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LAS TEMIBLES ALAS DEL CÓNDOR

En 1980, dos cuadros montoneros fueron apresados en el aeropuerto de Río de Janeiro en un operativo conjunto entre fuerzas brasileñas y argentinas en el marco del Plan Cóndor, cuya sombra sobrevuela la región, cuarenta años después, de la mano de posibles alianzas entre las dirigencias derechistas de ambos países.

Por Ricardo Ragendorfer. El nuevo gobernador de Río de Janeiro, Wilson Witzel, es un tipo que dispara hasta con las palabras. Y –de acuerdo con los actuales estándares de la política– dio en el blanco: “Lo correcto es matar al delincuente. Y la policía hará lo correcto: apuntar a la cabeza y ¡fuego!”. ¿Acaso acababa de importar a Brasil la llamada “doctrina Chocobar”, atribuida a nuestra insigne ministra de Seguridad, Patricia Bullrich? Aunque parezca un chiste, aquella interpretación es la que por estos días ella esgrime con indisimulable orgullo. Más protocolar se mostró su camarada de Gabinete, Germán Garavano, al difundir el siguiente comunicado: “Quiero felicitar a Sérgio Moro (el juez que llevó a Lula tras las rejas) por su designación como ministro de Justicia de Brasil. Mantendremos una agenda de cooperación en materia judicial y de lucha contra la corrupción, muy valiosa para ambos países”. La historia comienza a repetirse, pero no en forma de farsa. Al respecto conviene exhumar del olvido a los protagonistas de una añeja trama.

RELACIONES BILATERALES

El 25 de abril de 2014 apareció en su dormitorio el cadáver de un poblador de la Baixada Fluminense, en el estado de Río de Janeiro. Ese sujeto yacía boca abajo, con la cara aplastada contra una almohada. La policía atribuyó su final a un asalto seguido de muerte. Pero la identidad del finado rebatía tal idea: era el coronel retirado Paulo Malhães, de 76 años, quien unos días antes se había convertido en el primer represor de aquel país que admitía su participación en secuestros, torturas y ejecuciones durante la dictadura que gobernó a Brasil entre 1964 y 1985. Su testimonio incluía el papel que tuvo en el Plan Cóndor (con agentes argentinos del Batallón 601) y las operaciones contra militantes montoneros, durante la Contraofensiva.

En este punto no está de más cruzar su relato con otra historia. Corría el otoño de 1991 cuando el teniente coronel argentino Eduardo Stigliano efectuó ante el Estado Mayor del Ejército un reclamo administrativo por traumas psíquicos y enfermedades “de guerra”. Esos papeles son uno de los documentos más estremecedores de la última dictadura. Allí él se autoincrimina en 53 asesinatos. Reconoce su participación en secuestros y ejecuciones callejeras de jefes montoneros (entre ellos, Horacio Mendizábal y Armando Croatto). Revela el accionar de un muy activo grupo de tareas hasta entonces desconocido, con base en Campo de Mayo. Describe fusilamientos ante todos los jefes del área. Admite los vuelos de la muerte. Y, además, narra una visita del general Leopoldo Fortunato Galtieri al centro de exterminio El Campito. Sobre esto, dijo: “Su propósito era charlar con el delincuente subversivo ‘Petrus’ (luego ejecutado), que fue capturado por una sección a mis órdenes”.

Aquellas palabras le bastaron para echar luz sobre los últimos instantes vividos por Horacio Domingo Campiglia, nada menos que el responsable de la inteligencia montonera, que fue secuestrado el 12 de marzo de 1980 en el aeropuerto de Río de Janeiro junto con Mónica Susana Pinus de Binstock, tras ser bajados a los golpes por una patota de argentinos, con la colaboración y cobertura de efectivos del ejército local. Ahora se sabe que Stigliano era quien allí llevaba la voz cantante, junto a un jefe militar brasileño.

A 23 años de tal confesión administrativa, el coronel Malhães reveló en su testimonio ante la Comisión Nacional de la Verdad que aquel oficial no era otro que él. Lo dijo como al pasar: “Intervine junto al mayor Enio Pimentel da Silveira en el secuestro de dos argentinos en Río de Janeiro el 12 de marzo de 1980”. Después de tantos años, el gravísimo pecado de la indiscreción había vuelto a reunir a ese individuo con Stigliano.

