Carlos Roque Monzón (1942-1995) fue catalogado por los especialistas como el principal referente del boxeo argentino de todas las décadas. En 1970 obtuvo el título de campeón mundial de la categoría mediano y lo retuvo hasta 1977. Había nacido en San Javier, en la profunda Santa Fe, y se crio en sus calles corriendo la misma suerte que miles de argentinos que intentaban sobrevivir en empleos precarios para hacerle frente al hambre y la desesperación. Fue canillita, sodero y lustrabotas. Cursó la primaria hasta tercer grado y un día la fama lo hizo codearse con los grandes personajes e intelectuales del mundo que lo festejaban en sus violencias cotidianas y fueron “los amigos del campeón”. Imposible discutir las agallas y el profesionalismo del ídolo popular dentro del ring. El punto oscuro a tener en cuenta es la debilidad y la complejidad de este hombre, que en la vida cotidiana hizo de los abusos su manera de ser. Atravesó su existencia de manera violenta y a los golpes con cada una de sus parejas en esos tiempos en que las mujeres callaban y ocultaban por vergüenza las marcas en el cuerpo causadas por el puño certero de su compañero y amante. Y no pudo Carlos Monzón evitar, al igual que tantos deportistas consagrados, ser funcional a la dictadura militar que en la década del 70 arrasó la Argentina cobrando tanta vida inocente. Nunca tuvo el campeón una palabra de denuncia ante el avasallamiento de los derechos humanos básicos. Lo que sucedió en el verano de 1988 fue el punto de quiebre de esta dualidad que lo acompañó siempre. Durante una discusión con su pareja, Alicia Muñiz, la golpeó, estranguló y la arrojó por el balcón de la casa que compartían en Mar del Plata. Fue sentenciado a once años de prisión. Murió sin cumplir la condena en un accidente automovilístico, en una de sus salidas transitorias. El femicidio –hoy lo nombramos así– de Alicia Muñiz fue transmitido cruelmente, sin respeto por la víctima y su hijo menor, casi en su minuto a minuto. Los argentinos pudimos verbalizar un tema casi prohibido para las mayorías: la violencia de género. El caso de Carlos Monzón visibilizó la necesidad de buscar el punto justo que limite la idolatría. El final de Monzón estaba cantado.
Este año se registraron al menos 252 femicidios. La mayoría de las víctimas cpnocía a su agresor. Casi trescientos niños y niñas quedaron huérfanos. Las políticas de género y los cuidados del Estado a las mujeres que sufren violencia de parte de varones están en retroceso. Se están perdiendo casi todos los derechos que tanto costó conseguir. Es demencial, pero cierto. No lo perdamos de vista antes de que sea demasiado tarde.
