1985 fue un año bisagra. La Argentina respiraba esperanza, con la necesidad de transformar la política y la economía, y con la firme convicción de poner en valor el trabajo y la cultura que habían resistido a la sombra de los años más oscuros de nuestra historia. La década del 80 quedará en la memoria como “la década perdida”. Deuda externa e inflación arrasaron con el poder adquisitivo de millones, mientras una minoría concentraba privilegios. Los trabajadores, excluidos y golpeados, sintieron en carne propia cómo se desmantelaba el aparato productivo y, con él, sus derechos más elementales.
“A la década del 80 se la denomina ‘década perdida’ porque la evolución punta a punta no muestra un crecimiento económico en toda la región latinoamericana. Sin embargo, en nuestro país hubo claros ganadores: los grupos económicos locales obtuvieron cuantiosos beneficios derivados de la promoción industrial y además obtuvieron ganancias financieras a través de la compra de bonos del Tesoro”, señala la doctora Ana Castellani en esta edición de Caras y Caretas.
El Plan Austral, con su nueva moneda, congelamiento de precios y salarios, y su falta de inversión real, no hizo más que agravar la situación. El ajuste siempre recayó sobre las espaldas del pueblo trabajador. Mirar hoy aquel 1985 nos permite comprender que, con el Juicio a las Juntas ya concluido, el radicalismo ganó las elecciones legislativas mientras la economía continuaba paralizada por la deuda heredada de la dictadura. Pero el peronismo empezaba a reorganizarse desde las bases, con la corriente renovadora y el protagonismo creciente del movimiento obrero. La historia nos enseña que cuando el país se reconstruyó, fue con trabajo, justicia social y dignidad. No hay democracia sin derechos laborales. No hay
futuro sin los trabajadores.
La Argentina es resiliente porque tiene memoria. Porque sabe que solo el pueblo salvará al pueblo. Y que los derechos se conquistan y se defienden todos los días. Unidos, organizados y solidarios.
