El 17 de octubre de 1951, ocurrió en Argentina la primera transmisión de televisión: el Día de la Lealtad Peronista, los discursos de Juan Domingo Perón y Eva Perón inauguraron un nuevo medio de comunicación. Tres cámaras registraron uno de los actos más importantes del siglo pasado, desde el segundo piso del Banco Nación; detrás de ellas estaba uno de los Locos de la Azotea, Enrique Telémaco Susini, y el empresario Jaime Yankelevich.
Apenas un mes después, el 18 de noviembre, se transmitió el primer partido de fútbol en vivo: San Lorenzo vs River Plate, desde el viejo Gasómetro. En diciembre de 1951 debutó la tira policial Néstor Villegas vigila, protagonizada por Ana María Campoy y José Cibrián. Por esos mismos meses, el teleteatro Cielo negado marcó un antecedente al combinar escenas filmadas en estudio con tomas realizadas en exteriores, desde un balcón ubicado frente al canal. También, en 1952 se estrenó Tropicana Club, inspirado en las famosas boîtes cubanas. Con mesas, copas, luces y orquestas en vivo, el programa inauguró un formato de espectáculo nocturno que se convertiría en uno de los grandes clásicos de la televisión argentina y que perduraría durante más de dos décadas. Durante sus inicios, la televisión también fue mostrando indicios del nivel de penetración que tendría en la sociedad: por ejemplo, la comedia La telefamilia incorporó a un bebé de nueve meses –Cholito Musacchio– para mostrar su crecimiento real en pantalla. Su bautismo, en la Iglesia del Pilar de Recoleta, se convirtió en la primera ceremonia religiosa transmitida en directo. Y para cerrar el círculo de formatos que se convertirían en la programación troncal de Argentina, el 20 de abril de 1954 comenzó el Primer Telenoticioso Argentino, conducido por Carlos D’Agostino, en el que se incluía un pronóstico del tiempo dibujado en pizarrón, la presentación diaria de una secretaria y la presencia humorística del títere “Niche”.
La televisión argentina también cubrió de manera ininterrumpida uno de los duelos nacionales más grandes de nuestra historia, el de Eva Perón; incluso, durante un período, el noticiero adelantó su horario a las 20:25 para conmemorar la hora exacta de su fallecimiento. Y no solamente la televisión fue engrosando su programación, sino que además este fenómeno de la comunicación moderna tuvo su correlato en el impacto material de la fabricación de aparatos. En 1954 se promulgó la Ley de Radiodifusión 14.241, en la que la empresa Capehart Argentina trajo al país un lote de 50.000 televisores, transformando a la televisión de un bien exclusivo de algunos pocos a un fenómeno de masas que entró en la casa de tantas y tantos argentinos.
Toda esta información se encuentra en la Biblia de la televisión, un libro que coescribieron Carlos Ulanovsky, Silvia Itkin y Pablo Sirvén –con un prólogo de Jorge Guinzburg– por los cincuenta años de la televisión: Estamos en el aire. Una historia de la televisión argentina (1999). Silvia Itkin, periodista, escritora y editora, habló con Caras y Caretas sobre el pasado y el presente de la televisión, a 75 años de su creación.
–¿Qué ocurrió con la televisión durante la dictadura? –Los canales fueron intervenidos por las tres fuerzas. Canal 7 estuvo bajo presidencia de la nación y las tres fuerzas; la Armada tomó canal 13; el Ejército el 9 y la Fuerza Aérea el 11. Internamente se constituyó la figura de un lector que era en realidad censor. Había lectura previa de guiones de ficción y fuerte control sobre la agenda de noticias. Las figuras históricas tienen que lidiar con gente que no tiene ni idea de lo que significa llevar adelante una programación. De todos modos son años de renovación tecnológica importante porque aparece el video, las famosas “máquinas de mirar”, y eso permite que se llegue antes y más lejos con la imagen, lo que produce además un salto en el lenguaje, más bien quieto y confinado al estudio hasta ese momento. En 1978 el Mundial determina buena parte de la televisión y empieza la gran transformación del color. Este período se trata muy bien y con enorme inteligencia en el documental de Herman Szwarcbart, LS83.
–¿Qué momento de la TV marcarías como el del apogeo? –Los años 60 y 70 hasta la intervención militar. Había cosas muy interesantes en ficción, en humor, en ciertas coberturas periodísticas. Después, incluso con el desarrollo del cable en los 90 hubo una muy buena televisión abierta, permeable a las ideas renovadoras. Y luego ya no sé, porque no miré más tv abierta después del libro.
–¿Cómo gravita hoy la televisión en el ecosistema de medios frente al avance y la casi hegemonía de los medios digitales? –Me gusta mucho pensar en algo que me contaron hace unos años: un nene chiquito parado frente a un televisor tratando de mover la pantalla con el dedo. Eso como primer dato: hay un aparato que no sabemos bien qué es. Ahora hay pantallas planas gigantes que tienen las apps disponibles apenas las encendés, pero es una reproducción de la pantalla del celular. Entiendo, porque no tengo información de primera mano ni estadísticas, que los canales de aire están unos cuantos pasos atrás porque terminan produciendo para otro sistema, que es el on demand. La tecnología cambió las reglas del juego, cambió el negocio, pero en términos de formatos no trajo nada nuevo. Un programa en streaming es casi igual a los primeros años de Videomatch: gente haciendo cualquier cosa frente a cámara, hablando como en el barrio, suprimiendo por completo aquella distancia que un conductor o conductora imponía ante la audiencia. Así como un podcast es un programa de radio que se puede escuchar a cualquier hora. Hay otros accesos, otros atajos y eso puede generar la ilusión de que estás eligiendo cómo entretenerte y cómo informarte. Tengo mis serias dudas de que así sea.
