Si alguien en un bar contara que grabó un disco sobre “inteligencia artificial y crisis universal de empatía, con loros y bueyes cósmicos incluidos”, probablemente la mejor respuesta sería sacarle las llaves del auto. Sugerirle que cambie de dealer. O invitarlo a una consulta psiquiátrica. Pero Les Claypool y Sean Ono Lennon disfrutan eludiendo la mayoría de los mandatos sociales y no dudaron ni un segundo en publicar un disco sobre “inteligencia artificial y crisis universal de empatía, con loros y bueyes cósmicos incluidos”. El resultado es The Great Parrot-Ox and the Golden Egg of Empathy, un álbum doble de rock psicodélico-conceptual, capaz de espantar a los incrédulos y/o empujar a la compulsión de escucharlo una y mil veces. Cada quien deberá decidir su camino. La historia del disco parte de una idea conocida como “paperclip maximizer”, del filósofo sueco Nick Bostrom: una inteligencia artificial que tiene como único objetivo fabricar clips y para cumplir esa simple meta reorganiza el mundo y pone en riesgo la vida de toda la humanidad. Pero The Claypool Lennon Delirium –el elocuente nombre del dúo– no solo está interesado en los peligros de la IA. Al mismo tiempo pareciera obsesionado en jugar con una lógica alucinada: convertir un futuro incierto en un presente musical –casi– sin reglas.
“Pro-Log” abre la puerta sin ceremonias. No hay introducción: hay colapso suave. Desde ahí, Claypool se adueña del espacio con su bajo elástico, siempre a medio camino entre el groove y el sabotaje. Ono Lennon aparece como contrapunto melódico –¿hace falta decir que resulta imposible no pensar en un John del siglo XXI?–, pero nunca como freno. En “W.A.P. (What a Predicament)”, el equilibrio ya está roto: una canción que suena a pop psicodélico intentando sobrevivir dentro de una estructura que lo empuja constantemente hacia el costado. El disco avanza como una historieta que se está dibujando mientras se lee. “Meat Machines” introduce la primera sensación de mundo estable –y la destruye en segundos–, mientras “Troll Bait” se mueve con una ironía rítmica que parece reírse de su propia estructura. Nada termina de asentarse porque ese nunca fue el objetivo. Hay algo deliberado en la incomodidad. Ono Lennon empuja hacia melodías con ADN beatleano filtrado por laboratorio psicodélico, mientras Claypool responde con líneas de bajo que parecen escritas por alguien que se negó a aceptar la idea de líneas de bajo “normales”. El choque no es un problema: es el método. En “Simplest of Deeds” aparece el punto más cercano a la belleza clásica del disco, pero incluso ahí la canción parece estar a un accidente de convertirse en otra cosa. Y esa es la lógica general: todo momento de claridad viene con su propia deformación incorporada.
Más adelante, “Heart of Chrome” y “Through the Horizon” bajan la intensidad sin resolver nada. El mundo del álbum no busca clímax: busca continuidad de la anomalía. La narrativa avanza como si alguien estuviera pasando diapositivas de una civilización que no termina de decidir si es tragicómica o simplemente defectuosa. Hacia el final, “Cliptopia” y “It’s a Wrap” funcionan como cierre sin cierre. No hay resolución, ni moraleja clara, ni redención tecnológica. Lo único que queda es la sensación de haber atravesado un sistema donde la empatía es una variable en peligro de extinción y la música es el único elemento que todavía se permite ser impredecible. Quizás Les Claypool y Sean Lennon Ono no sean tan delirantes como algunos insisten en creer.
