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TAN LEJOS DEL BRONCE

Raúl Alfonsín fue uno de los líderes indiscutibles de la recuperación democrática. Su figura ha sido glorificada y demonizada en igual proporción y según las conveniencias políticas del momento. Aquí, un retrato, a la vez duro y encendido, a diez años de su muerte.

Por Germán Ferrari. La “primavera alfonsinista” ofrecía sus últimas flores en septiembre de 1986. La Juventud Radical de la Capital Federal había organizado los “1.000 días de vida en democracia”, una serie de festejos para celebrar el retorno al Estado de derecho y el fin de la dictadura cívico-militar. Las actividades incluían proyecciones de películas en plazas, la realización de una mesa redonda sobre derechos humanos, jornadas por la recuperación democrática en Chile y Paraguay, talleres, muestras fotográficas, un partido con futbolistas profesionales a beneficio del Plan Nacional de Alfabetización y un cierre con un recital en los lagos de Palermo. También estaba programado un acto recordatorio del golpe contra Hipólito Yrigoyen, ocurrido 56 años atrás, y la colocación de ofrendas florales en la tumba del ex presidente radical y en las de Juan Domingo Perón, Evita, Arturo Illia, Alfredo Palacios y Juan B. Justo.

Los afiches y folletos de promoción mostraban una imagen de Alfonsín saludando con los brazos en alto, como Perón, y una de Perón con las manos unidas sobre su hombro izquierdo, en el gesto que había popularizado el candidato de la UCR durante la campaña electoral de 1983. La simbología elegida marcaba un clima de época: el alfonsinismo soñaba con que la unidad nacional se lograra a través de una síntesis entre los dos movimientos nacionales y populares surgidos en la Argentina del siglo XX. El Alfonsín peronizado y el Perón alfonsinizado formaban parte de los deseos de conformar un “Tercer Movimiento Histórico”, que forjara una “Segunda República”. Aquellos anhelos se pulverizaron con el paso del tiempo, como el sueño de trasladar la Capital a Viedma-Carmen de Patagones o las promesas de campaña de democratizar las Fuerzas Armadas y el Poder Judicial y de derogar el decreto-ley del régimen castrense que regía sobre los medios. La entrega anticipada del poder a Carlos Menem, en julio de 1989, entre hiperinflación, saqueos a comercios y unos quince muertos y decenas de heridos, era la culminación de un sueño que se transformó en pesadilla.

Alfonsín abandonó la Casa Rosada con una transición democrática inconclusa, jaqueada por los poderes fácticos y quebrada por un “golpe de mercado”. Hubo logros indiscutibles, como la tarea de la Conadep y la concreción del Juicio a las Juntas –aunque amañadas por la “teoría de los dos demonios”–, la ampliación de derechos con las leyes de Divorcio y de Patria Potestad Compartida, el acuerdo limítrofe con Chile por el canal de Beagle y la integración regional conseguida con el Mercosur, entre otros. Pero el descalabro final acumulaba hechos ineludibles: la sanción de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, los levantamientos carapintadas, la sucesión de planes de ajuste, la resignación ante el FMI, el crecimiento de la deuda externa, los acuerdos con los “capitanes de la industria” y la burocracia sindical, la implementación del estado de sitio. Era “lo que no supimos, no quisimos o no pudimos hacer”, en palabras del propio Alfonsín. Desde la despedida del poder hasta su muerte, dos décadas más tarde, Alfonsín nunca pudo recuperar las expectativas que había generado en una parte significativa de la sociedad con su irrupción avasallante en la campaña electoral de 1983. El Pacto de Olivos acordado con Menem para reformar la Constitución en 1994 y la creación de la Alianza pueden considerarse como dos errores históricos que se suman a la lista de desaciertos. Ya en el nuevo siglo, su peso político se fue diluyendo al igual que el del radicalismo, tras el fiasco del gobierno de Fernando de la Rúa.

