El 22 de julio de 1958 nació el Instituto Torcuato Di Tella (ITDT). Era el décimo aniversario de la muerte de Torcuato, coleccionista de arte y empresario. Como símbolo de otra Argentina, uno de los proyectos más ambiciosos de arte e investigación del país tuvo un origen en la burguesía industrial: Di Tella había construido su fortuna gracias a las ventas de autos y heladeras Siam. Sus hijos, Guido (economista) y Torcuato (sociólogo) buscaron crear una institución independiente de las clásicas universidades, especializada en las ciencias sociales y el arte, y con apoyos de fundaciones como Ford y Rockefeller. Época de consumo, una clase media en ascenso tras los años peronistas, y una nueva generación con la creatividad y los cuestionamientos a lo establecido como banderas.
Cinco años después abrió sus puertas la sede del Instituto en la calle Florida, donde realizaban sus tareas el Centro de Experimentación Audiovisual (CEA), dirigido por Roberto Villanueva; el Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales (CLAEM), a cargo de Alberto Ginastera, y el más recordado: el Centro de Artes Visuales (CAV), comandado por Jorge Romero Brest, que venía del MNBA. Según relatan hoy en el ITDT, el CAV “se proponía estar a la vanguardia de la experimentación en el arte contemporáneo, facilitando los medios a los artistas y potenciando la creación libre”.
IRREPETIBLE
La lista de personalidades artísticas habitués del Di Tella es tan extensa como irrepetible: Antonio Berni (que recibió allí la mayor muestra retrospectiva que tuvo en vida), Jorge de la Vega, Juan Carlos Distéfano, León Ferrari, Gyula Kosice, Julio Le Parc, Dalila Puzzovio, Roberto Jacoby, Luis Wells, los grupos Manal y Almendra, Federico Peralta Ramos, Gerardo Gandini y Les Luthiers. Todos componentes del “pop lunfardo” (en palabras del neorrealista francés Pierre Restany) que tuvo a su mayor exponente en Minujín. Marta se hizo famosa con La Menesunda, de 1965, creada junto a Rubén Santantonín. Romero Brest la denominó como “el tránsito de la imagen al objeto”: 16 espacios de diferentes formas conectados por túneles iluminados con neón, con puestas basadas en lo visual, lo auditivo y lo táctil. El arte de la sensación. Desde el neofigurativismo hasta el arte pop y el conceptual, a la par de lo que sucedía en los Estados Unidos.
Ubicado en la Manzana Loca, contaba con varias salas de exposición y un auditorio para 244 espectadores. El choque con los sectores tradiciones se hacía evidente. Solo Primera Plana le daba difusión y acompañamiento. La Prensa y La Nación lo rechazaban. Hasta Victoria Ocampo criticó en Sur las “muestras plásticas escandalosas”.
El Di Tella no fue solo pintura. Estuvo la Bienal de Historieta, el Festival de Cine Underground (una precuela del BAFICI), música de vanguardia como el Laboratorio de Música Electrónica, y el teatro del CEA. La segunda obra tenía una autora tan talentosa como original: Griselda Gambaro, con El Desatino. En ese escenario anticonvencional también brillaron las bailarinas Marilú Marini y Ana Kamien, Norman Briski, Nacha Guevara y el grupo musical paródico I Musicisti, aunque se los reconocerá con el nombre posterior: Les Luthiers.
Hubo hitos masivos, como la muestra de arte precolombino, los bronces de Jacques Lipchitz, la de Henri de Toulouse-Lautrec, los grabados de Picasso-150 y la de Julio Le Parc –tras ganar la Bienal de Venecia en 1967– visitada por 159.287 personas.
POLÉMICAS
El Di Tella también representaba polémicas, como La civilización occidental y cristiana, que León Ferrari no pudo exponer. Un capítulo aparte merece Experiencias 68, proyecto que convocó a una docena de artistas, donde el internacionalismo y la vanguardia empezaron a compartir lugar con la realidad nacional, la violencia vívida. Y también lo efímero.
Jorge Carballa exhibió una paloma embalsamada en una caja, como metáfora de Vietnam; Oscar Bony, una familia obrera sentada en un pedestal en el medio de la sala (“la familia obrera implicaba muchas cosas que exigían compromiso. Una era la relación con la política; otra, era la intención de desmaterializar la obra de arte”, dirá el autor 30 años después); la mujer cubierta de tela y rodeada por manzanas verdes que el público fue comiendo, de Juan Stoppani; y ahí estuvo Baño público, de Roberto Plate, donde se ingresaba para encontrarse solo con paredes.
“La gente entraba y escribía sus frases. Hubo una denuncia y una orden judicial para clausurar el baño porque alguien había escrito un insulto contra Onganía. No se clausuró la muestra, sino el baño, dos franjas judiciales en las puertas con policía de cada lado, y eso hizo que hubiera más público”, recordó Villanueva. A modo de protesta, el resto de los artistas de Experiencia 68 sacaron sus obras a la calle e hicieron grandes fogatas. Quemaron los trabajos. Y vino la represión.
Era la época de Onganía, los bastones largos, las universidades perseguidas y el Di Tella no era la excepción. Soldados presentes, censuras, amenazas. Los financiamientos externos empiezan a decaer con la Guerra de Vietnam y Siam Di Tella atravesaba sus propias dificultades económicas. Para 1969 la situación era insostenible. En los albores de la década de 1970 llegó el cierre definitivo, con un espectáculo a cargo de la bailarina Marilú Marini. Nacía el mito y se rompía el sueño de otro país posible. Se venían los densos y oscuros 70, en los que ya no había happenings posibles.
El periodista Fernando García, autor del libro El Di Tella. Historia íntima de un fenómeno cultural, trazó un paralelismo entre el Di Tella y Los Beatles, que se desarrollaron durante los mismos años, de 1963 a 1970: “Fue toda una época que abrió y cerró junta. (El Di Tella) es donde empezó la cultura pop en la Argentina porque fue un laboratorio, donde se tomaron hechos de la cultura popular desde una perspectiva de vanguardia: Marilú Marini bailando Palito Ortega, por ejemplo”.
El ITDT fluyó a Universidad y se mudó al norte porteño. Hoy el departamento artístico está retornando al Microcentro, ya no a Florida sino a la Torre Catalinas Norte en oficinas de la desarrolladora Consultatio, que creó Eduardo Costantini. Otros tiempos, otra Buenos Aires.
Es un cliché y un oxímoron, pero el Di Tella fue una institución de vanguardia. Hay quienes se preguntan si fue un boom del momento o algo que dejó un legado. Tal vez, que 68 años después haya personas que aún se interesen por escribir y por leer sobre esa sede de calle Florida significa que, entonces, valió la pena.
