La tierra seca vuela por el sendero. El Tigre avanza, desponchado.
El pelo, una mata maciza por la mugre de días sin agua. La piel curtida de tanto sol y viento que le gana a la sierra. Las botas raídas, sin lustre. El sable enfundado, late todavía la última batalla.
La tropa lo sigue a distancia. A él, contra todo lo que dicen las tácticas militares, le gusta ir a la vanguardia. Hacer punta. Darle espuela al caballo y marcar el camino. Por eso es él el que ve a lo lejos la copa del algarrobo despegándose de la planicie del valle.
La ve y sabe que promete una sombra ejemplar, un remanso de aire fresco ante tanto sol que se encumbra en el cielo sin nubes.
El Tigre ajusta la rienda y sale embalado. La tropa lo sigue al galope. Lo ven perderse entre los árboles y temen una emboscada. Saben que es territorio del enemigo, saben que todavía no son ellos los que mandan. Algunos manotean las armas, otros no tienen fuerza ni para eso, cabalgan, autómatas detrás del jefe.
Y es entre el follaje del bosque que lo ven, ya con los pies en tierra, ajustando la rienda a un brazo del algarrobo más antiguo, en busca de un pedazo de sombra para la siesta, para el remanso del cuerpo, pero también de la mente que le viene jugando malas pasadas.
Nadie se le acerca. Se queda solo. Apenas a unos metros acampa la partida. Los hombres entienden que lo mejor es alejarse. La última batalla dejó secuelas en el Tigre y ellos lo saben. Por eso arman un par de toldos y fogatas mirándolo de soslayo. No es desconfianza. Sí hay algo de temor: quizás el Tigre descargue en ellos la rabia que le come el cuerpo sobre todo después de haber recibido la nota del Restaurador.
Él también arma su fuego. Rodea las ramas secas con piedras y da chispa en la paja seca que agita con el soplido para que sea llama. Después vacía la cantimplora en una pava y la pone al rescoldo. Algo de pan viejo, el poco charqui que le queda. El poncho sobre la mata, el cuerpo cansado sobre el poncho. Los ojos negros al cielo. La copa del algarrobo abuelo le sirve de techo. El sol le cae en gotas sobre la cara.
Chasquea la lengua, escupe a un costado.
–¡La puta madre, carajo! –dice y una bandada de cotorras se levanta ante la voz que rompe el silencio.
La tropa lo mira. El mate cocido se hierve. El Tigre desenvaina el sable: la hoja parece oxidada, pero el plateado alcanza para que pueda verse la mirada. Los ojos negros, cada vez más profundos, sin brillo. El Tigre busca en esos huecos. Se busca. Y no sabe, no puede saberlo, que pronto en esos ojos encontrará la muerte.