DOS, TRES, MUCHOS ALFONSÍN

El fallecimiento de Alfonsín, ocurrido el 31 de marzo de 2009, sirvió a varios sectores (muchos de ellos fueron despiadados con el hombre de Chascomús y su gestión gubernamental hasta no hacía tanto tiempo: algunos lo tildaban peyorativamente de “socialdemócrata”, y la derecha en general lo calificaba de “comunista” o, sin vueltas, “zurdo”) para reivindicar su figura frente a los gobiernos de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández, en un clima en el que aún se respiraba el fracaso oficialista en el enfrentamiento con la oposición, liderada por la Sociedad Rural, por la política de retenciones. Paradojas del destino: el propio Alfonsín había sido silbado y abucheado en la exposición agrícola-ganadera de 1988 por productores y terratenientes contrarios a las medidas de su administración para el sector –retenciones incluidas–. En aquella oportunidad, el entonces jefe de Estado les respondió no sólo como “gallego calentón”, sino con las convicciones de un adversario ideológico que reivindicaba la necesidad de que el Estado interviniera en materia económica. Seis meses antes de su muerte, en medio de la crisis financiera internacional de 2008 y aún con los ecos de la puja gobierno-campo, Alfonsín había sido homenajeado por la presidenta Fernández de Kirchner en la Casa Rosada, donde se descubrió un busto del ex mandatario, como parte de la celebración por el 25° aniversario de la vuelta a la democracia. Allí, Cristina destacó la “larga vida de militante y dirigente político” de Alfonsín, convertido en “símbolo del retorno de la democracia a la República Argentina”. En su discurso, pidió “tomarnos el descanso cada uno de nosotros de nuestras miradas hacia el pasado o tal vez de nuestras diferencias partidarias para realmente, en un diálogo nacional fructífero, profundo, a poco más de un año y medio del Bicentenario, encontrar ese camino de unidad nacional y de reconstrucción del país por el que tantos argentinos y argentinas dieran su vida”. En la ceremonia, Alfonsín reconoció que el país vivía en una “joven pero incompleta democracia”, “una democracia real, tangible, pero incompleta, y por lo tanto insatisfactoria”. En esa suerte de balance, reflexionaba que la democracia argentina “no ha cumplido aún con alguno de sus principios fundamentales, que no ha construido aún un piso sólido que albergue e incluya a los desamparados y excluidos. Y no ha podido tampoco, aun a través de tiempos y de distintos gobiernos, construir puentes firmes que atraviesen la dramática fractura social provocada por la aplicación e imposición de modelos socioeconómicos insolidarios y políticas regresivas”. En esa oportunidad, no mencionó la palabra clave, pero todos entendían que hablaba del neoliberalismo. El investigador Gerardo Aboy Carlés, autor del ensayo “Raúl Alfonsín y la fundación de la ‘segunda república’” (Discutir Alfonsín, 2010), alerta sobre el “panegírico” de la “honradez en la función pública” de Alfonsín que parte de los medios masivos hegemónicos construyó tras la muerte del ex mandatario para contraponerlo con el kirchnerismo y, de paso, enlazarlo con el recuerdo de Illia. “Como forma de atacar al gobierno en funciones, se creó una imagen edulcorada y algo sesgada de Alfonsín como símbolo del diálogo y el consenso frente a la crispación presente”, sostiene Aboy Carlés, que pone como ejemplo varios artículos de opinión publicados en el diario La Nación.

En esa misma línea, casi una década más tarde, el periodista Martín Rodríguez, en una nota que tuvo amplia repercusión en las redes sociales –“Elige tu propio Alfonsín”–, cuestiona que “este Alfonsín pasteurizado, gandhiano, ofrece al poder la funcionalidad de los políticos derrotados” y señala que el símbolo elegido es la famosa imagen del Alfonsín cabizbajo que conversa con Menem mientras trama el Pacto de Olivos, convertida en la estatua levantada en la plaza Moreno de La Plata en 2018, en un acto impulsado por el macrismo y sus aliados. “El 89 es el 83 de Cambiemos. El Alfonsín que deja el poder es el Alfonsín de Cambiemos. Y Menem es el padre no reconocido de la democracia. Y ser demócratas, como hacía y decía Alfonsín, es soportar la incomodidad”, concluye Rodríguez.

