Marc Ribot no llena estadios, no tuvo un reality show y su nombre no aparece con asiduidad. Sin embargo, Ribot es una figura clave en la música popular estadounidense de las últimas cuatro décadas. Es uno de los guitarristas más creativos y solicitados de la escena. Su huella ya es indeleble en grabaciones de Tom Waits (Rain Dogs, Franks Wild Years), Elvis Costello, Marianne Faithfull, Caetano Veloso, Robert Plant y hasta Andrés Calamaro, entre muchos otros. También formó parte de proyectos de avant garde, como Ceramic Dog, The Lounge Lizards y diversas aventuras de John Zorn. Su lenguaje incluye con soltura y convicción el punk, el free jazz, la música latina, la improvisación, el rock de vanguardia y más, pero casi siempre con una lógica personal que se pone al servicio del espíritu de cada canción. Ribot no decora: pone en tensión, vigoriza y encuentra imperfectas y atrapantes nuevas formas de belleza.
El flamante Map of a Blue City es el primer disco en el que se atreve a poner su voz al frente. Y no como una excepción o rareza, sino como núcleo expresivo de una obra que seguramente marcará su carrera. El
álbum reúne nueve canciones entre el folk y el indie acústico, que funcionan como una especie de diario emocional atravesado por la pérdida, la memoria, la ironía y cierta forma de esperanza.
La voz de Ribot contrasta con sus destrezas como guitarrista. Es frágil, quebradiza, a veces apenas parece un susurro, casi hablado, otras toma forma de falsete inesperado. Pero así resulta todavía más conmovedora. En “Elizabeth”, el tema que abre el disco, canta sobre la muerte de una persona cercana con una intimidad doliente capaz de cautivar de inmediato a quien la escuche. “For Celia” profundiza esa misma línea, con un lirismo aún más oscuro que entrelaza el mito germano de Lorelei con imágenes del Holocausto.
Hay pasajes menos dramáticos, afortunadamente. En “Daddy’s Trip to Brazil” conviven una bossa nova que avanza casi arrastrándose, una flauta errante y letras que podrían ser el monólogo de un músico un poco cansado de los protocolos de las giras: “No quiero ver la favela cool / no tengo nada que decirles a los intelectuales locales”. El clima general del disco es de una belleza extraña: casi siempre lo-fi, por momentos minimalista, en otros ricamente orquestado. Pero siempre con una coherencia general que permite que cada canción respire su propio aire y, a la vez, conviva naturalmente con las demás.
El tema que titula el álbum, basado en un dibujo de su hija cuando tenía siete años, es una metáfora central del disco: una ciudad melancólica, trazada a mano, donde lo cotidiano y lo simbólico se
confunden, y las palabras navegan sobre una guitarra etérea y en este caso eléctrica. Sobre el final, Ribot ofrece una versión libre de “When the World’s on Fire”, de la Carter Family, y musicaliza un poema de Allen Ginsberg. El cierre definitivo llega con “Optimism of the Spirit”, una pieza instrumental particularmente abstracta y sombría, que propone un viaje al más allá de la cotidianeidad y toma su nombre de la famosa frase de Gramsci: “pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”.
Las tensiones entre la desesperanza y el impulso vital, el despojo y la belleza, las certezas y lo onírico, son el corazón del disco. Un trabajo introvertido, sincero, que navega casi en soledad en un mundo de ultraprocesados, fórmulas y algoritmos.
