Soy de Boca. Desde siempre. Desde que tengo memoria y desde mucho antes. Lo llevo en la sangre, en la piel, en el alma. Viví más de 43.830 días de gloria xeneize –sí, un siglo y dos décadas– con títulos, ídolos y hazañas que no solo forjaron la historia del club más grande de la Argentina, sino también la mía. Porque Boca no es solo fútbol. Es identidad. Es fuego. Y tuve la dicha de pasarles esa pasión a mis hijos, que también laten al ritmo de la Bombonera.
Boca no se mide en trofeos, aunque los tiene. Su grandeza se mide en el amor incondicional de su gente, en su espíritu indomable, en ese temblor que se siente cuando la 12 ruge. Como lo dice Sergio Lodise, el historiador oficial del club, en la nota de tapa de esta edición de Caras y Caretas, Boca es una historia viva. Es pueblo. Es leyenda.
Ya en enero de 1912, el diario La Mañana lo decía con emoción y claridad: “Boca Juniors no es un centro aristocrático. No es el punto de reunión del elegante de nuestros paseos. Es, tal vez, el único club argentino amplio y fuerte construido por obreros, que buscan en el football un desahogo a sus faenas cotidianas”. Así nació Boca, de abajo, sin privilegios, con coraje y con sueños. De ese núcleo de trabajadores, salió el Boca que hoy amamos: fuerte, joven, prestigioso.
En 1907, dos años después de su fundación el 3 de abril de 1905, eligieron nuestros gloriosos colores. No fue casualidad, fue destino: los del primer barco que entrara al puerto. Y fue sueco. Azul y oro. Desde entonces, esa bandera se convirtió en mística. La mitad más uno la honra con una devoción que no entra en palabras. Porque esto no se razona. Se siente. Y se hereda.
Hace ya cien años, en 1925, Boca hizo historia al convertirse en el primer equipo argentino en competir en Europa. Jugó diecinueve partidos –trece en España, cinco en Alemania y uno en Francia– con quince victorias, tres derrotas y un empate con el Bayern de Múnich. Fue más que una gira: fue una epopeya.
Y luego, vino Diego. Nuestro Diego. Su magia iluminó la Bombonera. Lo vi emocionarse en su despedida, en 2001, y agradecernos a todos: “Gracias a este templo del fútbol que es la Bombonera… No hay cancha como esta para disfrutar, para presionar al rival. Gracias a Dios por haber creado la Bombonera y por haberme hecho de Boca”. Lo dijo llorando. Y todos lloramos con él.
Desde Román, eterno genio que es bandera e ídolo absoluto, hasta Martín Palermo, el Titán, nuestro máximo goleador. Desde la picardía de Carlitos Tevez hasta la historia viva de Roberto Mouzo, con sus 426 partidos. Tantos nombres, tantas historias. Todos ellos dejaron huella. No solo en el club: en nosotros.
Porque Boca no es un club más. Boca es emoción cruda. Es contradicción argentina. Es alegría que estalla y bronca que duele. Es abrazo de gol y desvelo de derrota. Boca te da todo y a veces te quita el aliento. Pero nunca te deja indiferente. Nunca.
Boca es azul y oro. Sin grises. Sin medias tintas. Boca no es un lugar para tibios.
Porque de Boca se nace. Y yo agradezco haber nacido así.