Las distintas caras de Alfonsín ya se planteaban en la nota de tapa de la revista La Semana del 17 de noviembre de 1983, pocos días después del triunfo electoral sobre el candidato peronista Ítalo Luder. “¿A qué Alfonsín votó usted?”, interpelaba la publicación de la editorial Perfil desde la tapa, y una serie de dibujos representaban ese arco de posibilidades: el Alfonsín-Perón, “que se transformó en el líder que el país no tenía”; el Alfonsín-militar, “que asumiendo su rol constitucional de comandante terminó con la dictadura”; el Alfonsín-joven, “que necesitaba la juventud”; el Alfonsín-rico, “que dio seguridad a las clases altas”; el Alfonsín-obrero, “que comprendió las necesidades y urgencias de las clases bajas”, y el Alfonsín-Gardel, el “protector”, el “hombre que idealizaron las mujeres”. Sobre esta última figura, uno de los entrevistados expresaba sus reparos sobre las cualidades “gardelianas”. No sea cosa, decía, que Alfonsín fuera, en realidad, Horacio Deval, aquel imitador de El Morocho del Abasto que quedó en la historia sólo evocado por algunos tangueros.

El Alfonsín patriarcal emergía. En ese artículo también comenzaba a plantearse la imagen de Alfonsín-padre, un concepto que se cristalizó con el tiempo como forma simplificadora digerible para el lugar común periodístico y político, un Alfonsín de manual escolar. En la introducción a mi libro 1983. El año de la democracia, intentaba refutar el mito de Alfonsín como único “padre de la democracia”. “Esa construcción –reflexionaba– suele ser instalada en forma deliberada y hasta repetida con ingenuidad. Pero es innegable que hay quienes la proclaman de buena fe. Sin embargo, esa idea simplificadora no representa la dimensión real de los acontecimientos. Sin caer en personalizaciones, las Madres de Plaza de Mayo y gran parte del movimiento obrero fueron artífices imprescindibles de la lucha contra la dictadura y de la recuperación de la democracia.”

INTOLERABLE CON LA DERECHA

Aquella estatua del Alfonsín cabizbajo y apesadumbrado que remitía al Pacto de Olivos fue inaugurada en abril de 2018 en un acto convertido en un homenaje de Cambiemos al “padre de la democracia”, según las palabras de Macri emitidas en un video. En el mensaje, Macri se ilusionaba: “Gracias a la justicia, la honestidad, el respeto y todos los valores que representa el doctor Alfonsín, hoy nos podemos expresar con libertad en una sociedad plural donde se escuchan todas las voces. Eso no significa que no vayamos a tener desafíos, pero los vamos a enfrentar con las herramientas del diálogo, la verdad y la transparencia para acercarnos cada día más a esa Argentina con la que todos soñamos”.

Meses más tarde, en octubre de ese mismo año, reiteraba esos conceptos al inaugurar la muestra “Alfonsín por Alfonsín”, una selección de objetos personales del ex presidente exhibidos en el Museo de la Casa de Gobierno, a 35 años de “aquella revolución de paz, de esperanza, de libertad”. “Hablar del ‘padre de la democracia’ –expresaba– es hablar también de su legado, de los valores que inspiró y que debemos fortalecer cada día para construir esa Argentina que soñamos y nos merecemos; un país donde la justicia, la honestidad, el respeto sean los pilares en los que podamos apoyarnos con firmeza y sin miedo; un país en paz y con libertad; libertad de expresión, de pensamiento; libertad para elegir qué queremos ser y sin condicionamientos. En ese camino estamos y la figura de Alfonsín es una fuente de inspiración para seguir avanzando hacia una Argentina más justa, inclusiva y federal, un desafío muy pendiente: federal.”

Es posible conjeturar que esos elogios de Macri no hubieran sido correspondidos por Alfonsín, que había sentenciado en tiempos desfavorables para la UCR que “la derecha es Macri, por ejemplo”, y que reflexionaba: “Nosotros venimos a afirmar que no creemos esto de que la sociedad se haya derechizado. La sociedad estuvo confundida y está cada vez más clara. Pero si se hubiera derechizado, lo que tiene que hacer la Unión Cívica Radical, en todo caso, es prepararse para perder elecciones, pero nunca para hacerse conservadora”.