ÉCHALE LA CULPA A RÍO

Campiglia, de 31 años, era hijo de un librero con local en la Galería Pacífico. Allí lo solía ayudar durante su adolescencia, mientras cursaba el secundario en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Luego comenzó a estudiar Medicina. Y en 1970, aquel muchacho alto, pelirrojo y con pecas ingresó en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), donde se destacó como cuadro militar. Ya en Montoneros llegó a formar parte, desde 1977, de la Conducción Nacional. Y junto al resto de esa cúpula, se estableció en México. Allí vivía con su pareja, Pilar Calveiro. Ella, que estuvo cautiva por un año en la Esma y había sido liberada meses antes, lo acompañó el 11 de octubre de 1980 al aeropuerto Benito Juárez, del Distrito Federal, dado que –a los efectos de la Contraofensiva– Horacio debía viajar a la Argentina. De modo que esa mañana abordó un vuelo con escala en Panamá para llegar a Río de Janeiro. Y al alba del día siguiente, arribó al aeropuerto de Galeão con Mónica, de 27 años, ex estudiante de Sociología. No imaginaban que allí caerían en una trampa.

EL AMIGO AMERICANO

Ahora se conocen detalles del asunto por un documento desclasificado que la Embajada de Estados Unidos en Buenos Aires envió el 7 de abril de 1980 al Pentágono. En ese paper, el oficial de seguridad James Blaystone da cuenta de un cónclave mantenido con un miembro del Batallón 601. También se sabe que ese tipo era el agente civil “Contreras” –nombre de cobertura del represor Julio Cirino–, que oficiaba de enlace entre los represores locales y la CIA. El documento señala: “La fuente (Cirino) informó que el B.601 había capturado a un montonero que confesó tener previsto en Río una reunión con montoneros de México. Estos eran Horacio Campiglia (a) Pedro (número 4 o 5 en la estructura montonera) y Susana Binstock. Campiglia tiene a su cargo la totalidad de las operaciones TEI y maneja esas unidades desde México. Al montonero capturado se le dijo que si cooperaba, viviría. El extremista sabía que no estaba en posición de negociar, por lo que proveyó la fecha y hora de la reunión en Río. La inteligencia militar argentina contactó a un colega de la inteligencia militar brasileña para capturar a los dos montoneros llegados de México. Brasil otorgó el permiso y un equipo especial de agentes argentinos voló a Río en un C130 de la Fuerza Aérea, bajo el comando operacional del teniente coronel “Román” (el alias de Stigliano). Ambos montoneros fueron capturados vivos y volvieron a la Argentina en el C130. Actualmente están en una cárcel secreta del Ejército en Campo de Mayo”.

VENCEDORES VENCIDOS

Ya se sabe que el general Galtieri acudió a dicha mazmorra aguijoneado por el deseo de conocer a su enemigo en cautiverio. El teniente coronel Stigliano, al borde de la invalidez y mancillado por la indiferencia de sus superiores, exhaló su último suspiro a fines de 1991. La inteligencia militar argentina contactó a un colega brasileño para capturar a los dos montoneros llegados de México. Brasil otorgó el permiso y un equipo especial de agentes argentinos voló a Río en un C130 de la Fuerza Aérea.

El coronel retirado brasileño Paulo Malhaes. Su asesinato no alcanzó para tapar su responsabilidad en secuestros, torturas y ejecuciones durante la última dictadura que gobernó Brasil.

Lo de Río de Janeiro fue parte de la llamada “Operación Murciélago”, que concluyó con la captura de otros trece militantes regresados al país para iniciar un foco de resistencia armada contra la dictadura. Por este asunto, un grupo de militares encabezados por el ex jefe del Ejército Cristino Nicolaides fue condenado en 2007 a prisión perpetua. Galtieri no estuvo entre ellos, ya que la muerte –a comienzos de 2003– lo eximió de ocupar el banquillo de los acusados.

Por su parte, el desafortunado coronel Malhães aportó la última pieza de aquel rompecabezas teñido de sangre. Un rompecabezas que, de modo tardío, a él también le costó la vida.

Ahora, lejos en el tiempo de esas macabras circunstancias, los ministros Garavano y Moro alucinan con un Plan Cóndor en clave de remake.

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