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Caras y Caretas

           

Los túneles de Sábato

Ernesto Sabato nació en Rojas en 1911, como quien despierta en un pueblo rodeado de horizontes infinitos. Desde temprano, la ciencia lo sedujo con su promesa de orden: estudió Física en La Plata. En esas aulas, resolvía ecuaciones como quien descifra constelaciones. Los números eran estrellas ordenadas en un firmamento lógico. Viajó a París y trabajó en el laboratorio Curie. Rodeado de tubos y radiaciones, se preguntaba: ¿qué ecuación podía explicar la angustia de un hombre frente al vacío? Sabato practicaba su ciencia mientras la guerra se filtraba por las ventanas. El aire olía a ozono y a miedo. Una colega le pregunta por qué parece ausente. –Porque detrás de cada átomo hay un silencio –responde él, mirando más allá del vidrio–. Ninguna ecuación puede explicar la angustia de un hombre frente al vacío.

Esa noche, en un café de Montparnasse, escribe en su cuaderno: “La ciencia me prometía certezas, pero me negaba la verdad profunda del hombre”. La decisión está tomada: abandonará la física. Ha comenzado su fuga hacia la literatura. De regreso en la Argentina, Sabato se encerró en un cuarto con papeles y sombras. Así nació El túnel, su primera novela, publicada en 1948, un monólogo que es también confesión. Castel, su protagonista, es el espejo deformado de su propia obsesión: un hombre que busca en una mujer la llave de la existencia, alguien que abandona la luz de la ciencia para internarse en la oscuridad de la pasión. “Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne”, abre la novela, como si el crimen fuera también metáfora de la ruptura con su pasado.

En 1961, Sabato entregó su obra monumental: Sobre héroes y tumbas. Allí la historia argentina se convierte en un río de sombras, donde los mitos nacionales se mezclan con tragedias íntimas. El célebre “Informe sobre ciegos” es un descenso al infierno, un viaje por túneles invisibles que simbolizan la paranoia y el poder oculto. “El mundo es tan horrible que la verdad solo puede expresarse en la ficción”, sentencia, como si la literatura fuera la única lámpara capaz de iluminar el caos. En 1974, con Abaddón el exterminador, Sabato se convierte en personaje de su propia novela. Es un libro fragmentario, apocalíptico, donde la Argentina se refleja como un espejo roto. “El hombre es un ser que busca sentido, aunque sepa que no lo encontrará”, escribe, y su voz suena como un eco en un desierto de ruinas.

Sabato no fue solo novelista: también fue ensayista y testigo de su tiempo. En Uno y el universo (1945) reflexionó sobre la tensión entre ciencia y humanismo. Décadas más tarde, presidió la Conadep y redactó el informe Nunca Más, con el que convirtió su pluma en un acto de justicia. Allí, la literatura se transformó en memoria colectiva, en resistencia contra el olvido. “No podemos callar”, dice, con voz grave. La literatura es resistencia, pero ahora la palabra debe ser justicia. Su pluma, que antes narró obsesiones y abismos, ahora se convierte en memoria colectiva. Cada página es cicatriz, cada frase un acto de dignidad.

Murió en Santos Lugares en 2011, a los 99 años, como un viejo alquimista que había transmutado la física en poesía, la desesperación en metáfora. Su casa quedó como santuario, y su obra como túnel abierto hacia la conciencia de un país. Sabato fue un faro encendido en la tormenta: un hombre que abandonó la claridad matemática para abrazar la penumbra de la literatura. Sus novelas son espejos rotos donde cada lector se reconoce en la grieta. Como él mismo escribió: “La vida es un túnel oscuro, pero la escritura es la lámpara que nos permite vislumbrar fragmentos de verdad”.

Escrito por
Felipe Pigna
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