Escaparse de la realidad para inventar una sátira política en espejo con los acontecimientos del triste devenir argentino de finales de 1975. Es probable que la máxima de Marx sobre la repetición de la historia, primero como tragedia y luego como farsa, sobrevolara las mentes creativas de Andrés Cascioli, Jorge Guinzburg y Carlos Abrevaya como aquel fantasma que recorría Europa a mediados del siglo XIX.

En el último número de Chaupinela –noviembre de 1975–, Cascioli, Guinzburg y Abrevaya publicaron una nota en la que imaginaban el país de 1994, gobernado por una cantante de tangos, luego de la muerte de un personaje que había sido defenestrado y que había retornado al país después de 17 años de exilio para convertirse en presidente y liderar el principal partido político de estas tierras.
“No es una ficción. No es la ocurrencia de mentes ociosas. Es el futuro proceso económico, político y social extraído de archivos secretos cuya ubicación no podemos revelar”, anunciaba la revista, y remataba: “Con los pasajes más horrendos de nuestra historia del mañana”. No había imaginación posible que creara una Argentina presidida por Carlos Menem –en 1975, gobernador de La Rioja y defensor del gobierno de Isabel Perón–, sumergida en el neoliberalismo, herida por el atentado contra la AMIA y embarcada en una reforma constitucional –un proyecto frustrado durante la gestión de la viuda del General– tras el Pacto de Olivos.
El protagonista de la sátira no era otro que José López Rega –rebautizado “López Riega”–, al que el trío autoral colocaba como un imitador y continuador de Perón al frente del “Partido Injusticialista”. Para sumar parecidos, también se lo mencionaba como un “tirano prófugo” que vivía en España.
En este juego de similitudes, el regreso de “López Riega” remitía al de Perón. De 1972 a 1992: “En una mañana gris, pletórica de lluvia, a las 11.08 horas, tocó tierra la aeronave que traía de regreso los restos vivos del líder injusticialista”. En esa ocasión, el secretario general de la “Confederación General del Laburo, Joan Baez”, “munido de un protector paraguas, resguardaba del aguacero al comisario general Riega, acompañándolo hasta el coche”. El avión era también un chárter, que había costado “el triple de lo que saldría normalmente”.
¿Quién gobernaba la Argentina de 1992? Según la imaginación de Cascioli, Guinzburg y Abrevaya, desde 1986 estaba a cargo del país una nueva dictadura militar: la “Junta de Comandantes en Jefe de la Revolución Libertadora Argentina Potencia”, presidida por el general “Jorge Rafael Vidala”. Y en una reedición de la historia, Vidala había afirmado que a López Riega “no le daba el cuero” para regresar al país. El ingenio de los humoristas no llegó a tanto como para imaginar una profundización del terrorismo de Estado ya desatado con la Triple A y el Operativo Independencia.
Vidala y compañía habían tomado el poder “luego del gobierno de Zarriello, caracterizado por un franco estatismo”, por lo que “el golpe militar contó con el asentimiento tácito de la población”. El espíritu burlón alentaba a que ubicaran a un hoy olvidado dirigente radical en un lugar de relevancia. En 1975, Raúl Zarriello era senador por la UCR, que había llegado al Congreso dos años antes junto con Fernando de la Rúa, al vencer al peronismo en la Capital Federal.
El humor político podía seguir el juego:
* la residencia de López Riega se encontraba en la localidad de “Vicente Perón”, en la calle “Gaspar Cámpora”;
* el “radichetismo”, presidido por el doctor “Alfonsón” (obvio, Raúl Alfonsín), creaba una multisectorial, el “Cuarto de Hora de los Pueblos”, también liderada por él;
* en la Casa Rosada, se restituyeron “los destrozados bustos de José López Riega, Alberto Juan Vignas, Raúl Lastiro e Isabel Fernández. Fue muy lindo. Salieron muchas cosas. Lloramos mucho”.
* “El 21 de noviembre de 1992, se reunieron en la cantina Pipo, ‘fideos mita y mita’, los dirigentes políticos más representativos, republicanos y federales de la actualidad”: Alfonsón; Ferdinando Pedroni, secretario general del movimiento y delegado personal de López Riega; Perrete, “conservador y conversador”; De la Ruta, “midista”; “y algunos socialistas que no queremos nombrar”. Pasando en limpio: Ferdinando Pedrini era el presidente del bloque de diputados del Frejuli y luego interventor en Salta; Carlos Perette, titular del bloque de senadores de la UCR; y De la Rúa, también senador radical.
Siguiendo la historia ficcional, después de irse a Paraguay, López Riega bendijo la fórmula del Frente Injusticialista de Liberación (Freinli), Pedroni-Perrete, que venció en las primeras elecciones de 1992. “El 25 de Mayo, fecha histórica, el general Vidala, visiblemente emocionado, hizo entrega del sillón, el bastón y la banda a su enemigo Ferdinando Pedroni”, decía la nota de Chaupinela, y agregaba: “Sin saberlo, muchísima gente se dirigió hacia Plaza de Mayo. Algunas columnas salieron directamente de Devoto”.
El regreso definitivo de López Riega se produjo en Ezeiza. El relato de la revista: “De algún lado, vaya a saber quién, hizo fuego y no para protegerse del frío, precisamente. A partir de entonces, reinó el despelote por doquier. Cada uno empezó a disparar con lo que tenía. Algunos con las piernas”. El lugar de Leonardo Favio en el palco era ocupado por Sabú.
