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Caras y Caretas

           

Canciones del alma

Si uno tuviera que resumir la historia de León Gieco en una imagen, probablemente sería la de un hombre con guitarra al hombro, caminando por los caminos polvorientos del país profundo, cantando verdades incómodas con una sonrisa franca. León Gieco es, en muchos sentidos, el trovador de la memoria argentina. Un artista que supo combinar la potencia del rock con la raíz folklórica, la denuncia social con la ternura y la canción con la historia. Nació en 1951 en Cañada Rosquín, un pequeño pueblo santafesino. En su adolescencia, Gieco absorbió tanto a Bob Dylan como a Atahualpa Yupanqui, y esa síntesis marcó su obra para siempre: la lírica comprometida del folk norteamericano y la profundidad telúrica del canto criollo. En 1973, León lanzó su primer disco, que incluye “En el país de la libertad”. No fue casual. Era el año del regreso de Perón, de la esperanza y también de la violencia política. Gieco, con apenas 22 años, ya intuía que la libertad era un bien frágil, y que había que defenderla con canciones.

Con el golpe de 1976, la Argentina entró en una de sus noches más largas. La censura, la represión y el terror de Estado se instalaron como política sistemática. Muchos músicos callaron, otros se exiliaron. León eligió otro camino: el de la metáfora, el de la canción que dice sin decir, que denuncia sin nombrar.

En 1978, en pleno Mundial de la dictadura y ante la inminencia de la guerra con Chile, Gieco lanzó “Solo le pido a Dios”. La canción, que parecía una plegaria íntima, se convirtió en un himno continental. “Que la guerra no me sea indiferente”, decía, mientras Videla brindaba con Kissinger y los desaparecidos se multiplicaban. La canción fue prohibida en varias radios, pero se cantaba igual, en las casas, en las peñas, en los exilios. León, como Mercedes Sosa, como Charly, como tantos otros, entendió que la música podía ser un refugio, pero también un arma. Y eligió no callar.

En 1981, en plena dictadura, Gieco inició un proyecto que marcaría un antes y un después: De Ushuaia a La Quiaca. No era solo un disco: era una travesía, una declaración de principios. Recorrió el país grabando con músicos populares, campesinos, indígenas, jóvenes y ancianos. Rescató sonidos, voces, historias. Fue una forma de decir “el país real está acá, no en los despachos de los generales”. El proyecto se extendió hasta 1985.

Con el retorno democrático, en 1983, muchos artistas respiraron aliviados. Pero León siguió cantando contra la impunidad, contra la pobreza, contra la exclusión. En los años 90, mientras el menemismo vendía el país a precio vil, Gieco cantaba “Cinco siglos igual”, donde denunciaba el genocidio indígena y la continuidad de la opresión. Uno de los ejes centrales de la obra de Gieco es la memoria. No como nostalgia, sino como herramienta política. En “La memoria”, repasa las heridas abiertas del país: la dictadura, la AMIA, Cromañón, los desaparecidos, los pueblos fumigados. Es una canción que incomoda, que interpela, que obliga a mirar de frente lo que muchos prefieren olvidar.

En este sentido, Gieco es heredero de una tradición que va de Walsh a Gelman, de Haroldo Conti a Osvaldo Bayer. La canción, como la literatura, puede ser archivo, testimonio, denuncia. En los últimos años, León ha trabajado con artistas con discapacidad, promoviendo la inclusión desde la música. Su proyecto Mundo Alas es un ejemplo de cómo el arte puede ser una herramienta de transformación social. No es caridad, sino justicia. Dar voz a quienes históricamente fueron silenciados.

León Gieco no es solo un músico. Es un cronista, un militante, un puente entre generaciones. Su obra es una cartografía de las luchas argentinas, una banda sonora de la resistencia. Gieco es parte de esa “otra historia”, la que no siempre aparece en los manuales, pero que late en las canciones, en las plazas, en las memorias populares. En un país donde la historia se disputa en cada esquina, León eligió estar del lado de los nadies, de los olvidados. Y lo hizo con una guitarra, con una armónica, con una canción. Porque como él mismo canta: “Solo le pido a Dios que lo injusto no me sea indiferente”.

Escrito por
Felipe Pigna
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