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El héroe cancelado

Ilustración: Juan José Olivieri
Ilustración: Juan José Olivieri

El capitán Pedro Giachino fue el primer soldado argentino caído en combate en la guerra de Malvinas. Fue considerado un patriota. Sin embargo, cargaba con la condena de su oscuro pasado.

Con apenas 18 años de edad, Marisa Peiró era una de las insignes enfermeras vinculadas, en 1982, al conflicto del Atlántico Sur. Pero su puesto de lucha no fue el teatro de operaciones sino el Hospital Naval de Puerto Belgrano.

En la noche del 2 de abril, ingresó con apuro a la sala de guardia, pero ninguno de sus dos únicos ocupantes reparó en ella, pese a que solo uno estaba muerto. Se trataba del capitán de corbeta Pedro Edgardo Giachino.

A su lado gemía Ernesto Urbina, cabo de la Armada.

Acababan de ser traídos en helicóptero desde Puerto Belgrano.

Ambos habían sido baleados por soldados ingleses tras el desembarco argentino en las islas Malvinas.

La enfermera Peiró contempló por un instante la cara del difunto, antes de cubrirlo, solemnemente, con una sábana. Sabía que estaba ante un héroe, el primero de aquella gesta patriótica.

UN HOMBRE LLAMADO PETRUS

Fue cuatro días antes cuando la señora Cristina Naury de Giachino percibió en su esposo cierta pesadumbre. Este acababa de llegar de la Basa Naval Mar del Plata, donde prestaba servicios. Lo cierto es que tardó media hora en decir que a la mañana siguiente partiría hacia un “ejercicio naval”.

Ella le creyó a pies juntillas.

Esa noche, el capitán permaneció en la habitación de sus dos pequeñas hijas hasta que se durmieron. Entonces, las besó con una triste dulzura.

Esa noche, el capitán descorchó una botella de Dom Pérignon y puso en el combinado un disco de Julio Iglesias.

Esa noche, Cristina y él, muy abrazados, bailaron envueltos por la suave melodía de “Cucurrucucu paloma”.

Esa noche fue demasiado corta.

Al alba, Pedro Edgardo partió hacia su destino.

Aquel día, Cristina se topó en la calle con un camarada de su esposo, el capitán Covarrubias, quien le soltó a boca de jarro:

–¿Te dijo él a dónde va?

–Sí. A un ejercicio.

–No va a un ejercicio. Se va a la guerra.

Y tras calibrar la reacción de su interlocutora, agregó:

–A esta hora debe ya estar embarcado en el Santísima Trinidad. Pero no vayas al apostadero naval porque le vas a hacer daño.

Ella le hizo caso.

El 3 de abril leyó en la portada del diario Clarín un titular que disipó su angustia: “Euforia popular por la recuperación”.

Ya al mediodía, vio por la ventana que un auto negro estacionaba ante la puerta de su hogar. De la cabina emergió el jefe de la base naval, acompañado por otros dos uniformados.

–¿Señora Giachino? –le preguntó, no bien ella abrió la puerta.

Ella asintió, antes de que el oficial, dijera:

–¿Podemos pasar?

Ella les franqueó el ingreso.

Tras tomar asiento, mientras los otros dos permanecían de pie, el tipo carraspeó, antes de decir:

–Usted sabe que tomamos las Malvinas…

Ella parpadeó. Y él completó la frase de corrido:

–Pero hubo una baja, desgraciadamente. Esa baja es su esposo.

En ese instante entraron al living sus dos hijitas, al grito de: “¡Papá está en la televisión! ¡Papá está en televisión!”.

Y la más chica, de apenas cuatro años, quiso saber:

–¿Qué quiere decir “falleció”?

Cristina, entonces, cayó de bruces, desmayada.

También en ese mismo instante, pero lejos de allí, Gabriel Della Valle, un estudiante que militaba en el Partido Socialista de los Trabajadores (PST), quedó estupefacto ante otro televisor. Hacía un lustro había sido “chupado” por una patota de la Armada, y permaneció cautivo durante una semana en la Base Naval marplatense, en medio de bestiales interrogatorios. Ahora veía en la pantalla una foto de su secuestrador. La mirada pétrea de ese hombre le heló la sangre. Era nada menos que Giachino.

Quizás ignorara que, por esa mirada, su nombre de guerra era “Petrus”.

¡SI QUIEREN VENIR, QUE VENGAN!

Ese capitán de la Armada, sin otra experiencia bélica que irrumpir a patadas en domicilios civiles durante la llamada “lucha antisubversiva”, utilizó aquel método para intentar la captura del gobernador colonial de las islas Malvinas en su residencia. Pero una bala británica lo frenó para siempre.

