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El violento oficio de bailar II

El tango está en deconstrucción galopante. Entre varones, los debates y las opiniones se dan en ámbitos privados. Los hay perdidos, enojados, guardados, comprensivos, condescendientes, y los hay también compañeros en la lucha.

Me crucifican y yo debo ser la cruz y los clavos.
Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta.
Me engañan y yo debo ser la mentira.
Me incendian y yo debo ser el infierno.

“Se me viene a la cabeza ‘El cómplice’ de Jorge Luis Borges”, dice Pablo Retamar, bailarín y docente de tango, organizador de milongas y conciertos en ámbitos gubernamentales y “marginales”, según adjetiva, desde La Plata hasta Constitución parando en todas. Dentro del ámbito de la danza, su percepción es que el tema de género es condición latente que inevitablemente sucede con contradicciones dadas por los miedos que genera su incandescencia; hasta una opinión –suponiendo con buena leche y para el debate– es mirada si no con oprobio, con desafío.

Fuma y toma un trago de su aperitivo Amargo Obrero para continuar: “La danza de por sí está atravesada por lugares y roles, es decir, uno de los centros de discusión del sistema patriarcal imperante; y la reivindicación de género está ligada a estereotipos, estéticas y demases. Entonces, que en la discusión general se entienda que la masculinidad reinante no es parte del problema sino determinante para el sometimiento histórico como parte de un soporte sistémico que tiene que modificarse será acaso –para la gloria o para el fuego– un suceso que el tango no puede ni podrá eludir”.

–La historiografía del tango habla de la génesis del baile desde la sexualidad. De su origen en los prostíbulos, en los encuentros entre los nuevos trabajadores urbanos con prostitutas en su mayoría francesas. Pero, desde hace casi tres décadas, el baile comenzó a tener otros significantes, fue evolucionando y modernizando. ¿Los cambios se hicieron carne en la práctica de baile?

–No ha sido una lavada de cara. Existe una defensa de la imagen, de la estética que se sostiene en muchos casos por parte de las propias mujeres y en algo del lenguaje también; una defensa de la caballerosidad que tiene instalada esa estética, cuya vida comienza en el cabeceo, pero la encontramos en otras cuestiones. Sin embargo, creo haber entendido que la evolución más grande que se ha dado es en la cuestión de los roles. Lo que hay que romper es la idea de que uno lleva a otro, porque implica como mínimo una menor actividad del rol por parte de ese otro.

Un testimonio que se repite entre los entrevistados y colegas docentes (de cualquier género) es que para dar clases y dejar de usar todo el tiempo los motes “hombre y mujer” para que todos se sientan incluidos, se habla, por ejemplo, de conductor-conducido o leader-follower, pero a muchos no les gusta utilizar palabras en inglés, a otros no les cierran los conceptos, pero a todos se les termina trabajando la lengua.

Retamar dice que en la cuestión estrictamente machista la labor de los varones es enorme. Constante. Miembro de la Asociación Trabajadores del Tango Danza (TTD), mueve las manos como dirigiendo la melodía de su propio discurso. Hace una pausa luego de su tercer cigarrillo y prosigue cuando le pregunto qué efecto tiene en la milonga el movimiento de mujeres.

–Hace más de un año que no voy a una milonga, me agarrás en pandemia. –Sonríe y nos trae de vuelta a la realidad–. Creo que tiene un eco muy grande todo lo que viene sucediendo alrededor, adentro de la milonga, por ejemplo, se sentía todo lo que hubo atrás del aborto; la capacidad de visibilidad que tiene es enorme.

Dice que en las clases sintió el efecto, donde el varón se ve disminuido perdiendo un lugar cuando aparece una chica que se le planta con alguna cuestión técnica. En ellos, en general, repercute de forma negativa, padecen impotencia por ese discurso creado sobre la necesidad de manejar la situación. “Alguien que arranca a bailar y le dicen que tiene que llevar, le calza por todos los costados”, afirma. 

–Me sacaste la pregunta de la boca. ¿Los varones sienten que pierden protagonismo?

–Creo que sí. Se está viviendo como una pérdida, hay quienes están enojados. Por eso muchas de las defensas sobre el tango han aparecido desde un lugar estético, porque también es lo políticamente correcto de donde defenderse. ¿Quién va a decir: “Dejá que yo te llevo porque soy machista”? –Por la noche caería una lluvia torrencial sobre Buenos Aires y el cabello de Pablo ya comenzaba a enrularse.

DECONSTRUIME QUE ME GUSTA

–¿El tango es machista?