En las segundas elecciones de 1992, el binomio conformado por el matrimonio López Riega venció con amplitud. ¿A quién pensaron los humoristas para ocupar el lugar de Isabel? A la cantante de tangos María Inés “Galleta” Miguens, que por entonces era la esposa del conductor televisivo Roberto Galán, quien había sido un amigo íntimo de Perón.
Y un final cantado: “1994 es terrible. En un imperdonable descuido, Ferreira, secretario privado de López Riega, obsequió a este último un sabroso chupetín. Los médicos llegaron tarde para impedir que se lo comiera todo. El shock diabético fue inmediato. Su flamante viuda, llevada de la mano por la desesperación, solo atinó a decir sollozando: ‘¡Soy presidenta! ¡Soy presidenta!… ¿O se dice presidente?…’”.
La realidad histórica fue más dura que la ficción de Chaupinela. El regreso de López Rega fue por una extradición. Murió en Buenos Aires en 1989, mientras estaba detenido, a la espera de ser juzgado.

Ausente con aviso
Hacía más de un año que Perón había muerto y su ausencia aún era intolerable. En el editorial del número 20, Chaupinela intentó mantener distancia y despegarse de la carga emocional al hablar de “El padre vuestro”. No lo logra y jamás lo menciona por su nombre: “Cómo no recordarlo ahora que se ha ido, pero está presente, demasiado presente. Presente en la ignorancia de sus hijos, en el adulterio de sus hijos, en la deshonestidad de sus hijos, en las taras y locuras de sus hijos. Presente en la desunión, en la lucha encarnizada de los hermanos por atrapar la tajada más grande de su herencia, en el desorden y en el abandono de su casa hipotecada y semidestruida”.
La revista acertaba cuando reflexionaba que “un respeto ciego (…) no es un respeto cariñoso” y aumentaba el tono crítico: “Será por eso que la muerte del padre ni siquiera sirvió para olvidar errores y engrandecer virtudes, como suele mentirse cuando alguien ya no está para contradecirnos”.
“Será por eso –afirmaba– que sus hijos andan por ahí hechos unos tontos, castrados, anulados, viviendo como animales, bajo el influjo de los chantas que él eligió para calentarse las orejas con elogios fáciles, los chantas que nadie le pidió y que él, solo él, quiso traer a casa como sus amigos, igual que esa señora: la madrastra.”
Y sentenciaba: “Él, que lo tuvo todo y los tuvo a todos, en lugar de jugarse por el futuro de sus hijos y su recuerdo, eligió otros caminos donde perder su vida. El tiempo lo juzgará”.
El último número de Chaupinela anunciaba el regreso de Satiricón en diciembre, luego de la clausura impuesta por el gobierno de Isabel el año anterior. El encargado de dar la noticia era su director, Oskar Blotta (h), a través de una entrevista realizada por Guinzburg y Abrevaya. “El futuro de Satiricón depende mucho del futuro del país. Si no hay alguien que nos haga una zancadilla, puede que el país y Satiricón caminen bien”, se ilusionaba Blotta. Sin embargo, la revista dejó de salir tras el golpe de Estado de 1976. En ese número final, titulaba “El demonio nos gobierna”. La metáfora cargaba contra la administración justicialista. Lo peor estaba por llegar.
Papelitos de colores
En el número de despedida de Chaupinela, el dibujante Jorge Sanzol anticipaba el sombrío porvenir en el mundo laboral y las presiones patronales para desarticular las paritarias. En “Soluciones colectivas de trabajo: tanto tienes, tantos vales”, proponía –con agrio humor– “tener visión de futuro” y que la Argentina retornara a los tiempos preperonistas: “Recordar a los mensú y los capanga y a los patrones de ambos. ¿Cómo hacían ellos para lograr la subsistencia en paz? Pagaban con vales”.
La fórmula: “Complementar los salarios insuficientes con vales que cada obrero deberá guardar en su canasta familiar, usándolos a discreción. Con la ventaja de que, si puede ir ahorrando vales, en pocos años lograrán hacerse ricos con una moneda estable”.
En síntesis, una propuesta sencilla y conciliadora: “Realizar paritarias de vales, cada empresario con sus obreros”.
Era un planteo superador del que aplicó el menemismo en los 90 con sus “tickets canasta” o del que pretende ejecutar la ultraderecha en estos tiempos, “vouchers” todoterreno incluidos. El sistema de papelitos imaginado por Sanzol acompañaría a los argentinos y argentinas desde el nacimiento (un vale por un pañal) hasta la muerte (“un servicio fúnebre; no se incluye flores”).
La sociedad podría usar los bonos para ir a la cancha, al Italpark o al Museo de Luján, pero sobre todo para alimentos y servicios: “un tomate perita”, “4 metros de papel higiénico (con perfume francés)”, “2 alas de pollo doble pechuga (San Sebastián)”, “media hora de servicio eléctrico (entre las 24 y las 6.30 del día siguiente)”, “un servicio de limpieza de felpudos a domicilio”, “una caja de ravioles de soja”, “5 kilos de pan duro (para budín)”.
Elijamos creer que Dios sigue siendo argentino y que los think tanks que pergeñan la reforma laboral anarcocapitalista no saquen ideas de esta nota de Chaupinela de hace medio siglo.
