Tengo libres los jueves a las 7 de la tarde. ¿Te queda bien?”, le preguntó –agenda en mano– Roberto Villanueva a Nacha Guevara. La cita fue la génesis de Nacha de noche, primer espectáculo de la multifacética artista en el Instituto Di Tella. Corría el convulsionado año 1968. Ella se había acercado al director para plantearle que tenía un show en mente. Y él dijo que sí, sin preguntas.
En rigor de verdad, Nacha ya había tenido una participación allí. Había puesto su voz en una obra de Norman Briski, por entonces su pareja. Era la única vez que el director del Di Tella la había escuchado antes. “Roberto, como encargado del área de artes escénicas, era la persona menos burocrática y menos sectaria que he conocido. No preguntaba de dónde venías, qué sabías. Si había un lugar, él te lo daba”, contaría Nacha medio siglo después, al diario La Nación.
Cuando se acercó a Villanueva con su propuesta, Nacha tenía una docena de canciones listas. Subió al escenario con ese repertorio, guitarra y flauta. Marplatense, nacida en 1940, siempre había querido ser actriz. Pronto descubrió que como cantante tendría más libertad y tomó esa senda.
“Mi influencia en esa época venía de la canción francesa. Que si bien tenía el monopolio de la canción de amor, incluía otras que tocaban temas cotidianos, que abarcaban la crítica social. Y me incliné por ese camino (…) Busqué poemas de Carlos del Peral, César Vallejo, Fernández Moreno y les pusimos música”, contó a Clarín en 2018, cuando se preparaba para estrenar en La Trastienda el show Las canciones que nunca volví a cantar. Esas que la habían marcado en tiempos del Di Tella.
LIBERTAD Y RAZIAS
Nacha Guevara lo dijo en múltiples entrevistas: ese escenario implicaba libertad, experimentación, diversidad. Todo eso, amenazado y a la vez potenciado por la censura de Juan Carlos Onganía.
“Acá en el Di Tella había razias muy seguido, te llevaban presa por ir de minifalda. Tal vez eso hacía que fuéramos más peleadores”, dijo alguna vez. La censura estaba ahí, palpable, y a la vez contra esa censura se cantaba sin disimulo.
“Cortate el pelo, muchacho, o es que acaso te pensás / que en este país se puede ser distinto a los demás. / ¿Qué es eso del pelo largo, la polera y el blue-jeans? ¿Qué es eso de ir al Di Tella, al sarao y al happening? / La doble cero rechina los dientes. ¿Dónde está el valiente que la enfrentará?”. La milonga inspirada en la máquina de cortar el pelo que se usaba en los cuarteles tiene una historia casi literaria. Entre las muchas críticas que había recibido Nacha por su primer espectáculo en el Di Tella, una le había dejado una astilla: “Una nueva clase de insecto aterriza en el Di Tella”, escribió el periodista cultural Ernesto Schoo. Ella, según relató, lo encaró un día en el Instituto y le dijo que, ya que era tan osado para cuestionarla, le escribiera un tema para que ella cantara. Dicho y hecho: compuso “La doble cero”.
La influencia del periodista de Primera Plana estuvo en otro de los espectáculos emblemáticos de Nacha en el Di Tella: Anastasia querida. “Las cosas se ponían cada vez peor en el país y Schoo vino un día con una canción llamada ‘Anastasia querida’, que es el nombre de la censura en Francia. En realidad, la llaman
la Tía Anastasia. Una letra con música de Alberto Favero, quien le puso un tempo de marcha militar; así nació ese espectáculo que atacaba centralmente la censura. Había canciones como ‘Canción de los boludos’, ‘Una patada en el culo’. Fue un éxito”.
“Ni antes ni después de las funciones recibí algún tipo de presión de la policía o algo por el estilo”, contó Nacha al periodista Fernando García, autor de El Di Tella: historia íntima de un fenómeno cultural (Paidós, 2021). Y siguió: “Pero sí una vez fui citada a una dependencia oficial en la calle Sarmiento por un coronel que se llamaba Tabanera. Este tipo, muy formal y amable, me dijo directamente que sabía lo que estábamos haciendo en el Di Tella y que lo entendía porque toda gran ciudad necesita una cloaca por donde fluyan los desperdicios. Y que nos iba a dejar hacerlo. Pero que no iba a permitir que de ningún modo eso llegara a los medios masivos, que no iba a permitir que se me escuchara en la radio ni que se me viera por televisión. No le dije nada. Lo escuché y me fui. Y seguí cantando y haciendo lo que sabía hacer”.
EXPERIENCIA Y AÑORANZA
En el verano de 2014, Nacha participó en su ciudad natal de Ola Pop, en el Museo del Mar, con temas que cantaba en los 60 y 70. “Los jóvenes siguen deseando saber qué pasó en los 60, saber cómo era esa juventud que creía que podía cambiar el mundo con un cuadro, con un poema, con una canción”, diría años más tarde, al recordar ese show playero que dio pie al de La Trastienda.
Una y otra vez, la vuelta a aquel 1968 revolucionado en gran parte del globo, con gritos de libertad e imaginación al poder que en la Argentina resonaban en medio de la oscuridad. “Fue un momento muy especial. Luego, con la dictadura, se hizo una brecha y esos artistas que estábamos en el Di Tella no pudimos pasar la posta. Quedó la añoranza”, decía la artista en 2018.
En los 70 llegó la clausura para el Di Tella. Para Nacha Guevara, dos exilios: en 1974 y 1975. Del segundo volvió recién tras la recuperación de la democracia.
“La época del Di Tella fue extraordinaria e increíble, estoy muy agradecida de haberla vivido –destacó en 2019, en una entrevista televisiva en Intratables–. Estoy convencida que la ciencia y el arte tienen que darse mediante el ensayo y el error. Cuando uno va a lo seguro, no arriesga. Y si uno no arriesga, la mediocridad está asegurada. Buscar resultados es el pasaporte a la mediocridad. En el Di Tella no buscábamos resultados, buscábamos la experiencia”.
