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UN SECRETO Y UN CLAVEL

Adrián era bailarín de revista y había encontrado el amor en un funcionario de banco chileno. Ambientes incompatibles, acaso, preservaron sus espacios, pero las cosas se mezclaron de la peor (e insospechada) manera.

Por Ricardo Ragendorfer. Al danzar, metido en un enterito plateado muy ceñido, sacudía su melena con frenesí. Era el primer bailarín del ballet que acompañaba a Susana Giménez en su debut como vedette. Ella lo adoraba. Y al concluir el cuadro desaparecieron por un costado tomados de la mano; la ovación era apoteótica. Semioculto tras un pliegue del telón, el coreógrafo Salvador Estévez les obsequió una sonrisa. A un metro, los hermanos Gerardo y Hugo Sofovich, a cargo de la dirección del espectáculo, susurraban una indicación al oído de la mítica Nélida Roca, ya emplumada como un pavo real para salir a escena después del sketch que ahora iniciaba Alfredo Barbieri con el Gordo Porcel. Así, durante la noche del 22 de abril de 1974, transcurría en el teatro Astros el estreno de La revista de oro. Y él, un humilde muchacho de Lanús Oeste, sentía que por fin jugaba en las ligas mayores. Hugo Zambelli odiaba su nombre de pila. Por eso lo había reemplazado por uno más acorde con su ser: Adrián. Lo cierto es que su existencia fue un ejemplo de tesón y progreso personal. En ello, indirectamente, tuvo que ver su fanatismo por Rita Hayworth. Porque durante un ya remoto sábado de 1969 se recluyó en su piecita, situada al fondo del salón de belleza barrial donde era podólogo y peinador, para ver en el ciclo Hollywood en castellano la película Salomé, protagonizada por aquella diva. Semejante circunstancia dio pie a una beneficiosa maniobra del azar.

El domingo a la mañana salió del local para comprar cigarrillos; en eso estaba cuando oyó a sus espaldas: “¡Salomé, hacele caso a mamá!”. La frase bastó para que él girara la cabeza. Y grande fue su sorpresa –o tal vez, su desazón– al advertir que la tal Salomé era sólo una perra chihuahua. Su dueña, una septuagenaria con cabello teñido de rojo, le dio conversación. Así supo que se llamaba Rosita, y que era profesora particular de danza y canto. A él entonces le brillaron los ojos; su sueño era ser bailarín de teatro y televisión. De modo que comenzó a tomar clases con ella.

Al tiempo, con su ilusión artística aún estancada, el destino lo compensó con un logro de otro tipo: dejar de ser un peluquero de arrabal para convertirse en un requerido estilista del salón de Miguel Romano en el barrio de Palermo. Fue el paso previo a otro fructífero regalo del destino: atender allí a la señora Mirtha Legrand. Ella le presentó a su esposo, Daniel Tinayre. Este, a regañadientes (como todo lo que hacía a pedido de ella), lo sumó al elenco de Hair, la ópera hippie que producía con Alejandro Romay en el Teatro Argentino. Corría el otoño de 1971. Y aquel fue su segundo nacimiento. Ahora, apenas tres años más tarde, él ya era una prometedora figura de la danza. Su deseo era ser más prestigioso que Éber Lobato. Por lo pronto, el público ya lo reconocía. Hasta firmaba autógrafos.

EL UNO PARA EL OTRO

De hecho, ese lunes, tras la función de La revista de oro, un puñado de admiradoras lo cercó en el hall del Astros. A cierta distancia, también había una presencia masculina que concitó su interés.Era un individuo de porte retacón y cara de nutria que lucía un traje de mezcla, acaso con demasiada fibra sintética. Pero a Adrián su figura le resultó irresistible. Y sólo atinó a soltar una risita entre nerviosa y anhelante, cuando el desconocido, con un cigarrillo apagado entre los labios, le pidió fuego con un acento trasandino que a él le encantó; seguidamente, se presentó como Luis Felipe Alamparte, y dijo tener un puesto jerárquico en la sucursal porteña del Banco del Estado de Chile. Aquella noche cenaron a solas en Edelweiss.

