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Caras y Caretas

           

Tarantula Hearts

MELVINS

La entidad musical llamada Melvins viene sacudiendo la escena under global desde hace casi 40 años con una convicción y personalidad pocas veces vistas. Rara vez sonaron en la radio, MTV nunca les dio su apoyo, no son amigos del algoritmo, hacen una música extravagante y por momentos hermética, y sin embargo se las arreglan para seguir editando discos, tocando en vivo y conquistando corazones solitarios a lo largo y ancho de todo el mundo. Los discos de Melvins ofrecen un mínimo de certezas: la voz casi cavernícola de Buzz Osborne que parece proyectarse desde el más allá, sus riffs asfixiantes, los machaques de Dale Crover y poco más. Después puede pasar cualquier cosa. Tarantula Heart es el vigésimo quinto disco del grupo. Pero, lejos de repetir tal o cual fórmula, ofrece otro festival de delirio trance-lisérgico-zomba que incluye toneladas de riffs espesos y un humor retorcido. Si hoy cada vez menos bandas sacan discos, Melvins ignora toda moda y tendencia, sigue casi al ritmo de uno cada dos años y, como si fuera poco, abre Tarantula Heart con un tema de 20 minutos que podría provocar un infarto a los millennials menos desprevenidos. “Pain Equals Funny” es un tratado de sludge –el subgénero inventado por los propios Melvins– que se multiplica en riffs lentos, oportunos arreglos y una profundidad que suena a condena en el mismísimo infierno. Se trata de una composición por fuera de los cánones que también funciona como un tratado sobre libertad artística. Le siguen, ya con duraciones más convencionales, “Working the Ditch”, con mil acoples y un riff del espesor de un mastodonte; “She’s Got Weird Arms”, una especie de canción perfecta de Talking Heads, pero tocada en un velorio; la frenética y sinuosa “Allergic to Food”, stoner cocainómano, y concluye con “Smiler”, otra pieza más veloz pero a la vez groovera, donde se luce Crover con sus cambios de ritmo. Resulta casi pueril intentar asignarle a Tarantula Heart una posición en la frondosa discografía del grupo. Sí está más que claro que reafirma la voracidad creativa de la banda, su sano delirio y la abrumadora densidad del ser de Buzz Osborne y compañía.

Escrito por
Sebastián Feijoo
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