Horas antes, las tropas argentinas habían desembarcado allí.

La invasión sorprendía a la opinión pública internacional, mientras una explosión de euforia triunfalista estallaba en Buenos Aires.

Sin embargo, todo indica que los Estados Unidos estaban ya al tanto de los preparativos del asunto. Algo que en tiempo y forma supieron transmitir a Londres.

Jaqueado por el desplome económico y la creciente ola de protestas, el general Leopoldo Fortunato Galtieri había emprendido la ocupación militar de ese territorio con la esperanza de perpetuar así la dictadura en el poder.

Fue el 10 de abril cuando el secretario estadounidense Alexander Haig se reunió con él para encontrarle una “solución” al conflicto.

Ese sábado, mientras el enviado de Ronald Reagan concluía la visita, los noticieros mostraban al anfitrión, un sujeto ancho con mirada acuosa, en el balcón de la Casa Rosada.

La multitud exaltada y desafiante coreaba una y otra vez “La marcha de San Lorenzo” y el Himno nacional, rematando las últimas estrofas con saltitos, antes de vociferar: “¡Argentina! ¡Argentina!”.

El dictador observó a su público con satisfacción; seguidamente, bramó:

–Que sepa el mundo, América, que un pueblo con voluntad decidida como el pueblo argentino…

El griterío se impuso sobre su voz. Y la frase quedó inconclusa. Luego, sin solución de continuidad, volvió a bramar:

–¡Si quieren venir, que vengan! ¡Les presentaremos batalla!

Su bravuconada se prolongó hasta el 14 de junio. Aquel día ocurrió la capitulación argentina ante el comandante británico Jeremy Moore.

Aun así, Giachino se había convertido en el gran héroe de esa guerra. Una paradoja, puesto que, si hubiese sobrevivido a la contienda, posiblemente estaría ahora preso por delitos de lesa humanidad.

TRAS SU MANTO DE NEBLINAS

Hay alguien que guarda un vívido recuerdo de Petrus: el ex suboficial Alfredo Molinari. Y ese recuerdo incluye su voz filosa como una bayoneta.

–¡Fusílelo, cabo! –supo ordenarle en un oscuro atardecer de 1977.

Frente a ellos había un prisionero con capucha, esposado y de rodillas. La escena transcurría en el “chupadero” del destacamento de buzos tácticos de Mar del Plata. Molinari se negó. Y ello causó la ofuscación de Giachino.

–¡Basura! Usted no se merece ser un infante de Marina, mándese ya a mudar de aquí –fueron sus palabras.

El pobre Molinari fue degradado y pidió la baja meses después. Ya bajo el imperio de la democracia, denunció el asunto ante la Justicia federal.

Giachino era el jefe de esa mazmorra de la Armada, donde habrían sido alojadas medio millar de personas.

Ese sujeto se creía un cruzado de los valores occidentales y cristianos. Tanto es así que, cuando asistía a la Escuela de Oficiales de esa fuerza, dejó asentado por escrito el siguiente deseo: “Obtener un puesto que me permita intervenir activamente en la lucha contra la subversión”. También amasaba otro sueño: cursar estudios en la Escuela de las Américas, en Panamá. Pero ese anhelo no se le cumplió.

En 2001, durante el Juicio por la Verdad, fue denunciado por algunos sobrevivientes del terrorismo de Estado –como la trabajadora social Luján Gutiérrez– por ser el oficial que los torturó. Pero como ya estaba muerto, no se efectuó ninguna investigación sobre su papel en la represión ilegal, y su legajo fue archivado.

La figura de Giachino genera sentimientos encontrados. Por caso, en la ciudad de Comodoro Rivadavia se libra una polémica para que sea modificado el nombre de la calle Pedro Giachino, en el barrio Namuncurá. Y en 2011, el Concejo Deliberante de Mar del Plata decidió descolgar su retrato del recinto, por solicitud de la Comisión Provincial de la Memoria y otros organismos de derechos humanos. La medida contó con el apoyo de algunos ex combatientes. En compensación, esa urbe cuenta con un grupo nazi llamado La Giachino.

En marzo de 2018, a punto de cumplirse el trigésimo octavo aniversario de la gesta Malvinas, el intendente de la ciudad mendocina de General Alvear, Walther Marcolini, organizó una sencilla pero emotiva actividad: el encuentro entre el cabo Urbina y la enfermera Peiró, la misma que, en aquel ya remoto 2 de abril, le hiciera las primeras curaciones a sus heridas, tras ser baleado con Giachino. Pero en esta oportunidad ni ella ni él, y menos aún el intendente, se refirieron al héroe cancelado.

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Ricardo Ragendorfer
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