada Comunicando con tierra, para la cual se tomó el trabajo de extraer más de veinte kilos de tierra del Machu Picchu peruano para fusionarlos con tierras de otras partes del mundo.
La década del 70 la encontró también indagando en la sorpresa. La síntesis de su búsqueda de entonces quedó resumida en los treinta mil panes dulces con que recubrió el obelisco en 1979, bajo el nombre de Arte para descolocarte. Otra obra que asombró –más acá en el tiempo– fue la de El Partenón de Libros Prohibidos, que le mojó la oreja a la dictadura saliente, en 1983. Veinte mil libros de los prohibidos colocó allí, en pleno corazón porteño, la amiga del divo del pop art, Andy Warhol. Con él –viene también al caso– realizó en 1985 la obra en la que ella paga a él la deuda externa argentina con choclos, a manera de oro latinoamericano.
Pionera pues en esto de sacar el arte a las calles y las plazas para que la masa pueda acceder a él, la artista posó su atención –durante los 80– en los mitos griegos. A esta zaga pertenecen, entre otras, el Joven helénico fragmentándose, de 1982; y la Venus de Milo cayendo, expuesta cuatro años después, cuando buena parte de su mejor producción estaba consumada. Además de los suyo en el Di Tella, Minujín ya había pintado con 16 añitos Las 4 estaciones de Vivaldi; y con 17, la Música acuática de Haendel. Había esculpido –además de lo ya mencionado-, La Victoria cayendo. Y había ambientado la nada, a través de El Minucode. “Nosotros nos autodefinimos como pop. Arte popular, arte que todo el mundo puede entender, arte feliz, arte divertido, arte cómico. No un arte que es necesario entender, es un arte que es necesario gustar; que hace pop y lo entendés”, dijo esta mujer que ya va por los 81 años y, dado lo dado, ya nadie le grita loca por la calle, como allende los años.
