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Caras y Caretas

           

Amigos son los amigos

Carlos Mugica y su familia formaron parte de la clase más acomodada del país, pero como sacerdote él trabajó en las villas. Sus relaciones de ambas realidades lo recuerdan con el mismo cariño.

Nació en una familia de elite, sello ineludible marcado por el doble apellido. Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe fue hijo de Adolfo Mugica y Carmen Echagüe, ambos de linajes destacados en la escena política y social argentina. Su padre fue un político conservador, y su madre, descendiente del general Pascual Echagüe, que fue gobernador de las provincias de Entre Ríos y Santa Fe y ministro de Guerra y Marina durante los gobiernos de Urquiza y Derqui. Ambos le inculcaron a su hijo los valores del patriotismo desde una óptica más bien conservadora. Resta decir que hacia el peronismo no cultivaban ningún tipo de simpatía.

La política era parte de su vida y de su familia. Adolfo Mugica fue diputado de la entonces Capital Federal por los conservadores, secretario de Obras Públicas en la Municipalidad de Buenos Aires y canciller de Frondizi. No sorprende tanto entonces que, en 1955, su hijo Carlos, que entonces tenía 25 años, asistiera a la Plaza de Mayo a apoyar el golpe contra Perón con Mariano Grondona, uno de sus amigos más cercanos.

Poco tiempo después, su vida dio un vuelco radical: dejó de estudiar Derecho, se entregó al sacerdocio, se convirtió al peronismo, y la misma plaza que lo había visto festejar su derrocamiento, lo escuchó decir: “Yo me quedo con Perón” el 1 de mayo de 1974, mientras el General echaba a los Montoneros.

A pesar de que la vida los puso en veredas políticas opuestas, Carlos se llevaba muy bien con sus padres, especialmente con Adolfo, con quien tenía grandes intercambios sobre este asunto. Vivía con ellos en una casa en Recoleta, en la calle Gelly y Obes. Su habitación estaba en la terraza de uno de los barrios más exclusivos del país, un contraste marcado con su trabajo en la villa, reproches de los que no estaba exento, a los cuáles contestaba que le gustaba pasar tiempo con su familia, y que a su familia le pasaba lo mismo con él, placer del que no pensaba ni privarse ni privarlos.

En el año 50, Carlos Mugica viaja a Roma y allí comienza a rondar la idea de volcarse hacia el sacerdocio. Dos años después de ese viaje, se decidió a seguir ese camino. Según cuenta Ceferino Reato en el libro Padre Mugica. ¿Quién mató al primer cura villero?, su padre no estaba muy conforme con esta elección y le dijo: “Pero, Carlos, si a vos te gusta todo, te gusta el cine, las mujeres, el fútbol, ¿cómo vas a dejar todo eso?”. A diferencia de Adolfo, Carmen quería tener o un hijo sacerdote, o una hija monja. “Carmen, Dios te escuchó, vamos a tener un sacerdote en la familia”, le dijo, y ella casi se desmaya de la alegría.

LOCO POR EL FÚTBOL

A Carlos le gustaba el fútbol, es cierto, sus amigos lo confirman. Todos los jueves jugaba con un seleccionado del Seminario, cuenta su amigo de estudios y sacerdote Domingo Bresci. “Hicimos un seleccionado del Seminario, y él trajo para hacer un partido con el equipo de Racing. Era, se diría hoy, el asesor espiritual del equipo. Tenía ese rasgo muy popular del tipo de la cancha, que iba y gritaba, y se volvía loco por el fútbol”, cuenta en El inocente, una biografía de Mugica escrita por María Sucarrat.

Otro amigo suyo, Fernando “el Pato” Galmarini, reporta haber jugado con ese seleccionado en la quinta de los Rodríguez Larreta y en el seminario. La familia Mugica Echagüe y la Rodríguez Larreta, naturalmente, tenían una relación de amistad. Galmarini también recuerda que era amigo de Oreste Osmar Corbatta, un futbolista que tuvo un paso por Racing, a quién Mugica encomendó alfabetizar. Para ello, le pidió como favor a su amiga Lucía Cullen, con quien compartían la militancia la Villa 31. Lucía, en 1976, fue secuestrada y continúa desaparecida. “Creo que, al final, Lucía hasta se hizo hincha de Racing por Carlos”, recuerda el Pato en el libro Corbatta. El wing, de Alejandro Wall.

El día que lo asesinaron, un amigo suyo, Ricardo Capelli, estaba ahí. Se conocían desde chicos, Ricardo cree que se conocieron cuando él se coló en un cumpleaños de la hermana de Carlos, que tenía seis hermanos. “Yo no soy religioso ni creyente, pero nos unió la militancia respecto de lo que sentíamos por los pobres, los excluidos. En eso trabajamos y luchamos durante todos esos años. Recuerdo una vez que fuimos a los conventillos de la calle Catamarca y nos dimos cuenta de que la gente estaba realmente mal por la caída de Perón, que nosotros habíamos festejado. Rápidamente tomamos conciencia de que éramos nosotros los que estábamos equivocados. Él después tomó la decisión de entrar en la Iglesia”, recuerda Ricardo.

Capelli, quien luego del asesinato a Mugica permaneció internado tras recibir cuatro balazos, tiene una posición poco ingenua con relación a la complicidad de la Iglesia con el atentado del padre. Para él, fue cómplice, y resalta que además de su empeño hubo dos elementos de su carácter que lo ayudaron a expandirse en su militancia: la inteligencia y el carisma de Carlos. Mariano Grondona, por su parte, opina que la llegada de su amigo a los pobres tuvo que ver con el amor, con la caridad cristiana y no con el resentimiento hacia las clases altas. Una flexibilidad que le permitía transitar y relacionarse con diferentes mundos.

Luego de su asesinato, otro amigo suyo, el padre Pichi Meisegeier, quedó al frente de la capilla Cristo Obrero en la Villa 31. Además de acompañar a quienes quedaron aquí y continuar el legado de su obra, cuidó el archivo personal de Carlos: papeles, cartas, libros, recortes de diarios en los que figuraba, fotos, panfletos, amenazas y falsas acusaciones.

Escrito por
Marina Amabile
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