Después de cinco intensas jornadas, el domingo 14 de julio finalizó la edición 2024 del Festival de Teatro de Rafaela (FTR24). Sin duda, las estrellas fueron la curaduría y la presencia escénica de artistas locales, que demostraron un gran nivel creativo y capacidad para producir sus trabajos, recorriendo diferentes disciplinas y formatos de las teatralidades del presente.
Veintiún trabajos conformaron la programación, incluyendo espectáculos de sala, de calle, performance y presentaciones en espacios no tradicionales. Frente al complejo escenario que el gobierno nacional impone para las actividades culturales, el fino trabajo de programación permitió valorar la claridad de los objetivos de la dirección artística. Se destacaron los diálogos entre las propuestas, las búsquedas estéticas y temáticas, y la diversidad de las propuestas, que evitó monotonías y repeticiones.

La ciudad a través del arte
La apertura del FTR24 estuvo a cargo de los integrantes del laboratorio de performance, un elenco rafaelino dirigido por Juan Parodi, que desplegó una puesta en escena especial en el centro de la ciudad. Habitualmente, el festival inicia con un recorrido realizado por elencos locales, pero en esta ocasión intervinieron en distintos espacios y en diferentes planos, invitando al público a mirar de otro modo la ciudad, sus edificios casi olvidados o los locales en los que electrodomésticos ocultan una atractiva arquitectura de otros tiempos. El arte puso relato y tiempo allí donde parecía haber solo vacío.
Mirar la ciudad a través del relato artístico también fue el eje de los trabajos del laboratorio de dramaturgia, que en Cartografías de lo sensible propuso recorrido sonoro por la ciudad a través de relatos escritos por las participantes del taller. Compuesto por siete historias sobre edificaciones y espacios de la ciudad y sus personajes reales o míticos, el trabajo carga de sentido aquello que es invisible en lo cotidiano. Lo mismo ocurre con el gran trabajo Lugar secreto, de Silvina Grinberg, montado por Plataforma Libélula de Rafaela en el Bosque Educativo “Norberto Besaccia”. El recorrido permite descubrir lo mágico en este ecosistema natural en los márgenes de Rafaela a partir de la narrativa de la intervención artística. Estos tres dispositivos teatrales no tradicionales hilaron con manos artesanas cuentos de una ciudad normalmente invisible.

La risa como forma de vida
Entre las líneas de encuentro de los trabajos programados se incluyen formas y usos diversos del humor. Modelo vivo muerto, del grupo Bla Bla & Cía, abrió el festival con una perfecta fusión de géneros, dando lugar a una hilarante comedia policial musical, donde la aparición de lo inesperado en la escena, el juego de roles, la improvisación y la musicalización casi cinematográfica construyen una propuesta popular, como el varieté que dio origen al grupo. En un registro también desopilante se inscribió la rafaelina Hermanas tejedoras, un gran trabajo de Marcelo Allasino, referente del teatro nacional que sigue construyendo desde su ciudad. Con recursos sencillos en la escena pero absoluta precisión en su uso, cuenta la historia de cuatro monjas que necesitan conseguir dinero para mantener el convento y su propia subsistencia. De los “vivos” en redes de grupos de tejido pasarán a confeccionar implementos para utilizar en la educación sexual integral en las escuelas. Un texto corrosivo que, lejos de pensar lo religioso, buscar abordar la crisis de las instituciones y las formas cruelmente capitalistas de las soluciones. El uso casi naif de la comedia musical con monjas, un registro que también la vincula con Modelo vivo muerto, borra cualquier pretensión de solemnidad y la acerca también al teatro popular.
Con gestos de comedia, a la vez que tragedia shakespereana, se destacó Les reyes, de Mechi Beno Mendizábal y Damián Mai, un trabajo desbordante de creatividad donde los autores/actores inventaron un lenguaje y con palabras inexistentes cuentan la angurria mortal de poder. El uso del espacio escénico, en cuya construcción las luces y las sombras son centrales, desde el primer segundo abre las puertas imaginarias de un palacio gigante y vacío, donde la soledad de esos reyes es agónica. La música en vivo, el humor grotesco y la danza son parte de este trabajo perfecto de articulación de recursos estéticos.
Con algo de humor, pero sin atisbo de comedia, Suavecita dialoga con las anteriores, pero también con otras propuestas donde la condición de género y sus derivas, el trabajo precarizado, la maternidad, el deseo y la indefensión, son tópicos centrales. Aquí subyacen bajo la historia de una mujer que descubre un raro poder de sanación. El trabajo de Camila Peralta como esa mujer de manos suaves es notable, imposible de soslayar al pensar la potencia de la obra.

Desde la marea
En la trama de las miradas desde los feminismos se destacó Matate, amor, un gran trabajo sobre la novela de Ariana Harwicz interpretado por Érica Rivas y con dirección de Marilú Marini. Más allá de la crítica a la maternidad como lugar idílico y como destino perfecto para las mujeres, la obra avanza sobre la infalibilidad del hijo como vehículo de cura, resaltando lo extraño de la propia condición de madre. El trabajo de Marini y Rivas carga de rareza al personaje, profundizando su distancia con la realidad, uno de los mejores rasgos de la narrativa de Harwicz. Un hallazgo de la puesta es hacer desaparecer el tiempo y narrar como si todo ocurriera en un presente permanente.
En este recorrido simbólico que habilitó el festival, se destacó Un tiro cada uno, obra de Consuelo Iturraspe, Mariana de la Mata y Laura Sbdar, donde la persistencia de una cultura machista se hace presente a través de la voz de varones jóvenes, pero resuena más allá de las generaciones. El hecho de que esa violencia varonil sea protagonizada por actrices mujeres abre notablemente a la escucha crítica por parte del espectador. Por primera vez, y a propuesta de los programadores del festival, las funciones se realizaron en una cancha de básquet. Ese espacio, las actuaciones, la construcción colectiva del personaje femenino y el lenguaje procaz llevan sin estridencias al público por esta crónica de un final anunciado.
No hay duda de que esta edición del Festival de Teatro de Rafaela, referencia en los festivales escénicos en la Argentina, ha demostrado que sigue madurando. En 2025 cumplirá veinte años en pleno crecimiento. Algo que hace apenas siete meses era pura incertidumbre.
