En febrero de 1977, por primera vez se festejó el carnaval sin los feriados. Los militares los habían convertido en días laborables mediante una ley nacional y en la ciudad de Buenos Aires se prohibieron los corsos barriales y casi no se permitían los bailes de carnaval. En general, la noticia se reflejó en los diarios con mucha tristeza (el titular de Diario Popular fue “Un carnaval sin murgas”), y encima hubo tormentas la mayoría de los días.
En medio de tanta malaria hay un guiño del Dios Momo en lo que sería el entierro del carnaval (o sea el domingo 27 de febrero, en la segunda semana). Esa tarde salió el sol en la Bombonera mientras jugaban la Selección Argentina y Hungría: ante el reclamo del público debutaba un pibe de 16 años llamado Diego Armando Maradona.
Cinco años después, en otro domingo de carnaval muy caluroso, decidí no salir con la murga. El 24 de febrero de 1981 todo el país estaba pendiente de ese partido, charla obligada del fin de semana por aquel acontecimiento inesperado. Sorpresivamente, unos días antes Diego Maradona había elegido a Boca y en esa primera fecha del Campeonato jugaba ante Talleres de Córdoba. Fue tal la locura y el
desborde cuando una marea humana en absoluto desorden trataba de entrar de alguna forma a la Bombonera, que al llegar temprano con mi papá a la cancha era imposible acercarnos a las puertas de acceso y encima se había instalado el “día del club” (todos los socios debían pagar un adicional). En el medio de avalanchas, empujones y griterío, a mi viejo se le ocurrió una idea que, para mí, un preadolescente, implicó descubrir otro mundo: levantó del piso un papel y lo cortó en dos. Aprovechamos los tumultos y nos metimos por la puerta 7 de socios porque era imposible verificar
nada. Los controles apenas si podían cuidar su integridad física.

Una vez adentro, nos pusimos en el costado cercano a los viejos palcos por precaución, ya que había mucha más gente de lo que podía soportar aquella tribuna. Parecía la final del mundo con ambiente de carnaval: disfrazados, banderas, hinchas en las escaleras y trepados en las columnas, bailes, bombos y miles (entre ellos los visitantes) afuera sin poder entrar. Es una verdad científica que Maradona es de todos los clubes e incluso a nivel mundial. Pero humildemente, mi primer aplique murguero con su cara enrulada nació esa tarde, un domingo de carnaval.
Veinticinco años después, en el corso de La Paternal fuimos con Los Amantes de La Boca un sábado de carnaval. Mientras desfilábamos hacia el escenario a mi derecha vi unas corridas en las que se desarmó la fila y me acerqué para ver qué pasaba. Entre varias murgueras que se acercaban a saludar, la vi sentada en una silla de plástico a Doña Tota, la madre de Diego, junto a su familia disfrutando de la noche carnavalera. No se imaginan la emoción y el orgullo para todos nosotros mientras actuábamos en
ese barrio a media luz. El canto, el ritmo, el baile y las sonrisas se multiplicaron como queriendo decir gracias, gracias… Gracias, Diego eterno.