El “gallego calentón” era intolerable para la derecha cuando, por ejemplo, en abril de 1987, se subió al púlpito de la capilla Stella Maris y frente al vicario castrense José Miguel Medina le refutó sus afirmaciones sobre la existencia de “coima” y “negociado” en su gobierno. O cuando en marzo de 1985 polemizó con el presidente de EE.UU., Ronald Reagan, en los jardines de la Casa Blanca. Este último incidente es significativo porque sirve como antecedente histórico para reflexionar y trazar paralelismos con la situación actual de Venezuela. La administración Reagan intervenía en forma directa en los distintos conflictos armados diseminados por Centroamérica, con un particular interés puesto en Nicaragua y el gobierno sandinista de Daniel Ortega, además del ya tradicional apoyo al anticastrismo enclavado en Miami. Con ayuda financiera y bélica a “los contras” nicaragüenses, aspiraba a derrocar al gobierno revolucionario surgido en 1979. Y esperaba que los gobiernos de la región se plegaran a la estrategia. Ese reclamo fue desestimado por Alfonsín, que defendió el principio de no intervención en el proceso político del país centroamericano y abogó por sostener un diálogo que respetara la decisión soberana del pueblo. Ese Alfonsín no encaja en el modelo Cambiemos. Como decía el canciller de gran parte del gobierno radical, Dante Caputo, “resulta curioso observar cómo cuando Estados Unidos estornuda, algunos se resfrían”.

LEGADOS E INTERPRETACIONES

En febrero de 1987 –pocos meses antes de la debacle del gobierno de Alfonsín en las elecciones de gobernadores y legisladores–, salió a la venta un libro que rápidamente se convertiría en best-seller, Los herederos de Alfonsín, de los periodistas Alfredo Leuco y José Antonio Díaz. “Protagonistas. Historia oculta. Poder y mito de la Junta Coordinadora Nacional”, se anunciaba con intriga en la tapa, ilustrada con las fotografías de Enrique Nosiglia, Federico Storani y Luis “Changui” Cáceres, dirigentes surgidos de ese sector del radicalismo, a quienes los autores definen como “los vértices de tres proyectos diferentes, aunque no divergentes ni mucho menos antagónicos”.

Las especulaciones y los pronósticos afloran en la conclusión el libro: “Ellos y sus soldados han dedicado toda una vida a sus sueños juveniles y están inmejorablemente preparados para expresar tanto el progresismo antiimperialista previo al 83, como el posibilismo dependiente del gobierno radical. Ora por izquierda, ora por derecha, serán los herederos de Alfonsín”. A más de tres décadas de esas afirmaciones, la historia demostró que ninguno de los tres se convirtió en depositario de la herencia alfonsinista. Tampoco tuvieron suerte otros “coordinadores”, como Marcelo Stubrin, Carlos Becerra, Facundo Suárez Lastra y Jesús Rodríguez. En el libro aparecen también dirigentes distantes de la Coordinadora y que hoy se encuentran en posiciones diversas frente a la realidad nacional. Es el caso del funcionario macrista Hernán Lombardi, el diputado kirchnerista Leopoldo Moreau y el dirigente radical crítico de Cambiemos Juan Manuel Casella, entre otros.

También en 1987 se editó Los hombres del Presidente, de Alberto Ferrari y Francisco Herrera, que perfilan a dirigentes de distintas corrientes internas del radicalismo cercanos al mandatario. En la introducción, después de analizar los diversos grupos y referentes que conforman el círculo íntimo presidencial –Becerra, Casella, Cáceres, Moreau, Nosiglia, Storani, Stubrin, Suárez Lastra, Caputo, César Jaroslavsky, Germán López, Juan Sourrouille, Hipólito Solari Yrigoyen y Antonio Troccoli, entre otros–, los autores evalúan que “al existir un único y absorbente centro de gravedad del que emanan las órdenes y subordina las iniciativas individuales, la cualidad exigible a los hombres del Presidente es la lealtad y no la imaginación”. Por lo tanto, señalan, “el tiempo dirá si Alfonsín acertó con los atributos que reclama para ingresar en su corte de favoritos, o si el verticalismo y la ortodoxia siguen siendo uno de los males históricos de nuestros partidos políticos”.

Ninguno de los dirigentes antes mencionados logró alcanzar la estatura histórica de Alfonsín. Su legado es reivindicado tanto por radicales macristas como por kirchneristas y de “terceras posiciones”. La dispersión ideológica alfonsinista también es comparable con la que atraviesa el peronismo, antes y después de la muerte de su líder. Hay peronismo y alfonsinismo para todos los gustos. La Argentina de aquel Alfonsín peronizado no es la misma que la de este Alfonsín edulcorado y pasteurizado. Seguramente mañana, en otra Argentina, surja una nueva reinterpretación.

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