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Caras y Caretas

           

Una arqueología de la lectura y la escritura

De la Edad Media a la actualidad, el investigador Martyn Lyons reconstruye la historia de la lectura y la escritura en Occidente: pone de relieve los inventos que iluminaron el trayecto de la lectoescritura y derriba mitos consolidados.

Proponer una historia de la lectura y de la escritura occidental es una empresa –como no es muy difícil de imaginar– de ingeniería, por lo menos, espinosa. Claro que para espíritus de lectura compulsiva y paciencia monacal –tal el caso del profesor Martyn Lyons, hábil en la sistematización de aquello que, a todas luces, se muestra ingobernable– resulta un ejercicio no solo del orden de lo posible sino de lo habitual: Lyons está, sencillamente, haciendo su trabajo. Así surgió Historia de la lectura y la escritura en el mundo occidental (Ampersand, 2012), recientemente reeditada.

El autor no se demora en minucias ni abarca tímidos objetos de estudio, no. Su extenso, extensísimo recorte comprende desde la Edad Media hasta nuestra actualidad hipertextual, y se encarga, casi de pasada, de derribar algunos mitos fuertemente arraigados en el imaginario cultural. De cualquier manera –y hay algo de belleza en esto–, en todos los contextos en los que se detiene nuestro investigador, la lectura y la escritura connotan una práctica ligada al poder o a la resistencia. Recordemos, con un ejemplo significativo que Lyons reflota, el caso de un artesano lector que, en la Venecia del siglo XVI, fue acusado de herejía por haber sido “descubierto” en la casa de un vecino, ni más ni menos que leyendo.  

A diferencia de lo que dicta el sentido común actual, la lectura y la escritura se concebían como prácticas separadas, al punto de enseñarse, en efecto, cada una por su cuenta. En principio, escribir –signo inequívoco, en nuestros tiempos, del acceso a las mañas de la civilización– no suponía la condición sine qua non de cierto estatus social. Por caso, ni el padre ni la hija de Shakespeare –afirma el académico– sabían hacerlo. En la pesquisa por los modos de lectura, Lyons acerca la lupa menos al lector que todo texto construye que a las pistas que los lectores de carne y hueso han dejado en autobiografías, cuadernos de notas, confesiones espontáneas u obtenidas por presión inquisitorial. Confesiones orales transcriptas, puesto que la escritura y la oralidad presentan, para el autor (y en esto pretende jaquear algunas posiciones del bueno de Walter Ong), continuos vasos comunicantes. Basta pensar, simplemente, en los scriptio continua de la Antigüedad helenística: la escritura de corrido en interminables rollos de papiro, sin espacio entre palabras ni signos de puntuación de ninguna clase. Textos que se realizan, exclusivamente, para ser leídos en voz alta dado que solo en dicha instancia se tornaba posible la inteligibilidad. “El escritor escribía para crear sonido”, asegura el académico, “y su misión estaba completa solo cuando su texto era transformado en palabra hablada”.  

Rumbo a la modernidad

Lyons penetra en la tan mentada oscuridad de la Edad Media para rescatar dos “inventos” que supieron iluminar el trayecto de la lectoescritura hacia la modernidad. La lectura silenciosa y el códice. En lo que concierne a la primera (esa práctica que San Agustín no podía descifrar al ver a San Ambrosio callado, con la mirada puesta en el interior del libro que tenía entre manos), no está de más recordar que fue recién en el siglo XV que se implementó por primera vez, en las universidades de Oxford y la Soborna, el silencio en sus bibliotecas. Y en cuanto al segundo, la aparición del códice dispuso, detalle más, detalle menos, el armazón del libro físico tal cual se lo concibe hoy. Forma que la imprenta, por ejemplo, no modificó en absoluto.  

Asimismo, el autor desbarata el mito del genio individual: Gutenberg fue, sin duda, un hombre con atributos; sin embargo, la imprenta hizo su aparición luego de un extenso proceso, gracias a determinados avances y características de una época en concreto antes que el fruto de una invención repentina, cuasi milagrosa, a cargo de un elegido. Y si bien la imprenta modificó la vida de unos pocos (la de los eruditos y estudiosos), no fue sino hasta el siglo XIX, con la industrialización del libro (y de la reducción de sus costos de producción), que el acceso a la cultura libresca se hizo masiva.  

El vasto conocimiento de Lyons lo lleva a refutar ciertos lugares comunes sin perder la compostura: después de todo, sigue siendo un investigador con modales, que sostiene sus hipótesis con temple académico, y no un desbocado, lujurioso por impugnar posicionamientos, refutar ideas o desmitificar cristalizaciones de sentido. Su historia se detiene en el hipertexto computacional, cuyas alabanzas hiperbólicas y detracciones apocalípticas remiten, curiosamente, a las reacciones que suscitaran, en el siglo XV, los primeros textos impresos. Como fuere, independientemente de los contextos, soportes y modificaciones tecnológicas, una atmósfera inclasificable se ciñe sobre ese hecho tan histórico como carente de tiempo: el de un hombre encandilado misteriosamente por el fulgor que desprenden una serie de símbolos, trazados en la pantalla, en el papel, en el pergamino o en la oscura pared de una remota caverna.   

Escrito por
Tomás Villegas
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