–No creo que el tango sea machista, sino que las personas lo son y el tango las une. Las letras de tango, o por lo menos los tangos más conocidos, se escribieron en una época en la que el mundo era machista, en los años 30 las mujeres no tenían derechos civiles, recién después de 1947 la mujer pudo votar –reflexiona Fernando Galera, bailarín de tango desde hace treinta y cuatro años, que además bailó folklore desde los ocho–. Sí el tango fue machista y se fue trasladando como lo hace la información celular. Cuando el tango se comenzó a profesionalizar y se tecnificó la enseñanza, se empezó a hablar de marca, de seguir, llevar. Transmitimos lo que aprendemos a veces sin analizarlo y las palabras tienen importancia.

Galera se dedicó en los últimos años a la enseñanza, a la participación en festivales internacionales de tango y hace una década organiza el propio en la capital porteña. Rememorando su carrera, cuenta:

–Bailé 18 años con Vilma, la madre de mis hijos, con quien creció mi carrera, y nosotros decíamos “el tango es 50 y 50”. Pero un día, escucho a una bailarina con la que trabajé después, Silvina Valtz, decir “el tango es 100 y 100”. Me explotó la cabeza. Yo ya hoy no disfruto que la mujer me siga, no disfruto un baile donde yo marco, yo propongo y la mujer baile mi música, mi baile, disfruto cuando hay devolución.

Hace unos años Fernando impartía un seminario para la época del Mundial de Tango, incluso entre los alumnos se encontraban parejas concursantes en las que se trataba de invadir al otro y usarlo. Recuerda la experiencia: “Al final les pregunté cómo se habían sentido. Me respondieron que incómodos. OK, dije yo, ¿pero está bueno o qué? ‘¡Sí! ¡Buenísimo!’, dijeron. ‘¡Ahora siento que estoy bailando con ella!’ Y ellas decían: ‘¡Siento que estoy bailando y no que lo estoy siguiendo!’ Eso me deja tranquilo”.

Para cerrar el concepto, explica que vio a las milongueras bailar llevándose puestos a los tipos, que ellos giraban porque ellas los hacían girar, porque los enrosques que hacían… con zapatos de calle. Se lleva la mano al mentón y mirando hacia arriba, dice:

–Yo pensaba que había algo en el discurso que no se condice con el baile que estoy viendo. Me di cuenta de que antes era de igual a igual. El discurso se arrastra, pero no era la realidad. Lo que a mí me atrae es poder traer a la realidad todo mi aprendizaje con mis alumnos.

Piensa que la generación después de la suya se puso a analizar eso entre 2000 y 2010 pero él estuvo en contra de todo lo que creía que iba a ser un gran cambio para el tango, de todo que lo hiciera perder su esencia, pero al final vio aquel proceso como una evolución. Hoy sí la ve. Y fue gracias a los cambios socioculturales.

–Hay cosas que me cambiaron la vida teniendo una hija. Un día le dije a mi pareja “yo te lavo los platos” y Morena (de catorce años) me lo hizo escuchar. Y después de esa discusión ya todo cambió. Vas a una clase y escuchás “te bailo”, “yo le marco”, “yo la hago lucir”, “el hombre invita a la mujer a girar”, y te hace ruido –dice convencido y por momentos levanta los hombros como si le diera escalofríos lo que describía y estaba naturalizado.

Galera es de los que analizan su historia personal y por eso recalca que cuando no se evalúa lo que se hereda de los padres lo más probable es que se repitan patrones sucesivamente por generaciones. Por eso, relata:

–Me salí de dos grupos de WhatsApp porque no me bancaba más los chistes. Porque podés no festejar el chiste, que es donde empieza todo, o simplemente irte porque no te va. Yo he hecho chistes o piropos, pero ya no. Tengo una hija adolescente a la que le cuesta caminar por la calle. Los hombres no vivimos eso. En el tango muchas veces pasa por la vestimenta, como que a los hombres no nos entra en la cabeza que se pueden vestir para ellas mismas y que no lo hacen para nosotros o porque quieran algo.

Se ríe para contar que los almuerzos de los domingos con su viejo y sus amigos de setenta y cinco años son una clase de ESI. Y algo parecido le pasa en milongas: “Hay milongueros grandes, a los que les digo cuando veo una situación: “Ya no va eso y está bien que sea así, si no estás acostumbrado, bueno, te tenés que acostumbrar, aunque sea en los últimos años, es así”. –El tema lo entusiasma y continúa:

–Yo sé que estamos aprendiendo, que nos falta mucho, desaprender algo cuesta un motón. También ahora todo se potencia porque estamos en el medio de la revolución. Pero entiendo que es necesaria.

–Aunque como varones pierdan protagonismo o poder.

–Eso me gusta. Me gusta este momento. Entendí que el tango en este momento es un juego. A mí me gusta improvisar (en el baile), que quiere decir que podés llegar a lugares que no tenías pensados. Y bueno, a disfrutar el camino. Antes no me gustaba perder el control, hasta que un día me dije “¿y por qué no?”.

–¿Cómo te imaginas el futuro?

Del otro lado de la pantalla, responde:

–¿Qué futuro? El futuro es hoy.

Escrito por
Pamela Damia
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