Hacia mediados de los años noventa, un canal televisivo de música, por aquel entonces influyente, emitió un documental sobre el “rock nacional”. En Mejor hablar de ciertas cosas, cuyo nombre remitía a una canción de Sumo, se hacía un repaso sobre la cultura del rock en la historia argentina. Con el regreso de la democracia, dos tópicos ocuparon un lugar central. La supuesta frivolidad de las bandas emergentes y, posteriormente, la futbolización del rock condensada en la rivalidad “Soda” vs. “Redondos”. Entre quienes opinaban acerca del segundo tópico, dos integrantes de Los Babasónicos sintetizaron la imbricación entre la cultura del rock y la historia nacional: “Esa típica idea estúpida de la prensa de River-Boca […] de nitarios y federales, viene desde French y Beruti”. Haciéndonos eco de otra idea más reciente de la prensa, en dicho derrotero, deberíamos agregar “la grieta” entre peronistas y antiperonistas. En efecto, parecería que estamos destinados a los enfrentamientos o “las grietas”. Sin embargo, no somos tan excepcionales ni originales. Desde la Grecia clásica, la historia de Occidente se ha construido sobre una lógica de oposiciones binarias.
Un año después de que Gustavo Cerati sufriera un ACV, en una entrevista realizada por La Garganta Poderosa, el Indio Solari manifestó: “A uno le pasa con los colegas cosas extrañas […] A mí lo que no me gusta es que me perdí de todo lo que podría haber hecho John Lennon, que yo lo extraño. Y me pasa lo mismo con Gustavo […] La famosa rivalidad, en mi caso nunca existió. Y supongo que en el caso de él tampoco existió nunca jamás. Pelotudeces que tienen que ver con las diferencias, como Boca-River, que existen para alimentar ese vértigo del consumo de las cosas”. Tiempo después, al fallecer Cerati, Solari se despidió públicamente con un texto donde sostuvo: “Me has hecho disfrutar de tu dulce voz y de tus espléndidos juegos con las guitarras […] Mi aplauso para vos”.
Salvando las distancias, las palabras de Solari nos retrotraen a las que pronunció Ricardo Balbín en el funeral de Juan Domingo Perón el 4 de julio de 1974. En aquella ocasión, el dirigente del radicalismo dijo: “Ahí nace una relación nueva, inesperada, pero para mí fundamental. Porque fue posible ahí comprender, él su lucha, nosotros la nuestra, y a través del tiempo y las distancias andadas, conjugar los verbos comunes de la comprensión de los argentinos […] Este viejo adversario despide a un amigo”. En el marco de los 50 años de la muerte de Perón, “rivalidad”, “verbos comunes”, “adversario” y “amigo” nos llevan a pensar sobre la textura de “la grieta” entre peronistas y antiperonistas.
LA TEXTURA DE LA GRIETA
Sería erróneo sospechar que las referencias a las despedidas de Solari o Balbín niegan la existencia y, menos aún, la centralidad de dicha polarización. Su potencial no solo marcó buena parte del siglo XX argentino. Pensar sobre la textura de “la grieta”, sí nos lleva a preguntarnos qué es el peronismo y qué es el antiperonismo. Hay quienes consideran que tales preguntas tienen respuestas simples y evidentes. Ciertamente, las posiciones de Milei y Moreno no son las mismas, son diametralmente opuestas. Ahora bien, ¿podemos afirmar lo mismo si tenemos en cuenta los papeles desempeñados por Sampay, Vandor, Rucci, Fernando Abal Medi-na, Carlos Menem o Néstor Kirchner? ¿Y con los de Ghioldi, Palacios, Codovila, Frondizi, Balbín, Mauricio Macri o Ricardo Alfonsín? ¿O, según desde donde se los mire, con los de los réprobos o redimidos de Jauretche, Reyes, Dickmann, Farías Gómez, Puiggrós o Patricia Bullrich?
La textura y el potencial de “la grieta” abarcan más que una imagen. Si nos apartamos de una imagen y nos centramos en la película, es posible aventurar una interpretación distinta: no resulta tan simple y evidente lo que son el peronismo, el antiperonismo y, por lo tanto, la textura de “la grieta”. Si nos centramos en la película, vemos que los contextos cambian, por ende, cambian los protagonistas y roles, o bien que aquellos actores que mantienen su protagonismo en distintos contextos también suelen cambiar de actitudes y comportamientos. No es tan simple y evidente afirmar que el enfrentamiento entre peronistas y antiperonistas supone dos polos cerrados y diametralmente opuestos. Retomando las palabras de Balbín, la conjugación de los verbos comunes en la comprensión de los argentinos nos permite pensar que la potencia de esta “grieta” también puede deberse a los puntos en común entre ambos; donde la disputa radica en torno a la legitimidad para poner el mundo en palabras y la determinación de los lugares que ocupan cada uno de los rivales. De allí que, siguiendo a Giuseppe Duso, interrogarnos por los conceptos que habitan en las palabras que usamos es una forma de preguntarnos por cómo nos definimos. “Las grietas” políticas no se cierran. Los intentos de cerrarlas dan cuenta de los períodos más oscuros en la historia argentina. Dichos intentos “alimentan ese vértigo de consumo” de odio, miedo, resentimiento y pretensiones de unanimismo. “Las grietas” nos separan y, al mismo tiempo, nos unen. Por ello, nos constituyen. La unidad de una sociedad se establece negativamente, a través de sus oposiciones. Retomando una palabra de moda, muchas veces usada lejos de los sentidos derridianos, “las grietas”, en todo caso, se deconstruyen.
