De Frondizi a Onganía, poco más de una década signada por democracias débiles y dictaduras blandas (si es posible el oxímoron), en una Argentina que ingresaba a los empujones, con el peronismo proscripto, a una modernidad ya dominante en las sociedades occidentales desarrolladas. Ese período de fronteras difusas puede resumirse con un concepto sintetizador: los 60.
Es inevitable que al sumergirse en ese tiempo –repudiado por muchas razones, añorado por tantas otras– irrumpa el Instituto Torcuato Di Tella –o simplemente “el Di Tella”–, ese espacio ubicado en la calle Florida porteña en el que “el mundo moderno está al alcance de todos”, según el cronista de Primera Plana que en 1963 publicó una crónica de las primeras actividades en la nueva sede. Y también es ineludible que surja el nombre de la revista creada por Jacobo Timerman.
En aquel país que se negaba a pertenecer al Tercer Mundo y deseaba parecerse a las naciones centrales sucedían situaciones curiosas. Pocos días después de la Noche de los Bastones Largos –un ataque demoledor contra las ciencias promovidas desde la universidad pública–, Primera Plana sorprendió con una tapa: la palabra “POP”, en coloridas letras de imprenta mayúsculas, funcionaba como título y sostén de nueve artistas de la vanguardia capitalina que posaban en hilera, con sus miradas dirigidas hacia el lector, una burguesía intelectual ávida por sentirse in y no estar out.
En siete páginas, el semanario –partícipe necesario de la caída de Illia– presentaba el informe “Pop: ¿una nueva manera de vivir?”, que se completaba con un análisis de dos sociólogos que habían entrevistado a un grupo de renombrados artistas y una ilustración del dibujante Kalondi. Si Nueva York podía ufanarse con The Factory de Andy Warhol, Buenos Aires no se quedaba atrás con el Di Tella de Romero Brest, Villanueva y compañía.
Una de las voces consultadas para el artículo era la de Marta Minujín, “suprema sacerdotisa” del pop, según el periodista, aunque ella se definiera como “anti-pop”. “Aquí todo es una deformación hecha por las revistas y por los medios de difusión y por la gente que es snob y no sabe”, se quejaba, luego de arremeter contra varios de sus colegas.
En el microcosmos de la vanguardia, la paz y el amor se desvanecían: “Todo se llama pop aquí; mejor dicho, el año pasado era pop y ahora es el happening. Es terrible: me rasco la nariz, me siento en una silla, hago una fiesta en la boite Whisky a GoGo y es un happening. Es un snobismo repugnante, la distorsión de las ideas, la vulgarización. ¡Hasta las nenas bien hacen fiestas-happening!”.
En medio de la nota de producción, una publicidad de la compañía discográfica CBS anticipaba sus novedades: Barbra Streisand, el Cuarteto Imperial, Johnny Mathis y Horacio Molina, entre otros cantantes.
PIZZERÍA DI TELLA
En el ensayo Nuestros años sesentas, el filósofo Oscar Terán señala que Primera Plana proponía un modelo de “un joven educadamente inconforme pero no contestatario” y cita un comentario de una nota de 1964: “El joven idealista, torturado, afanoso por imponer reformas a una sociedad siempre en crisis, está desapareciendo, si es que queda alguien todavía”. Y completa el estereotipo propuesto por el semanario con la caracterización del Che y su“asmático discurso” en las Naciones Unidas: “Hombrecillo de uniforme ver de oliva sin corbata y con botas de campaña, de larga melena y barba rala”.
Por esos días, La tuerca, uno de los programas cómicos más populares de la televisión argentina, se burlaba de los jóvenes artistas en el sketch “Los existencialistas”. “Es inútil. No nos entienden porque somos modernos”, remataba un personaje con nombre en francés.
Cuando en 1970 se anunció el cierre de los centros de Artes Visuales y de Experimentación Audiovisual del Di Tella –poco antes de la salida de Onganía del poder–, Kalondi editorializó con un hombre que reflexionaba mientras comía una porción de pizza en una barra: “Es cierto, a veces se les iba la mano…”; “Mire que hacer una exposición de colchones”; “Y esos audiovisuales… y esos melenudos… y esas obras de teatro que parecían cargada…”; “Y, sin embargo, los extraño”. El protagonista pensaba esta última frase mientras salía de la pizzería Di Tella.
Otra marca de una época dominada por la censura: la ilustración apareció en Periscopio, continuadora de Primera Plana tras la clausura impuesta por el régimen del general que se molestaba por que Tía Vicenta lo dibujaba como una morsa.
AQUELLA SOLITARIA VACA PORTEÑA
Desde su habitual espacio en Confirmado, otro ícono periodístico de la época, la escritora Sara Gallardo ofició un réquiem para el centro artístico. En “Una flor y una vela para el Di Tella”, con su estilo ácido e ingenioso, Gallardo trazaba un recorrido que partía del revuelo generado por el estreno de la ópera Hernani en el París de 1830, para detenerse en las disputas entre los grupos de Florida y Boedo en esta orilla del Río de la Plata en la década del 20 del siglo pasado, el impacto de Sur y la importancia del Instituto de Arte Moderno.
La autora de Los galgos, los galgos –tan relegada del boom de la literatura latinoamericana como el resto de sus colegas mujeres– veía a Buenos Aires como una “gran gorda pasiva comilona adormilada en el borde de un río al que ni mira”, revestida de “piel vacuna”, que se quejaba: “Esos grupitos sospechosos, poco morales, dedicados a las artes de vanguardia, que quieren minar la médula viril de la argentinidad”.
El discurso de la vaca volvió a escucharse ante la irrupción del Di Tella, pero ganaron la escena “escultores, pintores, poetas, vagos, snobs, gente linda, imbéciles, genios y mamarrachos, como en toda vanguardia. Y grandes melenas. Y excentricidades en el vestido, destinadas a cantar la libertad del arte nuevo frente al orden de los calvos, de los muertos”. Los 60, tiempo en el que todo era nuevo: el cine, el hombre, la izquierda…
“Pensemos –proponía Gallardo– que en esa cuadra de Florida que los románticos de hoy volvieron bella con sus fantasías, ya no veremos la irritación policial desfilando lentamente en sus coches, obscena y prepotente.” Sin embargo, las huestes del comisario Margaride siguieron al acecho.
Para la escritora, el Di Tella fue “la ventanilla por donde la Eterna Aldea sintió los olores extraños, excitantes, de lo que pasa en el mundo”. Ese pensamiento seguramente escandalizaba al general Onganía, a quien le habían contado que en el Instituto “había un miembro pintado” y “exhibían baños” (evidentemente, no conocía el mingitorio de Duchamp). “Estos intelectuales traían la cultura de afuera”, rezongaba tiempo después, ya lejos de la Casa Rosada. Pero había otro “afuera” que no le había generado problemas: una vez le envió una carta al Topo Gigio de parte de sus nietos para que el muñeco italiano retornara a la TV argentina.
