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EL REPRESOR QUE VIO LA LUZ

Se hacía llamar Christian, era un civil enrolado en el Batallón 601 de Inteligencia y, como tal, participó de operativos por toda América Central y otros países latinoamericanos. Hasta que, en los 80, cayó preso por tráfico de drogas y todo cambió.

El 15 de febrero de 2002 llegó a San Pablo en un vuelo desde Buenos Aires. Lucía una camisa rosa con cuello sacerdotal y un pesado crucifijo. Era un alto dignatario de la llamada Iglesia Ortodoxa Bielorrusa Eslava. Ese mismo día se le concedió el gran honor de presidir la Capellanía General para la República Argentina. Su carrera fue meteórica, a tal punto que en 2008 obtuvo el rango de archieparca y fue puesto al frente del obispado de Milán. Entonces adoptó el seudónimo Valerián de Silio.

¿Tanta pompa en un culto no reconocido por la Cancillería? ¿Acaso se trataba de un charlatán de feria? Lo cierto es que nadie imaginaba lo que él en realidad era: un represor de la última dictadura. También fue un soldado de la integración continental. Pero no en el sentido sanmartiniano de la palabra. Su nombre: Mario Alberto Mingolla Montrezza.

EL INTERNACIONALISTA

En Buenos Aires, durante el mediodía del 2 de septiembre de 1980, el Teatro San Martín parecía una fortaleza; un férreo dispositivo de seguridad robustecía ese parecer. Allí transcurría el IV Congreso de la Conferencia Anticomunista Latinoamericana. Y hubo un sonoro aplauso cuando su anfitrión, el general Guillermo Suárez Mason, concluyó el discurso de apertura.

Junto al estrado, un muchacho con anteojos espejados aplaudía a rabiar. Pertenecía al Grupo de Tareas Exterior (GTE) del Batallón 601. Había llegado desde la capital boliviana, a donde volvería tras culminar el evento. Se trataba de una pieza clave del armado internacionalista del Ejército. Todos le decían Christian. Así se hacía llamar Mingolla.

Sus andanzas por fuera del territorio nacional habían tenido un paso previo: América Central. A fines de 1979 fue enviado de comisión a Honduras –junto a otros cuarenta oficiales y agentes del Ejército encabezados por el teniente coronel José Osvaldo Riveiro y el mayor Santiago Hoya– para adiestrar, con apoyo de la CIA, a contras nicaragüenses y escuadrones de la muerte de El Salvador, Guatemala y ese país. Los hombres del GTE se dedicaron, además, a cometer secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones en toda la región. En aquel contexto, su salto hacia Bolivia fue previsible.

EL DELATOR

Durante el alba del 17 de julio de 1980, la presidenta boliviana, Lidia Gueiler, despertó sobresaltada por el persistente ruido de un helicóptero y los disparos que sonaban a la distancia. La radio transmitía la “Marcha Talacocha”, un signo inequívoco de que su mandato acababa de finalizar de manera abrupta.

El golpe de Estado comenzó con el levantamiento de la guarnición de Trinidad, capital del departamento del Beni. El emprendimiento del general Luis García Meza y el coronel Luis Arce Gómez –con apoyo logístico del criminal de guerra nazi Klaus Barbie, junto con el financiamiento del “Barón de la Cocaína”, Roberto Suárez, y un selecto grupo de empresarios santacruceños– se llevó a cabo de acuerdo con lo planeado en los anteriores siete meses.

Eso coincidió con el arribo de los militares argentinos: 150 efectivos del Batallón 601; muchos de América Central; entre ellos, Mingolla. Se dice que él solía ufanarse del trato afectuoso y paternal que le dispensaba Barbie. El alemán se había fascinado con él. ¿En qué parte de su ser estaba depositado su encanto?

Con sólo 24 años, Mingolla supo encubrir con eficacia ciertos capítulos de su pasado. Pero eso no incluía su temprano vínculo con el grupo fascista Concentración Nacional Universitaria (CNU). Esa, justamente, fue la vía que lo llevó a enrolarse como agente civil en el Batallón 601. Y hay testimonios que señalan su presencia como interrogador en el centro clandestino que la Policía Federal regenteaba por cuenta del Ejército en sus talleres mecánicos de la calle Azopardo.

En su paso por Bolivia no ocultó su solvencia operativa. Era diestro tanto para infiltrarse en grupos de izquierda como para ir de cacería nocturna con las patotas de nazis alemanes, franceses e italianos importadas por Barbie. Y también fue un cultor del contraespionaje; adscripto al Departamento VII (Operaciones Psicológicas), descolló por el carácter preciso de sus informes.

En La Paz, estaba a sus anchas. Ese sitio era entonces un santuario para represores, mercenarios y terroristas de ultraderecha. No en vano Arce Gómez había aconsejado a los opositores “andar con el testamento en el bolsillo”. En sólo doce meses hubo 500 asesinatos y cuatro mil detenidos.

García Meza cayó el 4 de agosto de 1981. Mingolla quedó al servicio de su reemplazo, el general Celso Torrelio Villa. Así lo señala en 1983 el propio Christian en un formulario del Ministerio del Interior, pero sin mencionar su participación en la “narcodictadura”. Por esos días, ya gobernaba el presidente democrático Hernán Siles Suazo. ¿Qué retenía a Mingolla en La Paz? ¿Acaso estaba impedido de su libertad? Nada se sabe al respecto.

Sin embargo, un documento desclasificado de ese ministerio es en tal sentido revelador. Es un informe rubricado por Mingolla el 21 de septiembre de 1983; allí proporciona información exacta de las unidades paramilitares del régimen militar, los organigramas secretos de los servicios de inteligencia y la identidad de todos sus miembros. En el paper, Mingolla consumó un auténtico hito en el ejercicio de la delación: se denuncia a sí mismo en tercera persona.

Desde ese instante, no hubo otros vestigios de su existencia. Hasta el 26 de marzo de 1987, cuando fue detenido en un paso fronterizo por la Policía Militar de Brasil a bordo de una camioneta; allí escondía 375 kilos de cocaína.

EL MILAGRO DE LA REDENCIÓN

Alojado en una cárcel del estado de Santa Catarina, Mingolla se relacionó con presos evangelistas. En aquellas circunstancias, vio la luz del Señor. Y se puso a predicar su palabra.

Cumplida su condena, fue capellán penitenciario por cuenta del Consejo Nacional de Pastores. Después se volcó al culto siriano, antes de recalar en la Iglesia Ortodoxa Bielorrusa Eslava. Un culto –según la DEA– no ajeno al tráfico de drogas, de armas y al lavado de dinero.

Su última aparición pública ocurrió el 2 de diciembre de 2011, durante la visita a Buenos Aires del jefe mundial de esa iglesia, el obispo Athanasius. Desde entonces su paradero es un misterio. Se dice que ciertas denuncias por estafa lo han retirado de circulación.

No obstante, en diciembre de 2012 el dueño de una tienda de libros antiguos del centro de Córdoba aseguró haber hablado con un cliente que dijo llamarse Mario Mingolla Montrezza. Sólo que aquella vez esgrimió una nueva ocupación: geólogo. Y que residía en la ciudad española de Valencia.

Quizás algún día sea juzgado por sus crímenes de lesa humanidad.

Escrito por
Ricardo Ragendorfer
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