Al mes empezaron a convivir en un departamento del edificio situado en la calle Virrey Loreto 1700, de Belgrano. Luis Felipe y él parecían hechos el uno para el otro. Y el vínculo entre ellos era armonioso e intenso, pese a la personalidad parca del chileno. Este no era nada afecto a hablar de su vida. Adrián además nunca le conoció amigos o familiares. Incluso no lo llevaba a las recepciones que la embajada de su país ofrecía todos los 11 de septiembre para conmemorar el golpe de 1973. Claro que tal compartimentación era usual en esa época entre las parejas del mismo sexo. En cambio, el bailarín era más locuaz; los temas que compartía con Luis Felipe iban desde sus éxitos artísticos hasta chismes de la farándula.Ya era marzo de 1978 cuando Adrián llegó con uno muy jugoso. Según le había confiado Moria Casán (con quien integraba el elenco de La campana hace tan… tan, en el Maipo), la ascendente Graciela Alfano estaba enredada en un amorío nada menos que con el almirante Emilio Massera. El asunto le interesó a Luis Felipe sobremanera.

SECRETO DE ESTADO

En este punto es necesario enmarcar aquella trama con ciertos hechos sucedidos entre 1974 y ese momento, que tuvieron como denominador común a un espía chileno, Enrique Arancibia Clavel, responsable de la estación local de la DINA, la temible policía secreta de Pinochet. A saber: el asesinato del general allendista Carlos Prats y su esposa, Sofía Curthbert, en el barrio de Palermo; el enlace entre los represores trasandinos y el Batallón 601 a los fines del Plan Cóndor; su primera acción en la Argentina: la captura y muerte del correo del MIR, Jean Claudet Fernández. Y la llamada “Operación Colombo”, que consistió en instalar la falsa versión de un tiroteo entre facciones del MIR mediante el “hallazgo” de cadáveres argentinos con documentos chilenos. Luis Felipe Alamparte era en realidad Enrique Arancibia Clavel. Sus jefes lo consideraban una suerte de embajador en la sombra. Y para los militares argentinos aquel individuo era nada menos que el espía oficial de Chile en la Argentina. Él se sentía todopoderoso en ese papel. Desde luego, no imaginaba que eso sería su pasaporte hacia la desgracia. El 15 de marzo de 1978 envió a Chile –con rango de secreto de Estado– el chisme sobre la Alfano y Massera. El 24 de noviembre de aquel año –en medio del litigio por el control del canal de Beagle– fue arrestado por una obviedad: ser un espía chileno.

El pobre Adrián quedó horrorizado. En parte, por los cachetazos que le prodigaron cuando Arancibia era literalmente secuestrado por la SIDE.En un ropero de su hogar fue encontrado un valioso archivo, con copias de todos los informes que él enviaba a sus jefes en Santiago. Entre estos resaltaba el del almirante y la vedette. Y aquello hizo que un grupo de la Armada tomara intervención en el asunto; los marinos entonces se ensañaron con él al punto de fracturarle todos los dedos.

En 1981 fue liberado por un pedido de la Santa Sede. Su reencuentro con Adrián fue penoso. Ellos eran ahora la sombra de lo que habían sido. La carrera del bailarín estaba en vías de extinguirse. Y como espía, Arancibia ya no valía ni un centavo. Se separaron poco después.

Ya bajo el imperio de la democracia, el chileno pasó otros once años en la cárcel por el asesinato del matrimonio Prats.Hugo Zambelli falleció de cáncer en 2005. Y Enrique Arancibia Clavel murió despanzurrado a puntazos por un taxi boy el 28 de abril de 2011.La función debe continuar.

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